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Mucho más que asombroso cambio físico: 'El vicio del poder' se apoya en un Christian Bale portentoso transformado en Cheney
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Mucho más que asombroso cambio físico: 'El vicio del poder' se apoya en un Christian Bale portentoso transformado en Cheney

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Nota de Espinof

Seamos honestos: 'El vicio del poder' ('Vice') tiene pocas opciones en la próxima gala de los Oscars. La competición está especialmente reñida tras la paridad en los galardones previos a los de la Academia estadounidense, en los que la película de Adam McKay no ha conseguido ningún premio más allá del BAFTA al mejor montaje y los otorgados a Christian Bale: mejor actor y actor de comedia en los Critics' Choice Awards y Globos de Oro.

Las anomalías narrativas de 'El vicio del poder', un atípico relato sobre la vida de una de las personalidades más significativos de la política estadounidense reciente, se suceden entre rupturas continuas de la cuarta pared, un tono didactista -quizá hasta un exceso demasiado cercano a la demagogia- y un gran trabajo de montaje. La cinta es un interesante trabajo sobre un género tan anquilosado como el biopic, que ha valido al trabajo de McKay hasta ocho nominaciones al Óscar.

El biopic de Dick Cheney, recibido con muy buenos ojos por la crítica, tiene muy difícil superar a las grandes favoritas. 'Roma' y 'Green Book' se disputan una de las estatuillas más difíciles de predecir de los últimos tiempos, donde la sorpresa podría saltar con 'Bohemian Rhapsody', 'Ha nacido una estrella', 'La favorita' o incluso 'Infiltrados en el KKKlan' ('BlackKklansman').

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Con otras nominadas, la cinta del director de 'La gran apuesta' podría estar considerada dentro de las posibles ganadoras, pero éste no será el año de 'El vicio del poder' ni de su realizador, que poco tiene que hacer contra Alfonso Cuarón, Spike Lee o Pawel Pawlikowski ('Cold War') en la categoría de dirección.

Uno de los pocos galardones en los que 'El vicio del poder' tiene opciones, además de montaje, es el de actor protagonista, a pesar de competir contra a un Rami Malek cada vez más cerca del Oscar. La enésima transformación física de Christian Bale, que ha engordado hasta 20 kilos y ha usado prótesis en el cuello para encarnar a Dick Cheney, le ha valido la nominación en un papel bastante discreto.

A pesar de que la capacidad interpretativa de Bale está fuera de toda duda, es imposible no echar de menos entre los nominados a Ethan Hawke en uno de los grandes papeles del año, para 'El reverendo' ('First Reformed'). Por lo que cabe preguntarse, ¿es la nominación de Bale fruto de su trabajo actoral o de la mímesis física con su personaje?

Corporalidad a través del gesto

A la Academia parece gustarle los transformismos y ejercicios de inmersión en los personajes. Además de Christian Bale, habitual en estas transformaciones extremas, la práctica interpretativa límite es algo repetido (y premiado) con cierta frecuencia. Gary Oldman -al que Bale consultó antes de encarnar a Cheney-, gracias a su particular y laureado Churchill, consiguió su ansiada estatuilla en la pasada edición de los Oscars, sin ir más lejos.

Gary Oldman caracterizado como Winston Churchill Gary Oldman como Winston Churchill en 'El instante más oscuro' (2017)

Y aunque este tipo de interpretaciones son espectaculares por los cambios físicos que conllevan, no debemos olvidar que el trabajo de un actor va más allá de someter su cuerpo a modificaciones bruscas. Cuando admiramos a Christian Bale como actor, deberíamos hacerlo por su gesto, su dominio del espacio o su mirada, y no por que haya engordado para interpretar a su personaje o por dejar de parecer él mismo en cada papel que realiza.

Esta fijación por lo mutante puede ser hasta engañosa. Porque el gusto debería marcarlo no tanto una impresión efectista sino una sensación efectiva. Y quedándonos en un punto tan superficial como la caracterización física, caemos en el riesgo de valorar tan solo una parte insignificante de lo que supone la interpretación de un personaje, que engloba mucho más.

En el caso de Bale, hubo un sesudo trabajo, físico e interpretativo, para convertirse en Cheney, haciendo, por ejemplo, ejercicios para ensanchar su cuello, y constantes imitaciones vocales y de posturas que el vicepresidente de la era Bush hacía en entrevistas e intervenciones.

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Todos los actores, ¿cortados por el mismo patrón?

Que la actuación se vea tan condicionada por la caracterización física de un personaje, cuando es un elemento más y no la base de la interpretación, resulta bastante problemático. Pero si a esto le sumamos el hecho de que un actor tenga que engordar o caracterizarse hasta el extremo para parecer más viejo, ¿no estamos ignorando a intérpretes que probablemente no necesiten de transformaciones extremas para hacer papeles determinados?

La dimensión física de los intérpretes está sometida a un estricto canon, y este hermetismo hace que la diversidad física brille por su ausencia. Y, aun sabiendo que actores como Bale realizan estas mutaciones físicas desde el absoluto respeto a los personajes que encarnan, quizá hay en algunos de estos papeles espacio para otros profesionales que no necesiten un cambio físico radical.

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La cuestión tiene una doble lectura marcada: por un lado, ¿hasta qué punto es la transformación del físico un esfuerzo tanto o más valorable que la propia actuación? Y, por el segundo, ¿estas transformaciones radicales son fruto de la negación de una diversidad que existe pero es ignorada?

El propio Bale, después de su entregada y portentosa interpretación de Dick Cheney, dice que no puede más, que necesita relajar su cuerpo de cara a próximos papeles. ¿Serán ciertas sus palabras, o seguirá exigiendo a su físico por encima de lo salubre? Lo único seguro es que si gana su segunda estatuilla, será una victoria merecida.

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