Brujería (II): 'La máscara del demonio' de Mario Bava

‘La máscara del demonio’ (‘La mascchera del demonio’, Mario Bava, 1960) supone uno de los debuts cinematográficos más excelsos de todos cuantos se hayan producido a lo largo de la historia del cine. Más aún cuando el propio director, proveniente de una familia de cineastas italianos, reconoció que no quería dedicarse a la dirección, debido a la enorme responsabilidad que ello conlleva. Bava, que declaraba sentirse completo siendo director de fotografía —uno de los mejores que ha habido— demostraría equivocarse completamente.

Además de su primera película tras las cámaras —habiendo jugueteado en tal oficio en film de Riccardo Freda o Jacques Tourneur— Bava influiría poderosamente sobre el fantastique posterior hasta unos límites que jamás habría imaginado ni en el más romántico de sus sueños. Directores como John Carpenter, Martin Scorsese, Tim Burton o Guillermo del Toro han expresado su amor cinéfilo por esta obra incólume al paso del tiempo, sin duda el mayor de los elogios que una obra cinematográfica puede recibir.

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Adaptando libremente a Gogol

Una serie de acontecimientos se juntaron para que el director italiano se estrenase en la dirección de largometrajes. Por un lado, la posibilidad de adaptar, muy libremente, el relato ‘El Viy’ de uno de los escritores preferidos de Bava —un experto en literatura como pocos hubo en el cine—, relato que leía a sus hijos de vez en cuando. Por otro, el clamoroso éxito que en Inglaterra, y resto del mundo, había tenido la portentosa ‘Drácula’ (‘Dracula’, Terence Fisher, 1958) que reabrió todo un camino de posibilidades al horror.

De hecho ‘La máscara del demonio’ propone una mezcla entre brujería y vampirismo, del todo inusitada. En el climático prólogo se deja clara la práctica de Asia —la impresionante Barbara Steele, uno de los descubrimientos de la película— al respecto, y antes de ser quemada en la hoguera, como buena bruja, será sometida a una de las torturas más bestias imaginadas para una película. La máscara del título, con pinchos en su interior, será clavada en el rostro de Asia en una secuencia muy atrevida por su exposición y la sencillez con la que fue filmada. Pura crueldad.

En dicho instante Bava realiza un juego con la cámara de lo más sugerente y ambicioso. La misma se acerca al interior de la máscara, sale por uno de los agujeros de los ojos, vemos a Steele esperando el sufrimiento, y el golpe de gracia. De esa forma, el director italiano ha logrado que el espectador se identifique con nada menos que el verdugo, avisando así sobre el juego de dobles personalidades, o dos lados de la misma moneda —el bien y el mal— que ‘La máscara del demonio’ propone en el resto del film.

Creación de una atmósfera terrorífica

La acción se traslada dos siglos en el futuro tras la quema de la bruja, que ha muerto maldiciendo el lugar y a sus descendientes. Una premisa sencilla, que sin duda toma elementos prestados, y muy reconocibles, de historias como la de Drácula, con ese carruaje que se detiene en la gran mansión en la que los dos protagonistas masculinos se encuentran con Katia, de nuevo Bárbara Steele, que en un doble papel es aprovechada por Bava para ejercer una misma fascinación desde dos perspectivas completamente diferentes.

Pero antes de dicho momento, Bava nos muestra, al mismo tiempo que lo descubren los personajes, la cripta de la mansión, en la que además del eficaz trabajo de dirección artística, se realiza un casi invisible travelling de 360 grados, que muestra en todo su esplendor el lugar en el que empezará y se decidirá la historia. Bava era un experto en pintura, la composición y encuadres así lo demuestra, y en el film se repiten ese estilo de secuencias, en las que el equilibrio ético/estético muestra un mundo propio perfectamente reconocible, e irrepetible.

En una especie de baile hechizante, Bava repite travellings descriptivos que van mucho más allá. Atención a la presentación de la familia de Asia, con ella tocando el piano, mientras la cámara avanza hacia la izquierda, para terminar enfocando al padre, con Asia al fondo derecho. Una forma de enlazar a dos personajes clave, que tras la muerte de uno de ellos, sucumbirá a tentaciones incestuosas, al igual que Katia y su también resucitado hermano Igor, detalle que en algunas copias se cambió en el doblaje americano.

Al respecto del personaje de Igor, muy inteligentemente interpretado por Arturo Dominici, sus primeras apariciones son toda una muestra de las capacidades de Bava para crear una atmósfera terrorífica con muy pocos elementos, basándose sobre todo en el uso de la iluminación. Así el instante en el que Igor se aparece al padre de Asia, sólo con un excelente encuadre e iluminación, es uno de los instantes más terroríficos del séptimo arte en general.

Tanto que se ejecución es un claro antecedente del film de fantasmas por excelencia, ‘Suspense’ (‘The Innocents’, Jack Clayton, 1961), cuyas “apariciones” recuerdan a la del film de Bava. Por cierto, que el genio italiano devolvería el saludo al británico en ‘Operazione paura’ (íd., 1966).

La bruja Steele

De todos modos si hay un instante imperecedero, que se queda grabado en la retina del espectador, y supone ya uno de los momentos/icono del cine, ese es, sin duda, la aparición de Asia, acompañada de dos imponentes sabuesos, a las puertas de la cripta familiar —en la posterior ‘La profecía’ (‘The Omen’, 1976), Richard Donner construyó la secuencia en el cementerio basándose en ésta—, secuencia en la que Bava juega de forma sublime a la ambivalencia.

Ese portentoso instante en el que Barbara Steele hechiza como pocas actrices han logrado, el espectador no sabe, ni necesita saberlo a ciencia cierta, si asistimos a la reencarnación de Asia, o es una descendiente. La dualidad de ambas personalidades es esgrimida por Steele gracias a un prodigio de interpretación, que marca ambas cualidades sólo con su mirada y gestos corporales. A pesar de que el resto del reparto resulta muy convincente, es Steele quien se luce en su primer papel protagonista, y leyendo el guión día a día.

‘La máscara del demonio’ no sólo no ha perdido ni un ápice desde su estreno —en Italia fue un exitazo, que se repitió en USA, donde enseguida adquirió la etiqueta de film de culto—, sino que a cada nuevo visionado se descubre como un film completamente nuevo, totalmente innovador en su concepción visual. A ello contribuyó sin duda el trabajo de uno de los mejores montadores que jamás han existido, Mario Serandrei, cuyo currículum corta la respiración.

La cámara de Bava, con su trabajo de fotografía, más el montaje de Serandrei logran uno de los ritmos mejor medidos en una película. Una especie de hechizo visual, que baila/sorprende con/al espectador, sin dejarle retirar la mirada ni un solo instante. Su poder se tradujo en toda una serie de películas intentando copiarla —algunas de ellas muy estimables—, y supone una de las cotas más altas del cine italiano en su mejor época.

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