'Desayuno con Diamantes', maravilla por la mañana

Si me dijeran que nombrara varias películas en las que tanto la dirección como el guión o los actores están absolutamente perfectos, una de ellas sería sin duda 'Desayuno con Diamantes'. Con el mítico Blake Edwards como director, un guión de George Axelrod basado libremente en la novela del genial novelista Truman Capote 'Desayuno en Tiffany's', y George Peppard y Audrey Hepburn como intérpretes principales, 'Desayuno con Diamantes' es por derecho propio una de las películas de mayor influencia y fama dentro de su género y época cinematográfica.

En una primera escena que aprovecha para mostrar los créditos iniciales, vemos a una bella joven, elegantemente vestida, desayunando un bollo frente al escaparate de una joyería llamada Tiffany's. Pronto esa joven emerge como la verdadera y prácticamente única protagonista de esta historia. Una vividora llamada Holly Golightly (Hepburn) que vive tranquilamente en un piso de alto nivel adquisitivo junto a un gato que no tiene nombre. Aprovechando su belleza natural, Holly mantiene relaciones con hombres ricos para subsistir económicamente y poder seguir comprándose joyas, vestidos y toda clase de lujos que rellenan la vaciedad de su existencia. Cuando un escritor semidesconocido llamado Paul Varjak (Peppard) se instala en el piso de abajo, ambos se hacen amigos al ser conscientes de sus analogías.

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Es evidente que 'Desayuno con Diamantes' puede considerarse una comedia romántica, y eso es curioso viniendo de una obra de Capote. Confieso que no he leído el libro en cuestión, pero sí he tenido la ocasión de disfrutar de otras de sus obras, como el guión de 'Suspense', la recopilación de cuentos 'Música para Camaleones', y parte de su obra maestra 'A Sangre Fría'. Por ello, me veo suficientemente formado para afirmar que 'Desayuno con Diamantes' podría verse como una fallida adaptación que se queda a medias en la atmósfera impuesta por Capote en su obra. Si bien la película no está exenta de cierta acidez y algunos mensajes insinuados que sólo los espectadores ávidos pueden intuir de soslayo, la realidad en las obras de Capote son menos comerciales, menos destinadas a lo inmediatamente digerible, como bien se ve en la convencional evolución que sufren los dos personajes protagonistas.

Holly y Paul son dos entes solitarios condenados a entenderse. Ambos son unos parásitos sociales que se sienten incomprendidos y que no dan un palo al agua mientras se plantean el sentido de su vida, o si de verdad la vida les ha condenado a no encontrar jamás la felicidad. La amistad que van consolidando a lo largo de la película sortea continuamente el aspecto sexual, si bien hay escenas concretas en las que adivinamos el deseo por parte de uno y otro. Hay un momento en el que, para no ser descubierta, Holly se cuela por la ventana de la habitación de Paul y se acuesta en su cama para hacer menos ardua la espera. Para justificarlo, dice: "¿Le importa si me acuesto con usted un ratito? No se preocupe. Somos amigos, eso es todo. Somos amigos, ¿verdad?" Evidentemente, para el año en el que fue realizada, la película juega con temas que habrían resultado escandalosas de haberse mostrado con más explicitud.

Paul es un escritor que es mantenido económicamente por una novia más mayor que él a la que no quiere, escribió una recopilación de 9 cuentos de cierto éxito y se regocija de acudir a una biblioteca pública y que su libro esté incluido en el fichero. Vamos, que aplicado hoy en día sería el típico que se busca en el Google para ver todo lo que se dice sobre él. Lleva varios años preparándose para escribir la novela de su vida, pero lo cierto es que su hábito es cuanto menos relajado. Holly, mientras tanto, es una consumista sin remedio, un alma en pena demasiado consciente de la fascinación que provoca en el sexo opuesto, y que vive como puede en un aura de hipocresía social, de una fingida alegría.

Por tanto, es de esperar que, pese a todo tipo de obstáculos y a las divergencias de metas personales entre ambos, Paul y Holly paulatinamente se ven reflejados uno en el otro. Es por eso que 'Desayuno con Diamantes' está disfrazada de comedia romántica. Aunque tiene ciertos toques de humor y algunos detalles ingeniosos que hace que consideremos a la película como adelantada a su tiempo, seguramente es exagerado llamarla comedia. No obstante, la filmografía de Edwards (liderada por la divertidísima 'El Guateque') pone en evidencia el tono cómico de esta película, enfatizado sobretodo por el personaje del vecino japonés, pensado sobretodo para que Mickey Rooney haga con toda libertad todo su registro de muecas histriónicas, a la vez que define un personaje cargado de clichés por su país de procedencia.

La actuación de Audrey Hepburn es impresionante. Parece que el personaje estaba hecho para ella. Si bien triunfó posteriormente con su aportación a la Eliza Dolittle de 'Pigmalión' en el musical 'My Fair Lady', su caracterización de Holly es un hito dentro de la historia del cine. George Peppard obviamente queda en un segundo plano, y no es que lo haga mal, sino que su personaje está menos dibujado y requiere menor profundidad. Paul es una especie de mentor, una voz de la conciencia, aunque se sienta igualmente confuso y acuse los mismos defectos y crisis existenciales. Son dos personajes que, en definitiva, difícilmente resultan simpáticos y que aún así mantienen la atención y complicidad absoluta del espectador. Ayuda que la película juegue permanentemente con una virtuosa reflexión controvertida sobre los estatus sociales y el derecho personal a ser feliz y tener independencia.

SPOILER El típico final feliz justo antes de marchar ella a un aeropuerto para casarse, por cierto, con un magnate brasileño encarnado por el español José de Villalonga, ha sido archiimitado y adolece de la más clara comercialidad. Esto sin duda es lo que más se separa del entorno argumental de Truman Capote, y sorprende por su espíritu pasional, que en ningún momento se ha revelado durante el resto de la película. FIN SPOILER.

Con todo, 'Desayuno con Diamantes' es una película indispensable de los 60, de obligado visionado, que divierte y se disfruta lo suficiente como para ser un film memorable en todos los aspectos. Además, ciertas escenas justifican todo el propósito del conjunto. Por ejemplo, Audrey Hepburn interpretando ella misma, en la ventana de su habitación, la ya inolvidable canción 'Moonriver' de Henry Mancini (que por cierto compone una excelente banda sonora para la película). La belleza casta de Hepburn, unido a la envolvente melodía y sencillez de la canción, provocando todo esto que Paul deje de escribir precisamente sobre Holly, es una escena fundamental dentro del cine mundial. Por lo menos, personalmente la considero un concepto tangible de perfección.

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