'Magia a la luz de la luna', una vieja ilusión

Un escéptico mago, pesimista e incrédulo, es contactado por un viejo amigo. Al parecer, una atractiva joven (Emma Stone) podría tener verdaderos poderes sobrenaturales y estar estafando a una adinerada família, toda relativa al amigo. El mago acepta la tarea de demostrar que todos sus poderes son falsos.

Hay algo obvio y cansado en el viejo Woody Allen.: su cine ya no tiene aquella belleza compositiva, que tanto sorprendía en su aparente sencillez. Quedan lejos los días de 'Manhattan' (id, 1979) y quienes creíamos que 'Hannah y sus hermanas' (Hannah and her sisters, 1986) era una muestra de su talento estrictamente cinematográfico podemos vernos desmentidos por este estilo cansado.

Ni siquiera sus viejos movimientos laterales de cámara para presentar al personaje parecen bien ajustado y no es porque la labor de Darius Khondji en la iluminación sea exactamente perezosa. Es un trabajo estupendo, con toda la dulzura de suponer al paisaje.

Pero no importa, me parece, y acusar de cansancio a un viejo maestro no puede ser lo mismo que acusarlo de estupidez. La última película de Allen es tremendamente sabia, una comedia ligera, tal vez el género más hondamente difícil de abordar por cualquier un cineasta.

El mago está encarnado con aplomo y gracia por Colin Firth. Acostumbrados a variables del estereotipo alleniano - que a lo largo de los años han interpretado, entre otros, John Cusack, Will Ferrell o Owen Wilson - es refrescante que Firth desdibuje al mago.

Es un misántropo, reconociblemente alleniano, pero no es un personaje á la Alvy Singer. Y esa es una suerte, porque el talento portentoso de Firth nos ayuda a imaginar a un misántropo sin más, con una personalidad más arquetípica y simple.

Emma Stone interpreta a la poderosa jovencita, reconocible es su modo y manera hepburniano y su papel de trepa social no queda hundido por ninguna misoginia. Ahí la belleza de 'Magia a la luz de la luna' (Magic in the Moonlight, 2014) desde su mismo título: es una historia vacacional, tan amable como muchas vacaciones y tan significativa como algunas pocas.

Es una historia de amor, pero del amor que siente un hombre cansado por sus viejas ilusiones. La resolución del enigma es poco menos que una anécdota bufa, una broma filosófica.

Pero Allen, en última instancia y en muchas de sus otras películas, ha sido un firme detractor del esnobismo. Quedan tiempo, como aquellas canciones de Gershwin, Arlen y Porter que sus personajes parecían amar pero también sufrir.

Es decir, hay tiempo para el desengaño, sobre todo en la edad tardía donde parece crecer más libre. Pero por mucho que el tiempo añada certidumbre al escepticismo, el mago de esta película, y al final el espectador (el primer escéptico ante el talento de Allen), sabe que esa vieja magia negra permanece intacta.

Y bastarán dos suaves golpecitos para que otra vez sea posible.

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