William Shakespeare: 'Othello'

William Shakespeare: 'Othello'
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Un hecho en el que suele recalar siempre Stephen Greenblatt es que William Shakespeare no fue, ni falta que hizo, original. Naturalmente, convendremos en comprender que las historias que contaba eran también fábulas, leyendas o incluso trabajos ajustados a modas de la época. Pero lo que las hace importantes es su profundidad pues rompía con algunas normas en pos del drama, el estilo según su función y no siempre bajo la tiranía aceptada de lo novedoso.

'Othello', cuya primera mención data de 1603 pero también permanece en la incertidumbre, fue una obra inspirada por la historia Un capitano moro de Cinthio, discípulo de Bocaccio. Gracioso es porque en el relato original, escrito en italiano, el Moro sea posiblemente un apellido y no una referencia racial, y Shakespeare fue partícipe del equívoco al convertir al héroe general en moro. Y es, además, un logro dramatúrgico de primer orden: es muy posible que pensemos en cierto príncipe de Inglaterra como el personaje más brutal - en discurso y misterio - de Shakespeare, pero yo sigo pensando que en esta tragedia perfecta - cada movimiento y cada mentira propone una interacción entre personajes fabulosa, la obra comienza en plena tensión - contiene a mi personaje trágico favorito de todos los tiempos: Yago.

Una manera de resumir el argumento de esta obra sería la siguiente: el general Othello ha ascendido a su amigo Cassio y no a Yago y además se ha casado, secretamente, con Desdémona, la hija del senador Brabantio. Yago cuenta con un cómplice, Rodrigo, un rico hombre al que disgusta tal unión. Así comienza una trama fascinante en la que los intereses cruzados terminarán en un sangriento (y brillante) final. La excelente versión en español de la mexicana Maria Enriqueta González Padilla, cortesía de las Tragedias recién editadas por Debolsillo será la que use para las citas.

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Comenta Harold Bloom que "Othello es el protagonista, pero la obra es de Yago". Es cierto: el antagonista reina sobre toda la obra. No es un villano. Nadie que le llame villano ha entendido porque el poder de Yago es tan devastador. Así comienza su queja ante Rodrigo:

Ya no hay remedio. Tal es el servicio. La promoción se obtiene por favor e influencia y no como antes, por escalafón, donde venía a ser cada subalterno heredero de su predecesor. Juzga tú mismo ahora si en justicia tengo motivos para amar al moro.

Luego prosigue

Tranquilízate. Lo sirvo para desquitarme. No es posible que todos sean señores ni todos los señores pueden ser servidos con lealtad. Verás no pocos siervos que doblan las rodillas, que enamorados de su estado abyecto, van pasando el tiempo como el asno de su amo, por el forraje no más, y que cuando envejecen quedan despedidos. ¡Por mi que azoten a esos honrados mensos! Pero hay otros, que ostentando formas y visajes obedientes, guardan su corazón para sí propios y solo aparentando serviro a sus señores, medran a costa suya, y en haciendo su agosto, se sirven a sí mismos. Esta es la gente lista, y de esta especie profeso ser yo mismo. Porque tan cierto como eres Rodrigo, a ser yo el moro, no sería Yago. Más al servirlo a él, a mí mismo me sirvo, júzgueme el cielo, no por afecto y obediencia, sino fingiendo para mi fin particular. Pues cuando mis acciones exteriores manifiesten la inclinación nativa y la figura de mi corazón con cumplidos externos, poco tiempo pasará sin que traiga en la mano mi corazón cual pasto para grajos. Y es que no soy lo que parezco ser.
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Claro que la primera vez que vemos la obra todos nos sentimos atraídos por Othello. A fin de cuentas, es un héroe humano, que confía en su amigo y que se ha enamorado. Es, curiosamente, una de las pequeñas revoluciones de esta obra: el protagonista es un personaje con muchos defectos (solamente su suicidio, tan distinto al de Hamlet, será su epifanía), un personaje negativo. Pero Shakespeare lo dota de integridad, de pasión, pero no de virtud. Yago está en su derecho, pero él nunca instiga los asesinatos. Yago no es ni Macbeth ni Ricardo III, ni tan siquiera Hamlet: quiere el lugar que le corresponde en el mundo y es el bruto general quien aplicará sus condenas.

Y ¿quién no se ha sentido atraído por Desdémona? Su amor es su valentía. Es uno de los grandes personajes de Shakespeare, una heroína protofeminista. No depende de su amor con Otelo, al contrario, ese amor la hace más fuerte, más inteligente, menos cobarde. No es una sierva, sino que llega hasta el final, se arriesga, se compromete, busca en sus principios no una suerte de pusilánime manera de vivir sino una manera de luchar. ¿Quién no sueña con Desdémona? Ella y Emilia, la esposa de Yago que nada tiene de sierva cuando se trata de ser leal a su mejor amiga, son ecos de un feminismo al que todavía le quedarían dos siglos de injusto, prolongado e indeseado sueño.

