'S.O.S.: el mundo en peligro', el irónico fin del ser humano

Entre especial y especial, buceo y buceo, busco y encuentro películas sobre grandes directores conocidos, como el caso de Terence Fisher, que a estas alturas parece que le hayamos dedicado un especial con subterfugios. Siempre es más interesante conocer la obra de un director, que pararse a pensar en las maravillas o chorradas que éste decía sobre el cine, pues su aportación al séptimo arte es su obra y no sus pensamientos. Si éstos no quedan plasmados en sus films, al igual que sus inquietudes, de nada vale que después teorice con ingenio sobre el séptimo arte. Obvio, como siempre.

Como ya hemos dicho más veces, Fisher fue sobre todo conocido por sus títulos de terror/fantástico en la mítica productora británica Hammer Film, en la que hizo brillar a gran altura a personajes como Drácula o Frankenstein. Ya hablaremos en su momento de algunos de sus primeros trabajos en la productora antes de que saltase al éxito con ‘La maldición de Frankenstein’ (‘The Curse of Frankenstein’, 1957), algunos de los cuales no tienen nada que envidiar a títulos posteriores más celebrados. Fuera de la Hammer, Fisher también realizó algunas películas no exentas de interés. Hace poco hablábamos de ‘Night of the Big Heat’ (id, 1967), film que guarda algunos parecidos con el que nos ocupa, ‘S.O.S.: el mundo en peligro’ (‘Island of Terror’, 1966).

En el film protagonizado por Christopher Lee del que ya os hablamos la amenaza que se vertía sobre la humanidad era de procedencia extraterrestre. Los personajes se encontraban atrapados en una isla de la que no podía salir. Idéntica situación hay en ‘S.O.S.: el mundo en peligro’, que se desarrolla en la isla de Petri, al lado de la costa irlandesa. Allí, en el laboratorio de un eminente doctor se investiga para encontrar una cura contra al cáncer, creando en realidad una nueva forma de vida que se alimenta de huesos. La peculiaridad del nuevo ser es que es prácticamente indestructible debido a una fuerte coraza que cubre su cuerpo, además de reproducirse a gran velocidad, haciendo que cada vez sean más criaturas. El miedo de que las criaturas —a las que los protagonistas bautizan como silicatos— se extiendan por el resto del planeta, los isleños, comandados por dos doctores, pondrán en marcha todo tipo de argucias para combatir a esa nueva raza de seres.

Al igual que en el film con Lee, Terence Fisher maneja muy bien el suspense de la historia, no mostrando a los monstruos antes de lo necesario, pero tampoco lo hace al final de la cinta como en la película mencionada. Si tenemos en cuenta que los efectos visuales no tenían la perfección con la que hoy parecen haberse superado todas las barreras posibles, la labor de Fisher es doblemente loable. La creación de una atmósfera de terror creciente —los humanos serán poco a poco acorralados—, un ritmo casi frenético y la ironía de la propuesta llegan para sumergir al espectador en el film, resultando éste muy creíble por muy loco que parezca su argumento.

Si en películas similares, en las que se teorizaba a modo de relato de ciencia ficción, o terror, sobre el fin del ser humano, existía una sutil crítica al comportamiento del hombre con nuestro hogar, el planeta, en ‘S.O.S.: el mundo en peligro’ más que una crítica hay una gran ironía. Pues irónico es que las criaturas que atacan a todo aquello que tiene huesos provienen de los experimentos de una de las grandes luchas del hombre, aquella que mantiene contra el cáncer, uno de los males inevitables de nuestra sociedad. Es un acierto, que además aleja a la película de mensajes de advertencia, y permite cerrar el film con un final abierto al otro lado del mundo.

Edward Judd —visto en ‘The Day the Earth Caught Fire’ (id, Val Guest, 1961)— y Peter Cushing son la pareja protagonista, dos doctores que lucharan contrarreloj con la amenaza que se vierte sobre sus vidas y las de los isleños. Por supuesto Cushing se adueña de la función, y cómo no, nos regala otro de sus momentos masoquistas, aquel en el que para librarse de una de las criaturas deben cortarle la mano izquierda con un hacha. Dicha secuencia tuvo problemas de censura al ser considerada excesivamente fuerte, por lo que se recortaron algunos planos sangrientos, sólo puede verse en la edición alemana del DVD. El punto femenino lo pone la actriz Carole Gray, cuya presencia parece destinada simplemente a un ingenioso dialogo sexual al inicio del film, y para sugerir uno de los instantes más duros de la película casi al final de la misma, cuando los doctores, viendo cercana la muerte de todos, toman en silencio una dura decisión.

Un film estimable, pues, y a reivindicar. No está a la altura de algunas de las maravillas que hizo Terence Fisher para la Hammer, pero sí por encima de productos coetáneos.

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