‘Mataharis’. Los detectives no son Bogart ni las espías, Garbo

El cine y las novelas negras nos han creado una imagen de los detectives y los espías como gente glamourosa, envuelta en asuntos escabrosos e interesantes, que va buscando pistas con métodos deductivos y desplegando su ingenio inusitado. En la vida real, los detectives investigan principalmente casos de cuernos y de bajas laborales. Se pasan el día sentados en coches u ocultos en lugares discretos mirando a puntos fijos esperando poder captar la imagen incriminatoria para que una empresa pueda cursar un despido barato o el cónyuge deshonrado obtenga un lucrativo divorcio.

Icíar Bollaín nos muestra en ‘Mataharis’ esta cara sórdida de una profesión tan cinematográfica, con la intención de ponerle los pies en la tierra al entretenimiento de masas que tantas veces nos ha regalado realidades poco habituales. Por mi parte, soy partidaria de sumergirme en estas falsas situaciones donde todo es intrigante y misterioso, bastante más que de ver el retrato de un día a día que se aleja en gran medida de los calificativos que ha recibido. Me explico: el film no es una comedia sobre detectives, como se ha dicho, es un drama sobre tres mujeres y sus relaciones de pareja. Tienen esta profesión como podrían tener cualquier otra, ya que la directora se centra en mostrarnos cómo a sus protagonistas les afectan los hombres, no en su desempeño laboral. Esto por sí mismo no es un defecto, pues existe un público para estos dramas sociales cotidianos y probablemente el currículo Bollaín no ha permitido que nadie se deje engañar por la sinopsis o incluso el título del film. Pero en el guión había cabida para acercarse, aunque fuese mínimamente, a lo policiaco y cumplir las expectativas que despierta, sin estorbar en absoluto el contenido social. Así el film habría tenido un mayor interés. La película comienza sin saber muy bien hacia dónde va, intercalando las historias de manera muy deslavazada y sin presentar ninguna trama clara o ningún conflicto hasta muy avanzado el metraje. Cuando se entona, tiene un par de escenas que consiguen fuerza dramática y que pueden llegar a emocionar, pero esto ocurre en el último tercio de película. Incluso a partir de ahí, las diferentes dificultades por las que tienen que pasar estas tres mujeres son de una inmensa nimiedad y están sumamente vistas.

Técnicamente, ‘Mataharis’ deja mucho que desear en todos los departamentos: fotografía, sonido, montaje y script —hay un salto de ráccord con los dibujos de la niña que me parece escandaloso—. No tengo problema en aceptar un acabado imperfecto en películas menores, al contrario, en casos así siempre defiendo el contenido por encima del aspecto externo. Sin embargo, considero que el cuarto largometraje de una directora ya consagrada y, sobre todo, tan galardonada, debería tener mejor factura.

En cuanto a la dirección de actores, se podría decir que le ocurre lo mismo que al film en general: se va entonando con el tiempo y según pasan los minutos nos los vamos creyendo más y sentimos más cercanía con ellos. Pero hasta entonces, se muestran poco veraces y ocurre lo que no le tendría que pasar nunca a un intérprete: que se nota que están actuando. Por supuesto, que las partes que se hayan tenido que doblar por recepción defectuosa del sonido directo estén tan fuera de sincronía no ayuda nada a que percibamos como naturales las actuaciones.

Precisamente lo que intenta la autora es hacer ver lo difícil que lo tenemos las mujeres en la sociedad, por la casi imposibilidad de conciliar la vida laboral con las cargas familiares. Esta pretensión es loable, pero en su camino lo que hace es mostrar a personajes con una absoluta carencia de profesionalidad, que anteponen siempre la pareja o los temas personales al trabajo. De esta forma el antimachismo que ella persigue se ve muy perjudicado.

Si bien las intenciones de Bollain son bajar a la tierra la falsa imagen de los detectives de las películas y las novelas, la propia autora peca de falsedad cuando muestra a algunos de los personajes de manera totalmente maniquea, es decir, que los buenos son muy buenos y los malos son muy malos. Es el gran riesgo de los films con contenido social y, mientras no se supere, me parece que el valor del mensaje quedará mermado. Como ejemplos de los malos se puede nombrar muy claramente a cualquier empresario retratado: el dueño de la agencia de detectives y los dueños de la gran empresa que quieren hacer la subcontrata. Los empleados, por el contrario, son buenos sin tacha.

A pesar de todo lo dicho, el drama funciona. Lo que se muestra logra tocarte por dentro y removerte un poco. Sin duda, esto se debe a los temas sociales y humanos que plantea: cuestiones de pareja y de explotación laboral en las que casi cualquier ciudadano se puede ver reflejado. Está aquí la verdadera habilidad de Bollain, mucho más que en la labor de dirección. Utilizando como base estos problemas sociales que sabe que van a tener efecto, la cineasta consigue, junto con Tatiana Rodríguez, un guión aceptable, con algunos diálogos llenos de autenticidad, que constituye el mejor aspecto de este film, pero que, a pesar de ello, no es del todo redondo.

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