'La noche del cazador', un retorcido cuento de hadas con uno de los mejores villanos de la historia del cine

Son muchos los actores que han acabado sentándose en la silla reservada para el director a lo largo de los más de cien años de historia del séptimo arte. Como era de esperar, hay películas de todas las calidades y para todos los gustos entre ellas, pero son muy pocas las ocasiones en las que hay que lamentar que un actor solamente llegase a rodar una película y una de ellas es el caso de Charles Laughton y 'La noche del cazador' ('The Night of the Hunter').

Laughton era un actor muy respetado cuando decidió llevar a la gran pantalla la novela homónima de Davis Grubb publicada en 1953. Optó por hacer una película a su gusto, sin pensar en si el público y la crítica de la época estaban preparados para valorar sus virtudes. No fue el caso y eso impidió que volviese a dirigir cinta alguna, una lástima, ya que 'La noche del cazador' es una película excelente y, sobre todo, muy singular.

Una película única

Siendo justos, podríamos decir que 'La noche del cazador' está forjada en su práctica totalidad como si fuera una pesadilla infantil, tanto por los temas que aborda como por la peculiar y esmerada puesta en escena desplegada por Laughton. Sin embargo, considero que hay dos mitades claramente diferenciadas, la primera de un corte más realista y la segunda cuando la película abraza abiertamente el poder ser vista como un cuento de hadas. Una de las claves para hacer esta distinción es la forma de presentar a Harry Powell, uno de los asesinos más carismáticos de la historia del séptimo arte.

La brillante utilización de la iluminación es algo que debemos acreditar tanto a Stanley Cortez como a Laughton, ya que el primero llegó a declarar que sólo había trabajado con dos directores que había entendido la importancia de la luz en sus obras, Orson Welles y el propio Laughton. Esto es algo en lo que se incidirá en múltiples ocasiones, dotando así a 'La noche del cazador' de una belleza visual sin paragón y también de una singular atmósfera con múltiples elementos -los cambios en la configuración de ciertas estancias de la casa de la familia acechada por Powell- que traen a la memoria el expresionismo alemán.

Este punto se consigue ya en el prólogo, pues Powell es capturado mientras está presenciando un espectáculo de cabaret en el que la oscuridad difumina la identidad de todos los que están a su espalda, algo que acaba dejándose de lado para incidir en su odio hacia las mujeres liberadas al hacer un agujero en su propia chaqueta, mostrando así su frustración y lo que nos espera de ahí en adelante. Las expresiones faciales de un magnífico Robert Mitchum también refuerzan su amenazante naturaleza, pero eso es algo que ocultará hasta prácticamente el inicio de esa segunda mitad a la que aludía antes.

El carisma depredador de Harry Powell

No se ha comentado demasiado al hablar de 'La noche del cazador' que hay una clara distinción en la forma en la que Powell es percibido por parte del resto de personajes, ya que son varias las escenas en las que queda claro que no hay mujer alguna que no caiga rendida ante sus encantos de una forma u otra. La cosa cambia cuando es un hombre, ya sea el juez, su compañero de celda, el marido de una de las vecinas o el niño protagonista. Un detalle quizá insignificante para muchos, pero decisivo para ver en él a un depredador de mujeres a las que él mismo pervierte y luego despacha a su antojo.

Esta idea de Powell como un depredador más que una persona es la base que divide 'La noche del cazador' en dos en mi cabeza, ya que durante la primera hora se centra en mostrar su lado más seductor, ese buen samaritano que viene a representar el marido perfecto a los ojos de muchas personas. Vamos, una especie de equivalente al amor de uno de sus nudillos, pero el espectador sabe que el odio va a triunfar, siendo entonces cuando casi parece convertirse en un animal salvaje que pierde toda su humanidad.

Los exagerados gritos -casi parecen los de una bestia más que salidos de una garganta humana-, su actitud alejada de lo que uno podría esperar de otra persona -queda por ejemplo la posibilidad en cierta escena de que no sepa nadar, pero son demasiados los detalles apuntando en esta otra dirección-, el acecho a sus víctimas sin descanso -el niño llega a preguntarse si es que no duerme nunca-, todo va en esa dirección.

Además, el uso de un tema musical como leitmotiv de un inminente ataque trae a la memoria de forma inexorable la utilización de ese mismo recurso por parte de Fritz Lang en la esencial 'M, el vampiro de Düsseldorf' ('M', 1931) para reflejar el cambio psicológico del asesino cuando eso sucedía.

La oscuridad frente a la luz

Sin embargo, sería muy injusto reducir una película tan magnífica como la que nos ocupa a cómo Powell funciona como motor narrativo, pues hay otro igual o incluso más importante: La inocencia infantil y la necesidad de una figura adulta a modo de protección en un mundo corrompido en el que parece que la oscuridad está destinada a triunfar siempre sobre la luz.

Es ahí donde el conflicto entre esos dos ejes es el responsable de los principales logros de Laughton, quien realiza sus mayores esfuerzos de puesta en escena en los momentos en los que algo importante en ese aspecto sucede, ya sea un asesinato, aunque todos ellos suceden fuera de plano, o las situaciones en las que Powell simplemente ha puesto las cartas encima de la mesa -magnífica la escena durante el tramo final en el que se vincula a dos personajes mediante una canción y una exagerada pero brillante utilización de las luces y sombras-.

Por suerte para todos, la elección de los actores infantiles fue un gran acierto en 'La noche del cazador', pues estoy acostumbrado a chavales mediocres o que solamente funcionan a ráfagas, pero Laughton dio en la diana al confiar en Billy Chapin, que ya había participado en varios largometrajes y series de televisión, y Sally Jane Bruce, una debutante que había ganado un concurso de canto, algo que se aprovecharía en la ya mítica secuencia del río, momento en el que 'La noche del cazador' alcanza su punto álgido como cuento de hadas -o fábula si así lo preferís-.

Como resultado de ello -y del cuidado trabajo de Laughton-, todas las escenas que comparten con Mitchum son excelentes, pero también cuando han de sostener el relato por separado sin que haya el más mínimo bajón de interés. Por su parte, Lilian Gish y Shelley Winters cumplen a la perfección en dos roles contrapuestos -la primera da vida a una mujer débil, maleable y se somete a Powell en todo momento, mientras que la segunda es fuerte, decidida e inmune a los encantos del sádico predicador- cuando ambas representan al mismo esa protección que necesitan John y Pearl.

En definitiva, 'La noche del cazador' es una joya atípica que aún hoy mantiene todo su atractivo, siendo una pena que esa vertiente del cine de psicópatas apenas haya tenido continuidad, sobre todo por el mal recibimiento que tuvo en su momento. Se da la curiosidad de que pasó algo similar con la siguiente parada de este repaso a los títulos más interesantes del cine de psicópatas, pero de eso ya os hablaré dentro de unos días.

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