Especial Frankenstein (VII): 'Frankenstein y el monstruo del infierno' de Terence Fisher

‘Frankenstein y el monstruo del infierno’ (‘Frankenstein and the Monster From Hell’, Terence Fisher, 1973) supone la última incursión por parte de la Hammer en el universo del barón Victor Frankenstein. También supone la última película dirigida por el gran cineasta británico Terence Fisher, maestro del horror, que ya estaba retirado en su casa, tras el doloroso rodaje de ‘El cerebro de Frankenstein’ (‘Frankenstein Must Be Destroyed’, 1969), tentando por muchos proyectos, algunos de ellos muy interesantes.

La Hammer estaba adaptándose a los nuevos tiempos, en los que el público, cada vez más joven, demandaba sexo y sangre en cantidades suficientes para satisfacer sus deseos. De ahí que en la casa del terror se hiciesen operaciones como ‘El horror de Frankenstein’ (‘The Horror of Frankenstein’, Jimmy Sangster, 1970) que con todo, fracasó en taquilla estrepitosamente. Por ello decidieron volver sobre el camino iniciado con la portentosa ‘La maldición de Frankenstein’ (‘The Curse of Frankenstein, 1957) que tantos buenos frutos había dado.

Así, uno de los nuevos productores de la Hammer, joven y hambriento de superar a la gente que sucedía —tal y como hacen hoy día muchos en determinados ámbitos, olvidándose de lo primordial—, convenció a Fisher de volver a la dirección. Otros films sobre el hombre lobo y Drácula tentaron al director, pero fue el guion de Anthony Hinds —firmado, cómo no, con el habitual seudónimo John Elder— lo que hizo sentarse en la silla de director a Fisher.

Vuelve el mejor Frankenstein, Peter Cushing

El guión fue supervisado por el propio Fisher —una práctica muy común la de que el propio director revise el guion y muchas veces no quede constancia en los créditos de ello— y por Peter Cushing. El distinguido actor encarnaría por última vez al temible barón en un film que funciona a modo de metáfora sobre el estado del cine de terror, y más concretamente la Hammer, en aquellos años, y también como retrato crepuscular sobre las ya conocidas andanzas de Frankenstein y su deseo de hacer realidad la inmortalidad.

Así pues, este séptimo film de la serie no da comienzo centrándose en el barón, sino en un doctor que realiza el mismo tipo de experimentos. Shane Briant da vida a Simon, que es enviado a un manicomio debido a la peligrosidad de sus experimentos. Allí conocerá a un doctor que no es otro que el barón Frankenstein escondido bajo una nueva identidad, y que controla el manicomio a su antojo pues sabe secretos del director —violó a su hija, a la que tiene internada en el mismo centro—, quien deja al barón hacer lo que le venga en gana.

Así pues, el hecho de que Frankenstein siempre se ha aprovechado de la gente que le rodea sigue siendo una de las principales características de su personalidad. Por otro lado, el film guarda conexiones con los anteriores films de la saga. Las manos deformes del barón, ocultas en guantes —y que provoca momentos tan sugerentes como el hecho de utilizar sus propios dientes para una operación—, hacen pensar en el incendio final del anterior film con Cushing. Y David Prowse, futuro Darth Vader, vuelve a ser la criatura. El aspecto del monstruo es uno de los puntos más flojos del film, aunque con el mismo se proponen situaciones harto interesantes.

Tiempo pasado, tiempo futuro

El film juega en bastantes ocasiones en mezclar lo viejo y lo nuevo. Al igual que los cineastas que iban cediendo sus puesto a otros, debido al cambio que sufría el séptimo arte —y que si nos ponemos serios, en toda su historia, el arte no deja de cambiar continuamente—, aquí el barón, debido a las heridas de sus manos, debe ir dirigiendo la práctica física del experimento dando indicaciones a su nuevo ayudante. La experiencia indicando a la juventud el camino.

Esta vez, el cerebro de un violinista es trasplantado al nuevo cuerpo, provocando así temas tan trascendentes como el poder verse a uno mismo tras la muerte, tal y como hace la criatura cuando ve a su antiguo yo. Fisher habla así sobre romper las barreras del tiempo que a todos preocupa, y que pasa por todos. Un tiempo que, como en el propio cine, va descubriendo nuevas formas. Nuevos experimentos en el caso del barón, nuevas formas en el cine en sí mismo, en la Hammer, que pronto empezaría a sucumbir precisamente por esos nuevos tiempos.

Destacan poderosamente dos elementos en el film. Por un lado, que la acción tenga lugar en un manicomio, por el que pululan todo tipo de seres que, en cierto modo, están más allá de la locura —atención a los insertos de planos de los internos en sus “celdas” mientras se suceden otros hechos—. Por otro, el cruel destino de la criatura, uno de los más horribles que se han filmado sobre la creación de Mary Shelley, descuartizado por los internos. Hay un poco de metafórico en ello. La locura de crear vida, destrozada a manos de la propia locura en sí.

El público no respondió bien en la taquilla y Terence Fisher se retiró por completo del cine.

Un año después, el mito de Frankenstein sería tratado con enorme cariño, y buen sentido del humor, en una divertidísima locura de Mel Brooks.

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