'La vida y nada más', cuando el cine de la periferia estadounidense es (sorprendentemente) español

Cualquier momento es bueno para buscarse a uno mismo. De hecho, esta búsqueda difícilmente acaba, puesto que más que un puzle a resolver, es un proceso que dura toda la vida. La asunción de la propia pérdida es la que permite al ser humano avanzar, incluso en las situaciones más duras y complicadas.

Todos estamos perdidos, o lo hemos estado, o lo estaremos. Y ser conscientes de ello es lo que nos procura el valor necesario para volver a buscar un camino que seguir. Este proceso, el de reconducción, es el que interesa a Antonio Méndez Esparza en ‘La vida y nada más’, su segundo largometraje tras su debut con 'Aquí y allá', premio de la Semana de la Crítica de Cannes en 2012.

Resulta extraño ver un retrato tan fiel de una familia estadounidense realizada por un director español, pero gracias a la mano de Méndez Esparza, la película se configura con un argumento sólido que confirma al realizador como uno de los directores independientes más llamativos del panorama nacional.

En la historia que se nos plantea, vemos cómo Andrew -Andrew Bleechington-, un joven afroamericano de catorce años, debe afrontar los problemas de una vida complicada: un padre en la cárcel, una madre cargada de trabajo y una hermana de tres años en un entorno de grandes dificultades.

A través de sus vivencias y de las de su madre, Regina -Regina Williams-, asistiremos a una historia que se plantea como su hundimiento irrevocable. A pesar de su manido tópico, el de no ser blanco en Estados Unidos, ‘La vida y nada más’ funciona como retrato lejano, casi documental, de la compleja cotidianidad de esta familia.

La historia de Andrew es la de un joven enfrentado al mundo, el de un adolescente más, pero con los peligrosos alicientes de su contexto y todo lo que puede derivar de éste. Su sentimiento de no pertenencia se acentúa con la ausencia de la figura paterna, que el joven no es capaz de afrontar.

Por el contrario, Regina es una mujer que intenta buscar una forma de lidiar con las problemáticas de un entorno agresivo. A pesar de estar dedicada al trabajo y a sus hijos de forma constante, se encuentra de repente en una relación con Robert, un hombre que parece bueno, pero también tiene sus fantasmas.

La cuestión de mayor interés en la película radica en su irregular continuidad. Porque el estilo de la película es fragmentario, hijo de su tiempo. Su narrativa es desigual y discontinua, y está plagada de elpisis. Sin embargo, la historia es lineal y fácil de seguir. El ritmo de la narración parece caótico, pero es metódico.

Ante la representación de escenas diarias que parecen escogidas al azar, se crea una sensación de azar. El reflejo de lo cotidiano se consigue mediante un inteligente manejo de las herramientas narrativas, construyendo un artificio aparentemente aleatorio pero que está medido para crear la sensación de verosimilitud. Probablemente esa sea la mayor de las virtudes de la cinta.

Esta sensación se acentúa ante la exclusión de sonidos extradiegéticos, que se suman a los elementos que intentan acercarse de la forma más plana posible al objeto representado: la realidad. Y gracias a las grandes actuaciones del reparto, destacando sobre todo la de Regina Williams, el engaño se completa y se vuelve cierto.

Frente a su interés en la narración, la historia de ‘La vida y nada más’ quizá peca por su simpleza. Mantener el hilo de una película sin hilo es bastante complicado, lo que provoca en el espectador cierta sensación de desconexión en algunas partes, aunque se reintegra con facilidad durante casi todo el metraje.

También hay espacio para el sentimiento catártico en la película, que se alcanza en los momentos finales. A pesar de que se configura como el drama de una familia disfuncional, la historia recoge sus cauces trágicos para revertirlos y dar sentido. El mensaje final, cristalino: la superación de las adversidades es posible en la unión.

‘La vida y nada más’ es un vaso que está a punto de rebosar debajo de un grifo, pero que nunca termina de derramarse. Es la confirmación de que la composición cinematográfica más rítmica es la que parece carecer de ritmo, y también la demostración de que hacer cine sobre lo que parece ajeno es posible.

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