'Jackie', la elegancia en el duelo

Quienes vayan a ver ‘Jackie’ (2016) pensando que van a encontrarse un retrato glamuroso del personaje detrás de un gran presidente, en el que deleitarse con ambientación, vestuario y aspectos románticos de la vida de la primera dama, van a encontrarse con una visión bastante posmoderna de Jacqueline Kennedy, en la que la que su elegancia e imagen se ven desde dentro, utilizando el demoledor arco temporal de los días después del asesinato de su marido.

En consecuencia, el personaje se representa como un puñado de nervios, desorientada, demolida, consternada. El guion organiza la arquitectura del relato en torno a varias entrevistas grabadas, incluida la del famoso tour por la Casa Blanca de Jackie en la CBS. El director lo ornamenta con un material hermosamente rodado, que mezcla de forma ingeniosa imágenes de archivo de la época a través de un montaje fragmentado que evita la cronología, lo cual no ofrece ninguna ventaja narrativa aparente.

'Jackie': Tour de Force de Natalie Portman

Las imágenes se superponen con los melancólicos y áridos compases de la partitura de Mica Levi, que a en ocasiones recuerdan a lamentos y consiguen crear una atmósfera extraña, muy poco usual en un biopic. Los principales miembros del reparto, Sarsgaard y Gerwig, destacan bastante pero los categóricos Crudup y el recientemente desaparecido John Hurt ensombrecen tanto con su presencia que los demás se vuelven casi anónimos.

Aunque, claro está, toda la película da vueltas alrededor de la intensa interpretación de Natalie Portman. Como tú, lector, no conocí a la primera dama personalmente, por lo que queda en suspense si la interpretación grave y constreñida de aquella mujer en la intimidad tiene algo que ver con la visión que ofrece la actriz. A medio camino entre una esposa de Stepford y un anuncio de medicamentos contra la depresión, su Jackie es un personaje en sí mismo, conseguido y redondo, pero a veces, deja escapar algunas notas de impostura en la voz.

Quizá es por el tono general. En ocasiones parece más una obra de teatro que una película, a pesar de que tiene interesantes secuencias de exteriores como ese viaje tras el asesinato, o el hipnótico camino entre las tumbas, todo está muy comprimido en el microcosmos de la Primera dama, tanto que a veces Larraín no parece tan interesado en mostrarla como una mujer de carne y hueso, sino como un holograma de una persona. Una visión de Jackie alejada de lo que muchos de sus estudiosos podrían desear.

¿Y lo demás?

La película incide y se empeña en recalcar el esfuerzo de una mujer por hacer que el recuerdo de su marido sea enorme y que proyecte la idea de caballero impecable que aún hoy se mastica. Pero en realidad no nos ofrece realmente pistas sobre su amplísima cultura o conocimientos de política. Sin embargo, Larraín se enfrasca en el concepto de "Camelot", haciendo que Jackie escuche obsesivamente la grabación de Richard Burton de la canción que da título al musical de ese nombre. Una interpretación biográfica exagerada y algo redundante.

Entre notas sobre el papel del personaje en la historia, a uno se le puede ocurrir preguntarse dónde están la tensión o el drama real de la obra. No hay una transformación de personajes aparente, y hacia la mitad del metraje parece que tan sólo asistimos a un extraño espectáculo de personificación y una macabra promesa insinuada de ver el asesinato a través de los ojos de la viuda. Un secreto que Jackie se llevó a su tumba, aquí mostrado como clímax pretendidamente exorcizante, que huele a resorte morboso que no han podido resistir mostrar.

Es difícil no ser ambivalente acerca de ‘Jackie’. Un retrato complejo de una personalidad atrapada entre la pérdida personal y el ojo público que, al mismo tiempo, es muy especulativa. Hay hallazgos, como su tono mortuorio, su ritmo susurrante, moderado por la ominosa atmósfera que marca una temperatura emocional inédita, pero su desarrollo, en ocasiones, hace perder el interés y al acabar da la sensación de que ha asistido a un experimento interesante, pero carente de un foco suficientemente poderoso para darle sentido.

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