'Slow West', el western respira

'Slow West', el western respira

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'Slow West', el western respira

El género cinematográfico por excelencia lleva muriendo desde finales de los años setenta, tras la eclosión formada a raíz de la última fase de la evolución del género, la del western europeo, que arrastró por el fango y el lodo todo lo que hizo grande al western, llevándolo a un nuevo nivel. Posteriormente, cineastas tan americanos como Clint Eastwood, Walter Hill o Lawrence Kasdan, entre otros, hasta Kevin Costner, añadieron su mirada al agonizante género que se resiste a morir en el olvido.

Incluso cineastas tan “modernos” como Tarantino o los hermanos Coen han hecho una parada en ese clásico universo lleno de seres perdidos abriéndose camino en un país que aún estaba construyéndose. Quizá todos ellos estén reunidos de alguna manera en ‘Slow West’ (id, John Maclane, 2015), ópera prima de su director que, con la ayuda de Michael Fassbender, ha logrado poner en imágenes un guion propio, en el que demuestra su amor por el western, respetando el género y adaptándolo a estos tiempos tan cambiantes.

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(From here to the end, Spoilers) Con Nueva Zelanda como nueva representación de los siempre bellos paisajes del oeste americano, la película narra la historia del joven Jay (Kodi Smit-McPhee), escocés que viaja al salvaje oeste en busca del amor de su vida, Rose Ross (Caren Pistorius) que, junto a su padre tuvo que huir, y ahora son objetivos de despiadados cazarrecompensas. En su periplo, el joven Jay, se encontrará con Silas (Michael Fassbender), uno de esos personajes solitarios tan característicos del mejor género. La experiencia ayudará a la inocencia. Y viceversa.

Una de las cosas mejor expuestas en ‘Slow West’, además de una capacidad de síntesis excelente –hablamos de una película de 84 minutos, casi un milagro en estos tiempos−, es el parecer algo totalmente nuevo a partir de elementos ya empleados con anterioridad. Todo lo que MacLean ha dicho aprender mirando a directores como Peckinpah o Leone –en este caso, parafraseando al propio director, para ver cuánto se puede estirar el suspense en un tiroteo−, parece ejemplarizarse en un ejercicio similar al realizado por Anthony Mann en el género: fusionar personajes y paisajes, haciendo a éste último otro personaje más.

De lo viejo a lo nuevo

Dicha fusión, que queda demostrada en secuencias nocturnas en las que Jay observa el cielo, o en aquellas en las que los grandes paisajes parecen abrazar a los personajes, se traslada también a la inclusión de los actores dentro del plano, formando parte de él, no como el elemento protagonista, sino como uno más dentro de la composición. Y eso que a veces a Maclean se le va la mano con el gran angular –la escena de la seta− o los primeros planos que hacen destacar la profundidad de campo. Con todo, un estilo muy refinado que saca su mejor partido a la hora de mostrar la entrada en escena de muchos de los personajes centrales.

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Sirva como ejemplo la aparición de Silas. Primero vemos su mano, que empuña un revólver para luego verle a él. Dicha operación se repite varias veces, a veces de forma inesperada formalmente –atención a la excelente secuencia de Jay, atado a un árbol, siendo sobrepasado por una banda de cazarrecompensas−; y que creo funciona paralelamente a lo narrado. El amor soñado e ideal se convierte en amor no correspondido; la experiencia del implacable pistolero da paso a una redención insospechada.

Como inesperada, aunque muy lógica y coherente, es la secuencia por la que ‘Slow West’ será recordada, ese brutal, seco, y de dolorosas consecuencias, tiroteo final. Aunque creo que la intensidad de dicho momento nace ya desde el instante en el que un caza recompensas solitario, tras hacerse pasar por un cura –el western clásico de nuevo−, utiliza un gran rifle. La violencia descarnada se apodera de toda esa parte, en la que personajes aparecen, y mueren, de forma inesperada. Y aunque Maclean no llega hasta el final de sus consecuencias, lo cierra muy bien con la citada redención.

‘Slow West’ comienza con la voz en off de Jay, y concluye con la de Silas. La búsqueda del amor idealizado —el amor virginal de quien no ha tocado al ser deseado, mientras la banda sonora de Jed Kurzel nos recuerda otro amor, no consumido, narrado por Wong Kar Wai—, y el encuentro de dicho amor como consecuencia de la vida.

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