'La horca', ahogando el found footage

Dentro de unos días nos llega la nueva película del gran M. Night Shyamalan, ‘La visita’ (‘The Visit’, 2015) en la que uno de los directores más odiados y admirados al mismo tiempo se suma a la moda del found footage, técnica narrativa para vagos puesta de moda por Eduardo Sánchez y Daniel Myrick en aquella tomadura de pelo titulada ‘El proyecto de la bruja de Blair’ (‘The Blair Witch Project’, 1999). Con la mucho más interesante ‘Paranomal Activity’ (id, Oren Peli, 2007) la técnica en sí se disparó hasta límites insospechados.

A falta de ver lo que Shyamalan ha hecho en su película, lo propuesto por Travis Cluff y Chris Lofing en ‘La horca’ (‘The Gallows’, 2015), la última vuelta de tuerca del found footage, esto es, metraje encontrado, cinema verité, realismo y demás chorradas de postureo. Que el sistema en sí está prácticamente acabado en su propia definición o etiqueta no quita que a veces directores con imaginación hayan sacado el máximo provecho a una técnica que posee más limitaciones que ventajas. No es el caso.

Por supuesto el género de terror es el más propicio para explayarse moviendo la cámara a diestro y siniestro, evitando la labor de montaje, encuadrando como venga en gana con la excusa de que uno de los personajes, o varios, llevarán cámaras con las que graban absolutamente todo, el metalenguaje llevado al extremo de la idiotez. Como la cosa siempre tenderá hacia algo sobrenatural, el susto servido con tembleque está al servicio del espectador asustadizo. Algunos han llegado incluso a creerse que lo que ven es cierto. Milagros del cine…

En ‘La horca’ tenemos prácticamente todos los clichés del cine de terror moderno, digamos desde las incursiones en el género de Tobe Hooper y John Carpenter. Repasemos: pandilla de jóvenes, unos más salidos que otros, unos más bromistas que otros, unas más guapas que otras, todos imbéciles; leyenda urbana por así llamarla, léase desgracia sucedida en el pasado, por ejemplo en un instituto y que por supuesto terminó con la terrible muerte de un joven; y cómo no, el sexo, pero aquí como excusa argumental para llegar a la situación en la que uno a uno irán desfilando ante nuestros ojos. O fuera de campo, que en el found footage queda más cool.

Mira qué planazo. Fíjate bien, de la osucridad sale algo. O no.

De la obra a la realidad

‘La horca’ navega alrededor de una obra de teatro en la que uno de sus actores es rematadamente malo y no se les ocurre otra cosa, a él y su mejor amigo, ese que siempre da consejos equivocados, de destrozar por la noche todo el decorado para que al día siguiente nuestro Romeo pueda consolar a la actriz principal de la que por supuesto está enamorado –eufemismo de “se la quiere follar”−. Cualquier espectador con un mínimo de experiencia, esto es, haber visto un telediario, dos series y tres películas, sabe que pasar una noche allí ES-UN-E-RROR. Pero si no, no habría película.

Y para que quede constancia, no sólo de que están allí, sino de sus terribles muertes, a cada cual más original, se llevan una cámara para grabarlo todo. Si la batería se acaba, que se acabará, tienen sus móviles, de tal forma que Lofing pueda decir que la película posee montaje, violando así la principal característica del found footage. Eso sin contar el brutal cambio de punto de vista que hay en el tramo final, antes del epílogo, cuando todo el pastel se descubre. Un pastel por cierto, caducado y sin sentido alguno, casi un deus ex machina.

Como contrapunto a las apariciones fantasmales, que se mueven entre el susto fácil y lo risible debido a la pinta del susodicho fantasma, existe en ‘La horca’ una imagen con personalidad propia, con impacto, insertada cuando el film ha sobrepasado la paciencia del respetable. Una madre peinando a su hija, una imagen nada original, pero retratada con pulso y en el momento adecuado, provocando una inquietante sugestión, hurgando en nuestros miedos familiares o cotidianos. Una imagen en ochenta minutos.

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