'El santuario', catastrófica aventura en 3D

Diablos, Frank, olvídalo. Ese agujero es tan estrecho como la vagina de una monja.

(George)

Teniendo en cuenta su lamentable tráiler, la razón principal de que me interesara por ‘El santuario’ (‘The Sanctum’, 2011) fue un documental en 3D que pude ver en la Berlinale, ‘The Cave of Forgotten Dreams’. Me sorprendió el efecto que logró Werner Herzog filmando el viaje por el interior de la cueva, por lo que pensé que un relato de ficción (por mucho que me interesen los documentales, me sigo quedando con la fantasía) ambientado en un escenario similar, podría sacarle mucho partido al popular formato estereoscópico. En especial cuando el mismísimo James Cameron, el mayor promotor del 3D, ejerce de productor y se ha mostrado tan entusiasmado con la película. Comprensible si tenemos en cuenta su conocida fascinación por el mundo submarino, lo que queda patente en ‘Abyss’ (1989), ‘Titanic’ (1997) y varios documentales que llevan su firma; de hecho, ya ha apuntado que ésa será la clave de ‘Avatar 2’, su próximo proyecto.

Puede que los profesionales y aficionados a la espeleología o el submarinismo encuentren en ‘El santuario’ una aventura tan estimulante como nos ha querido vender Cameron (confío en que reconocerá su error más adelante, cuando ya no importe), me gustaría leer esas opiniones, pero dudo mucho que el resto de espectadores se hayan podido sentir atrapados por esta historia supuestamente basada en hechos reales. Sin rodeos, es una película mediocre, como uno de esos telefilmes que programan a la hora de la siesta, con una torpe realización, sobreactuaciones y diálogos bochornosos. Me cuesta creer que se hayan gastado treinta millones de dólares en esta cosa, aunque ya imagino que será costoso y muy complicado filmar bajo el agua. Una lástima, creo que había material para hacer algo mucho más grande, más emocionante.

Escrita por John Garvin y Andrew Wight (que se inspiró en una experiencia personal), ‘El santuario’ se centra en los protagonistas de una expedición subacuática a través del complejo de cuevas más imponente e inaccesible del mundo, situada en el distrito Esa’ala de Papúa Nueva Guinea. El veterano Frank McGuire (Richard Roxburgh) es el principal responsable sobre el terreno, mientras que Carl Hurley (Ioan Gruffudd) se encarga de financiar la peligrosa hazaña. Como suele suceder en este tipo de relatos (y posiblemente también en la vida real) el equipo minimiza la gravedad de una tormenta tropical que se les echa encima, lo que desembocará en tragedia. La gruta empieza a inundarse con la intensa lluvia y el equipo queda atrapado, sin posibilidad de escalar por donde han llegado. Solo pueden seguir hacia delante, y hacia abajo, con la esperanza de encontrar una salida.

El primer gran problema de ‘El santuario’ es que la historia se dramatiza en exceso, lo que le resta credibilidad. Simplones, con reacciones tópicas y exageradas, los personajes no se cansan de subrayar los peligros a los que se enfrentan, el extraordinario sistema de cavernas en el que se han metido, las escasas posibilidades que tienen de sobrevivir, lo fantástico y exigente que es Frank en su trabajo… Por otro lado, a través del hijo de éste, Josh (Rhys Wakefield, realmente insufrible), y la novia de Carl (Alice Parkinson), también se insiste repetidamente en que el macho alfa de la expedición es un auténtico salvaje desprovisto de humanidad (no parece barajar demasiado otras alternativas que no sean la muerte rápida de los heridos). Poco a poco, conforme atraviesan túneles, bucean en agua helada, pierden compañeros y la desesperación los va dominando, comprenderán por qué Frank es el líder del grupo.

No destacarían tanto las flaquezas del guion ni las desdibujadas interpretaciones con una habilidosa puesta en escena, que transportara al espectador a esta lucha por la supervivencia contra la propia naturaleza, que supiera transmitir emoción y tensión. Desafortunadamente, Alister Grierson no es James Cameron, ni de lejos. Hay una escena donde queda muy patente su incompetencia con la cámara. La única chica protagonista no sabe bucear, y se empeña tontamente en no usar la ropa adecuada, porque la llevaba una reciente fallecida, así que se va a congelar durante el trayecto de una cámara a otra; mientras los demás ya la esperan al otro lado, la mujer se va poniendo nerviosa y se atasca en el tramo más estrecho. En lugar de mantener al espectador pendiente de tan angustiosa situación, Grierson arruina la secuencia triturándola en pedazos, mostrando alternativamente planos del personaje activo y de los pasivos, que esperan con los brazos cruzados. Ni siquiera vemos cómo sale del apuro, solo que aparece, y el grupo puede continuar.

Tampoco está muy fino el compositor David Hirschfelder con una música chiclosa, que huele a burdo reciclaje, y que intenta de manera infructuosa dotar a la imagen de tonos épicos y dramáticos. En definitiva, hay muy poco que salvar en esta lamentable ‘El santuario’, aparte de algunos momentos de Roxburgh, el único que intenta hacer algo con su personaje, y la impecable labor fotográfica de Jules O´Loughlin, quien saca todo el partido que puede al efecto tridimensional; algo que luciría más si Grierson hubiera entendido que debía dejar más espacio a los actores y no cortar tanto las secuencias. Para olvidar.

Portada de Espinof