'El faro': una fascinante y opresiva pesadilla marítima

'El faro': una fascinante y opresiva pesadilla marítima

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Cartel El Faro

‘La bruja’ fue una gran carta de presentación para Robert Eggers, una película de terror que huía del susto gratuito para crear una atmósfera perversa que no dejaba de ir a más a medida que pasaban los minutos. No hizo falta más para que se convirtiera en un realizador al que merecía le pena seguir el rastro y para su segundo largometraje ha optado por hacer suyo un proyecto que nació de la mano de su hermano Max como una adaptación de un relato inacabado de Edgar Allan Poe, quien murió antes de poder finalizarlo.

La versión de ‘El faro’ que ha llegado finalmente a los cines se aleja totalmente de dicho relato para sumergirnos en la pesadilla en la que se convierte la relación entre un farero y un aprendiz que acaba de conocer. Aislados del resto de la humanidad, Eggers se centra en potenciar un clima claustrofóbico a medida que ilustra cómo la salud mental de sus protagonistas se deteriora hasta límites enfermizos.

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Su singular apuesta técnica

Imagen El Faro

Hay dos detalles técnicos que marcan de forma notable la película. El primero es la decisión de optar por un ratio de pantalla 1:19:1, usado durante la transición del cine mudo al sonoro y prácticamente inédito durante los últimos años. Eso ayuda a Eggers a encerrar más a Robert Pattinson y Willem Dafoe, obligándole también a construir las estancias dentro del faro para amoldarse a lo que esto permite captar a la cámara.

Ademas, para crear ese clima que recuerda en ocasiones al cine mudo el director de fotografía Jarin Blaschke echó mano de lentes de 1912 y algunas de los años 30, consiguiendo así dar una textura especial a la imagen, esencial también para conseguir retrotraernos a la época en la que suceden los hechos -finales del siglo XIX-. El trabajo de recreación técnica, empezando por el acabado visual y siguiendo por el atrezzo o el vestuario utilizado por Pattinson y Dafoe, es impecable

La auténtica clave está en que eso no resulte un capricho de Eggers, pues inicialmente sirve para asentar las bases de como va a ser la vida de sus dos protagonistas, pero a medida que pasan los minutos sirve como apoyo en el deterioro personal de ambos, sobre todo a partir del momento en el que el personaje de Pattinson cede y acepta probar el alcohol. Hasta entonces había ilustrado muy bien el encierro físico, pero a partir de entonces también adquiere una dimensión mental que ‘El faro¡ no duda en exprimir hasta niveles que dejan a merced del espectador la lectura de lo que realmente ha sucedido.

Un agobio constante

Fotograma El Faro

Dicho de otra forma, ‘El faro’ arranca con una vertiente hasta cierto punto más realista, mostrando los abusos de alguien desconectado de la realidad ante el recién llegado para que luego su relación casi adquiera unos matices propios de padre e hijo, pero luego va introduciendo mitos de la vida en el mar que no dejan de ganar importancia y dan pie a varios momentos a caballo entre la pesadilla y la locura.

Es entonces cuando uno deja de tener claro si lo que sucede es totalmente real, pero Eggers nunca niega ninguna opción y va jugando con la idea de que ese monstruo acechante esté dentro del propio faro -esa luz que Dafoe quiere acaparar negando sistemáticamente el acceso a Pattinson-, fuera del mismo -ese mar embravecido o esas gaviotas siempre al acecho- o simplemente en el interior de sus dos protagonistas y cómo su actitud va enturbiándose a medida que la verdad va saliendo a la luz.

Dafoe

Para ello también es vital el uso de los sonidos y, sobre todo, de la banda sonora de Mark Korven. Esta ultima puede llegar a resultar algo intrusiva, pero es imprescindible para que ese sensación de agobio esté presente desde los primeros minutos y luego pasa a ser el complemente necesario cuando se produce ese descenso a los infiernos -aunque en este caso tampoco estaría de más hablar de un ascenso-.

Eggers se muestra generoso en simbolismos -lo mitológico vuelve a tener una fuerte presencia como ya sucedía en ‘La bruja’- y metáforas para ilustrar lo que podría verse como la historia de dos personajes que son la cara de la misma moneda cuyas diferencias van dejando de serlo hasta el punto de que el enfrentamiento entre ellos resulta inevitable. Ese agobio inicial no deja de ser la antesala de una espiral de autodestrucción que enriquece la película a nivel psicológico sin imponer una visión más que probable de lo que está sucediendo.

La aportación de Robert Pattinson y Willem Dafoe

Pattinson

Al respecto conviene destacar la entrega absoluta de Pattinson y Dafoe a sus personajes, con el primero rodeado de un halo de misterio que ira despejándose, mientras el segundo se muestra capaz de soltar un discurso que parece a caballo de Shakespeare y el Capitán Ahab a tirarse pedos sin pudor alguno. Este último punto es una de las fugas humorísticas más habituales en la película, pero no la única, y que sirve para aligerar tensiones en momentos puntuales sin resultar algo burdo.

A su manera, ese no deja de ser uno de los detalles que más molestan a Pattinson, quien va acumulando rabia por el trato recibido hasta que acaba explotando. Ese volcán en erupción le permite impresionarnos con su lado más desatado, pero por mi parte no puedo dejar de rendirme ante un Dafoe deslumbrante en todas su facetas, tanto cuando ha de ser más comedido como cuando ha de ser una especie de dictador.

Ver la relación entre ambos como un juego perverso quizá sea exagerado, pero sí que resulta muy importante la dinámica que se establece entre ambos y como la posición de superioridad de uno respecto a otro va variando. Curiosamente el punto de encuentro es cuando se dejan llevar por la bebida, desconectando por completo de todo lo demás. Es realmente ahí cuando Pattinson abraza el lado oscuro, pero también cuando existe una visión mas luminosa de su relación, como si nada más importase… hasta que el hechizo del alcohol se rompe.

En resumidas cuentas

Lo que sí hay que tener claro es que ‘El faro’ es una película de nicho, ya que resulta difícil concebir que el público como ente general vaya a disfrutar de ella, pero la película de Robert Eggers sí posee ese poder de fascinación necesario para que te marque y acabes obsesionado con ella. En mi caso no llegó a tanto, pero sí que es una cinta estupenda con un despliegue técnico y visual de primera categoría y un soberbio trabajo de sus dos protagonistas.

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