Críticas a la carta | 'Cuenta conmigo', de Rob Reiner

Aún conmocionado por la noticia de que Disney prepara una nueva entrega de ‘Star Wars’, tomo el testigo en la sección “críticas a la carta” precisamente con una película que al igual que la saga de George Lucas asocio a mi infancia. ‘Cuenta conmigo’ (‘Stand By Me’, Rob Reiner, 1986) es uno de esos pequeños milagros con los que el cine nos alegra la vida, un emocionante viaje lleno de aventura, humor, reflexión y nostalgia.

Sé que vi ‘Cuenta conmigo’ por primera vez en un aula y que un profesor nos repitió la escena en la que dos de los chicos protagonistas mantienen una conversación que demuestra su madurez, mientras los otros discuten sobre quién ganaría en un hipotético combate entre Super Ratón y Superman. Es solo uno de los grandes momentos donde con unos pocos diálogos se consigue expresar lo que otros cineastas no alcanzan a plasmar en dos horas. También sé que desde entonces tengo verdadero pánico a las sanguijuelas, aunque nunca me he encontrado con una. Pero ésa es la magia del cine (para bien y para mal), uno puede zambullirse en la ficción y vivirla tan intensamente como si fueran experiencias auténticas, reales; por eso nunca recomendaré ‘La profecía’ (‘The Omen’, Richard Donner, 1976) a alguien que pronto vaya a ser padre.

Vuelta a ver la afortunada película de Reiner —en un primer momento la iba a dirigir Adrian Lyne, y estaríamos hablando de otra cosa totalmente diferente—, sorprende que solo fuese nominada a un Oscar: mejor guion adaptado. Bruce A. Evans y Raynold Gideon escribieron el libreto a partir de un relato de Stephen King titulado ‘The Body’ (“el cuerpo”). ‘Cuenta conmigo’ arranca en 1985, cuando Gordie Lachance (Richard Dreyfuss, aunque en un plano general vemos a otro tipo con más pelo) lee en el periódico que uno de uno de sus amigos de la infancia ha sido mortalmente apuñalado. Dos muchachos pasan a su lado en bicicleta y esto parece disparar sus recuerdos. Acompañado por la voz en off (usada con mucha inteligencia, para variar) del adulto Gordie, el espectador es transportado al pueblo de Castle Rock en el verano de 1959.

Gordie, Chris, Teddy y Vern (Wil Wheaton, River Phoenix, Corey Feldman y Jerry O´Connell) son cuatro chicos de 12 años que se lanzan a la aventura cuando uno de ellos oye casualmente dónde está el cadáver de un niño que desapareció días atrás. El plan de los chavales es encontrar el cuerpo y avisar a la policía, con la esperanza de que su foto saldrá en todas partes. Lo que comienza como un estimulante y divertido juego, con diversos obstáculos y peligros —el “peligrosísimo” perro, el tren, la laguna…—, va dando paso a un viaje interior que transforma a los muchachos, especialmente a Gordie y a Chris, al afrontar conflictos y situaciones que les obligan a crecer antes de tiempo. Lo que contrasta con la actitud de los gamberros encabezados por el salvaje Ace (Kiefer Sutherland), con quien Gordie tendrá un tenso duelo de auténtico western.

La cada vez más cercana presencia del cadáver ejerce una poderosa influencia en los críos, que de vez en cuando necesitan hablar sobre la vida y la muerte, sobre quiénes son y qué les depara el futuro. Es interesante cómo los niños se muestran desconectados de los adultos en general y de sus padres en concreto, siendo Gordie el que más sufre, vinculando el cadáver que buscan con la temprana muerte de su admirado hermano mayor (John Cusack). Chris no solo es su mejor amigo, también es una especie de figura paternal para él, aunque al igual que los otros tiene sus propios problemas y temores, llegando a derrumbarse tras una dolorosa confesión. En esa maravillosa escena me doy cuenta del sensacional trabajo de Reiner con los chicos y me entristece recordar que Phoenix también falleció demasiado pronto.

Afirma Wheaton —de nuevo un rostro popular gracias a la serie ‘The Big Bang Theory’ (2007-2012)— que la clave del éxito de ‘Cuenta conmigo’ radica en la elección del casting, a que Reiner encontró a cuatro chicos que no necesitaban forzar o fingir nada para encarnar a los personajes de esta historia. Debe ser cierto porque los cuatro jóvenes actores están formidables, sueltan los diálogos como si se les acabaran de ocurrir (”¿Qué es Goofy?“) y se comportan con tal naturalidad que parecen estar viviendo cada situación por primera vez, como si estuvieran improvisando y no hubiera allí una cámara y un equipo de profesionales pendientes de cada detalle. Reiner consigue que parezca fácil lo que para un genio como Alfred Hitchcock era uno de los mayores problemas a la hora de rodar.

Lo cierto es que todo el reparto cumple con sus roles; Dreyfuss no necesita palabras para transmitir melancolía, a Sutherland le basta un peinado y un pitillo para crear al carismático y despreciable Ace, y Marshall Bell y Cusack también sacan partido de breves apariciones. Otro acierto del director es apostar por una sencilla puesta en escena que da prioridad a los actores y los escenarios, sin lucimientos ni movimientos de cámara innecesarios. Y le sienta bien a la película durar menos de 90 minutos, nunca aburre lo que sucede en la pantalla —los guionistas se las ingenian para meter en apuros a los cuatro héroes— o lo que cuentan los protagonistas —cabe destacar el relato de “Culograsa” (“Lardass” en la versión original) al más puro estilo King— pero la trama es tan simple que podría haber sido un error añadir más minutos. La guinda del pastel es el ‘Stand By Me’ de Ben E. King, que empieza a sonar con los créditos finales y te hace pensar que así es como deberían terminar todas las películas.

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