'En tierra hostil', la adicción al peligro


Se puede afirmar que Kathryn Bigelow es una directora obsesionada por retratar la acción y la adrenalina. Especializada en encontrar en la acción todos los matices necesarios para reflejarlos con la máxima emoción en una historia cinematográfica. Y, a pesar de una trayectoria elogiable, con algún tropezón (perdonable), parece que con su último (y retardado) trabajo, ‘En tierra hostil’, ha logrado aproximarse con enorme acierto a transmitir pura adrenalina.

Y lo hace con una historia simple, incluso breve, pero suficiente para hacer estallar momentos de gran y emocionante cine. Especialmente gracias a que se detiene en los detalles, rueda con nervio pero con aplastante precisión para transmitir una tensión inusual, y a un nivel como pocas veces estamos acostumbrados a ver en una sala de cine.

Quizás el acierto ha sido no sumergirse demasiado en un argumento complicado, sino en un relato quizás demasiado llano, pero idóneo para llevar a cabo su verdadera intención: retratar la adicción al peligro con verosimilitud pero sin renunciar a la espectacularidad.

Bigelow acude en ‘En tierra hostil’ a un material que fácilmente provoca tensión: el momento de desactivar una bomba. Es cierto que ver a un personaje, luchando con tensión y valentía, por elegir el cable correcto para desactivar un detonador, provoca con facilidad una emoción de lo más intensa. Pero Bigelow ha conseguido extraer la máxima esencia a este sencillo recurso.

De hecho, la película funciona como una auténtica bomba, gracias a las escenas donde un artefacto explosivo es el verdadero protagonista. Suficientemente bien ambientada, con una excelente puesta en escena y contada para que no podamos evitar despegar los ojos de la pantalla hasta saber si finalmente estallará antes de que sea demasiado tarde.

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La adicción: el tema principal

No es esta película, sin embargo, un retrato certero de la guerra y más concretamente de una que tenemos muy próxima, especialmente en la memoria (‘Redacted’). Bigelow no entra en disquisiciones políticas ni éticas, no quiere entrar en el debate habitual. Simplemente ambienta en un terreno hostil situaciones extremadamente tensas, hasta el punto de que generan una adicción al peligro, que es su verdadero tema. Así, la historia se traslada al Bagdad para que conozcamos a la Compañía Bravo, destinada a la desactivación de explosivos. La pérdida drástica del líder del comando plantea una situación, nada agradable y los días para el relevo de personal cada vez parece más lejanos.

Hasta que el encargado de erigirse en el nuevo líder da un vuelco en las vidas de sus integrantes. Un hombre impredecible, insurrecto, suicida y demasiado temerario que pone en peligro a sus compañeros en cada acción. Si ya de por si la situación genera un estrés y una tensión elevada, la presencia del desactivador que actúa bajo su propio instinto, motivado por un entusiasta empuje y casi placer en su cometido (guarda recuerdos de cada bomba desactivada bajo su cama), sirven a Bigelow para que el espectador sienta con más fuerza una desconcertante y emocionante narración.

Este personaje, magníficamente retratado e interpretado por Jeremy Renner, es el epicentro de la historia. Es el ejemplo máximo de hasta dónde la guerra puede aniquilar cualquier vestigio de tu vida, dejándote con la adrenalina como único sentido.

El hecho de pasearse con semejante atrevimiento en la delgada línea de la vida y la muerte, contado con el detalle y el realismo adecuados, provoca que sea el protagonista el verdadero artífice de la tensión alcanzada (y transmitida) en el film.

Pero, a pesar de un epílogo sublime y demoledor, no se puede uno dejar arrastrar por la emoción hasta el punto de no ver que ‘En tierra hostil’ es una gran película, pero también adolece de puntos débiles magníficamente camuflados, como es el ritmo que gira necesariamente por las escenas de tensión, las misiones para desactivar cada artefacto, y decae en exceso en la transición entre cada una. Además de que la historia, a pesar del exarcebado estilo documental que le impone Bigelow, hubiese mejorado notablemente si dispusiese de más subtramas, de algún personaje más que apoyase el argumento principal, y también de haberle dotado de más significado (a veces juega con cierta ambigüedad para hacer situarnos a favor o en contra). Y no son éstos un reproche, sino únicamente esos pequeños detalles que le faltan para convertirse en una película magistral. Muy cerca se ha quedado Bigelow.

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