Pero volvamos a Yago. "Y es que no soy lo que parezco ser" ¿No notáis una sacudida al leerlo? El mundo de Yago es un mundo injusto. ¿No resulta familiar este dilema todavía? ¿Quién no ha sentido en su piel la injusticia, la sensación de no poder impugnar el mundo en su conjunto, de no poder intervenir en una partida con dados marcados? ¿Quién no lo siente ahora? Yago es un resentido, no cabe duda, pero no va a desesperarse. Yago no quiere amos, ni esclavos, por eso le admiro: conquista su libertad. Pero en la tragedia, y en esta se enseña, la libertad es a costa de los demás.

Entre 1949 y 1952 Orson Welles pasaba, como sería toda su carrera posterior a Hollywood, por un gran momento de incertidumbre y una difícil e incipiente carrera como cineasta independiente. Durante tres años, y con un resultado en mi opinión magnífico, rodaría su primer gran film shakesperiano 'Othello' (id, 1952), una película que, además, inaugura una nueva etapa en su estilo.

Lo comenta Jonathan Rosenbaum, y espero que se aprecie.: el Welles de esta película monta, dirige y compone con una expresividad fragmentaria, frenética, llevando el estilo de montaje a la sugerencia, a una preciosa violencia expositiva, alejado del ímpetu de 'Ciudadano Kane' (Citizen Kane, 1941) aquí tenemos ya un tono casi onírico, inspiradísimo, muchísimo mejor que el de su más famosa primera película por cuanto logra evocar de los escenarios, con un rodaje accidentado en Marruecos que logra transmitir a la perfección el reino y su escenario.

¿Y qué decir del actor Welles que encarna a Othello? Alejado de quienes lo asocian siempre a una caricatura de sí mismo, un carismático y enérgico y todopoderoso gordo de voz reconocible, su interpretación aquí es absolutamente sutil, llena de pequeños gestos, menor, nada exagerada, en las antípodas de cualquier histrionismo. ¿Habrán visto los hagiógrafos y los espectadores más despistados esta actuación, en la que despoja a Othello de cualquier grandilocuencia y lo convierte en un hombre, todavía más aturdido por cuanto sucede?

Y es que si el Welles actor está aquí en un tono considerablemente menor al de otros roles suyos, el director da toda la generosidad al Yago, encarnado por un sobrenatural Michéal Mac Liamnóir. La canadiense Suzanne Cloutier está solvente como Desdemona, aunque el peso recae sobre el Yago de Liamnoir y la dirección de Welles, absolutamente elevada a los altares por un trabajo lumínico de Anchise Brizzi sobrenatural casi. Brizzi, colaborador de Vittorio de Sica, extrae partido a todos los escenarios y no hay esquina que su blanco y negro no tiña de precisión, belleza o soluciones originales.

Es muy curioso que en la un tanto académica y menor versión posterior de Oliver Parker encontremos un Yago sublime en la figura de Kenneth Branagh. Aquella película se sostuvo por el Yago de Branagh, pero la de Welles se sostuvo en el indudable poder de sus imágenes, de su derrota, de su atmósfera de sueño casi imposible de recordar y se convirtió en la mejor adaptación posible de una obra de Shakespeare donde nada, ni tan siquiera los celos o las palabras, pueden sujetarse a la razón, al entendimiento, al orden, a una cierta armonía. Yago conquistó la obra, pero Welles conquistó al moro.

Pero es que Yago ¿se acabará alguna vez este personaje? Después de estos accidentados 92 minutos, no podemos más que celebrar la atmósfera que Welles da a una de las tragedias más perfectas y elevadas que podemos leer, todavía hoy. Decidme ¿de verdad es culpable? ¿Acaso no advierte a Othello?

¡Señor cuidado con los celos!, el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne con la que se alimenta. Vive feliz el cornudo que cierto de su suerte detesta a quien lo ultraja, ¡pero ay!, ¡qué infernales minutos va contando el que ama con exceso, pero duda, sospecha, mas no deja de amar!
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¿Y quienes somos nosotros si no Yago, el complejo y nada agradable héroe moral de la obra? ¿Somos el bruto Othello? ¿El ruin y caprichoso hidalgo Rodrigo? ¿El mentecato Casio, amigo putero ascendido por trepa? ¿O las mujeres, valientes y solas, unidas, Emilia y Desdémona, condenadas a desaparecer? La tragedia, siempre impresionante en su catarsis, nos recuerda el carácter fatuo del destino: ¿lo podemos retar o solamente conocer? Esas preguntas son para vosotros.

Por otra parte, Welles volvería una vez más a Shakespeare, pero esta vez lo haría desde la memoria, la suya y la propia, en una conmovedora obra maestra con la que nos despediremos de su aportación al otro Shakespeare, al que el cine ha repartido en verbo.

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