'Un cuento de Navidad', poderosa radiografía de la familia

Enfrentarse a una película como ‘Un cuento de Navidad’ puede ser una tarea ardua, difícil, e incluso puede que a mitad de su metraje queramos salir de la sala, olvidándonos de la densidad de su historia, de sus personajes tan extraños, rocambolescos, extremos, y que a la vez nos resultan tan cercanos como lejanos. Pero si uno hace un pequeño esfuerzo por liberarse de prejuicios varios, de sacarse de encima el contagioso sopor que la cartelera actual nos condena a sufrir (evidentemente hay excepciones, como esas dos maravillas tituladas ‘Déjame entrar’ o ‘Ponyo en el acantilado’, de reciente estreno ambas), seremos testigos de una experiencia única, entre otras cosas por descubrir a una cineasta hasta ahora desconocido por el público en estos lares: Arnaud Desplechin.

‘Un cuento de Navidad’ es el octavo trabajo de Desplechin, y el primero en estrenarse en nuestras salas de circuito comercial mayoritario. Las buenas críticas vertida sobre ella, y su exitoso pase por Cannes han debido influenciar de manera positiva a la hora de distribuir la película en nuestro país. No será competencia, lamentablemente, para los típicos blockbusters norteamericanos, los cuales gozarán de una mayor infraestructura mediática, pero aquel que busque buen cine lo encontrará en cada fotograma de esta inolvidable película.

Desplechin es heredero directo de la Nouvelle Vague, aunque él mismo se declara amante del cine popular americano, y la mayor parte de sus influencias provienen de ahí (Coppola o Scorsese son algunas de sus pasiones. Pero viendo a Desplechin uno también se acuerda en parte de Bresson, aunque su realismo no sea tan directo como el de aquél; o de Truffaut, por la descarnada emoción que desprenden sus historias. Y como todos los excelentes directores, cargados de influencias, aprenden de ellas para crear su propio estilo, su personal universo.

‘Un cuento de navidad’ bebe, según palabras del propio director, pertenece a un subgénero muy de moda en el cine estadounidense, el thanksgiving. En él, todos los miembros de una familia se reúnen en el día de Acción de Gracias, hablan de sus cosas y se enfrentan a sus problemas y fantasmas. Los padres suelen ser muy comprensivos además de las personas más sabias sobre el planeta Tierra, entre los hijos están aquellos que llevan la vida que todo padre espera que lleves, y también el típico rebelde, la oveja negra de la familia (por lo general, un artista incomprendido o fracasado) que vive de otra forma y termina enfrentando a todos, para al final redimirse y así poder comer perdices en el típico final feliz (a veces se llega a ello pasando por la muerte de uno de los miembros de la familia). Éstos suelen ser los elementos más claros de una película de estas características, y todos nos hemos tragado un montón de ellas, sobre todo en la televisión.

‘Un cuento de navidad’ es eso y mucho más. Desplechin no narra una historia típica con planteamiento, nudo y desenlace. A pesar de que el punto de partida es la cena de navidad que hace que toda una familia se reúna de nuevo, esto no es más que una excusa para dar al film un aire de cuento navideño. Un cuento, como su mismo título indica, en el que lo más importante son los personajes en sí y no lo que les sucede. Personajes marcados por el recuerdo de la muerte de Jospeh, el primer hijo del matrimonio que murió hace tiempo a los 7 años de edad, necesitando un trasplante de médula ósea que nunca llegó a producirse. Dicha ausencia no puede llenarse de ninguna manera, y por ello todos los personajes parecen tambaleantes buscando su lugar en el mundo, intentado descubrir qué pieza son en el rompecabezas que supone una familia.

Son típicos y raros, previsibles e inesperados, locos y cuerdos, atractivos y odiosos, unas veces se necesitan y otras se repelen. Desplechin capta a la perfección la unidad (desequilibrada y también compacta) familiar, y en varios instantes lo hace sometiéndose a un juego cinéfilo difícil de obviar. Su película a veces transcurre con el tono de los musicales, en los que lo más irreal puede darse (‘Funny Face’ puede verse en cierto momento en un televisor); la familia es lo más grande que puede tener el ser humano, aquello por lo que siempre hay que luchar a toda costa contra todo tipo de adversidades (‘Los diez mandamientos’ también se deja entrever en cierta escena); no importa de dónde vienen los personajes ni a dónde van, sino dónde están y lo que son (‘El sueño de una noche de verano’ también hace acto de presencia en esa televisión más significativa de lo que parece); y de vez en cuando somos testigos de los pensamientos de algunos de ellos, nos miran a través de la cámara, testigo impasible de todo, nos leen cartas (‘El nuevo mundo’ de Malick deja ver su cartel varias veces, pues los personajes de ‘Un cuento de navidad’ bien podrían pertenecer a un film del director de ‘Malas tierras’).

‘Un cuento de navidad’ es tan sincera y real que sus imágenes duelen. A nadie le será imposible el no sentirse identificado con alguno de los seres que pululan por el film, a los que dan vida un elenco de actores que no lo parecen, son los personajes en sí. El ahora muy de moda Mathieu Amalric se lleva la palma, por dar vida a Henri, el más problemático de todos los componentes de la familia, el hijo pródigo, el extraviado que escapa a toda comprensión, el más sincero y cruel en sus decisiones, el más inestable emocionalmente. Todo un huracán de personalidad que fascina y atrapa desde su primera aparición hasta sus extraños y absorbentes momentos finales compartidos con su madre, una Catherine Deneuve tan bella (quien tuvo retuvo) como enigmática.

Creo que lo único que puedo achacarle a ‘Un cuento de navidad’ es que tal vez sea una película un poco larga (una manía demasiado extendida en el cine de hoy día), y digo tal vez, porque se trata de un film que gana en cada nuevo visionado. Su compleja estructura (nunca unos intencionados fallos de raccord tuvieron tanto sentido) se desengrana a cada nuevo pase, y yo no puedo más que rendirme ante una radiografía de algo tan conocido y común. Para perderse en ella y sentir los mismos encontrados sentimientos que se sufren dentro de una familia, los de necesitarles, los de sentirse incómodos, y sobre todo los de no poder evitar pertenecer a un grupo de personas que no has podido elegir.

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