'A Roma con amor', Woody Allen salvado de nuevo por el surrealismo

En la película anterior de Woody Allen, ‘Midnight in Paris’ (2011), el mejor momento lo ponía un surrealista, Salvador Dalí, encarnado por Adrien Brody. En ‘A Roma con amor’ son los escarceos con el surrealismo del guion lo que salva al film de caer en el tópico y la anodina postal. Es una pena que el neoyorquino no se haya dejado llevar mucho más por la locura y el absurdo que solo apunta.

‘A Roma con amor’ (‘To Rome with Love’, 2012) se compone de varias historias intercaladas, todas ellas situadas en Roma y todas ellas, como indica su título, relacionadas con el asunto romántico. Como es lógico que ocurra en un film de multi-historia, algunas de estas tramas son superiores a otras y siempre queda una que entendemos que funciona de relleno o que se nos olvida con mayor rapidez.

Más surrealista, por favor

Como indicaba al inicio, me decanto por aquella que más se acerca al absurdo surrealista, la que incluye, además a Allen como actor. El cantante de ópera tan particular acapara sin lugar a dudas los mejores lapsos de la cinta y, lo más importante para mí, la escena más sorprendente de todas, aquella que logró que mi actitud hacia ‘A Roma con amor’ cambiase y me hiciese acomodarme mejor en la butaca y meterme en el film con mayor tranquilidad y aceptación.

Allen no es nuevo en el empleo de la fantasía y del humor metalingüístico, como aquellos coros griegos de ‘Poderosa Afrodita’ (‘Mighty Aphrodite’, 2012). No es la primera vez que rompe el realismo un hombre que ha hablado a cámara, que ha introducido muertos parlantes o actores que escapan de la pantalla. Pero el surrealismo, más europeo que norteamericano, puede escapársele o causarle miedo, por mucho que varias de sus fuentes estén en Europa. Por eso, más que una falta de imaginación para convertir a ‘A Roma con amor’ en un puro relato surrealista, introduciendo muchos más elementos como la ducha, lo que creo percibir es una autocontención que le ha impedido seguir por ese camino que, en mi opinión, habría convertido al film en más original y sugerente.

Desiguales historias

La trama que protagoniza Jesse Eisemberg recuerda al Woody Allen de sus mejores épocas, especialmente por el retrato de la mujer seductora, pero dañina, que tantas veces ha protagonizado películas en las que él daba la réplica. Ellen Page es perfecta reflejando las dos vertientes, dándose aires de sabihonda mientras emana sexualidad. Aquí, un Alec Baldwin muy inspirado, pone en palabras la conclusión que durante todos aquellos films, Allen podría haber extraído de las relaciones que perseguía y perdía, y que Baldwin aprende demasiado tarde a través de un imaginado alter ego que lo introduce en un peculiar flashback.

Los otros dos cuentos contienen algunos de los destellos brillantes del film. No obstante, al cabo de un tiempo comienzan a resultar repetitivos y pierden la capacidad de sorprender, por lo que considero que se habrían beneficiado de una depuración mayor, en especial el que cuenta con Roberto Benigni. Los aprendizajes vitales que se pueden extraer de esta fábula están, como sucedía ya en ‘Si la cosa funciona’ (‘Whatever Works ‘, 2009), dichos de manera explícita, cuando lo mejor que puede hacer un autor es tratar de que lleguemos nosotros a esa conclusión.

La historia que menos interés acapara sobre el papel quizá sea la interpretada por Penélope Cruz. Pero la española tiene tanta gracia como actriz que consigue que los encuentros casposos y manidos estén entre las escenas que más carcajadas provocan en la sala –la inevitable referencia al Vaticano nos mete en su bolsillo inmediatamente–.

De turismo por Roma

La banda sonora delata más al Allen turista que los encuadres de las calles más transitadas del Trastevere, la Fontana di Trevi o la Piazza de Spagna. Si su intención es cómica, las canciones están bien elegidas, pero dudo de que se trate de eso en todas las ocasiones. Al ser Roma una ciudad que desde aquí nos queda tan cerca y uno de los destinos turísticos más evidentes, rara será la persona que vea la película y que no haya paseado alguna vez por aquellas calles y, por lo tanto, es fácil sentir cierta identificación observando el film, lo que ayuda a disfrutarlo.

Conclusión

‘A Roma con amor’ me resultó, si no grandiosa ni lograda en todos sus aspectos, más agradable de lo que me esperaba, quizá por las expectativas tan bajas con las que acudí al cine a verla, desalentada por ese tráiler que arranca, como el largo, con el tosco humor que rodea al guardia de tráfico. Eso no impidió que fuese el día siguiente al del estreno –no he tenido tiempo hasta ahora de ponerme con la crítica–, ya que supongo que me pasa como a los que abarrotaban esa sala y las demás: que es cita obligada, por mucho que nos haya decepcionado con sus trabajos anteriores.

Esta nueva entrega contiene momentos de humor y alguna frase grandiosa, casi todas dichas por el personaje al que da vida el propio director y en la línea del neurótico que siempre ha representado. En alguna de las tramas, ‘A Roma con amor’ recuerda al Allen de sus mejores épocas, a ese que tanto estamos añorando y deseando que regrese.

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