Oscars 2009: 'Mi nombre es Harvey Milk'

‘Milk’, que en nuestro país el ser que se dedica a poner títulos a las películas ha bautizado como ‘Mi nombre es Harvey Milk’, haciendo alusión a la forma de empezar el nombrado sus discursos (sueño con el día en el que las películas conserven su título original siempre), es la última película de Gus Van Sant, director tan temible como admirable. En los últimos años le dio por marear al personal con atentados al séptimo arte como ‘Gerry’ o ‘Last Days’. Aún pendiente de estreno su ‘Paranoid Park’, que promete ir por la misma senda, algunos le teníamos mucho miedo a este biopic sobre Harvey Milk.

Sin embargo, el propio Sant, consciente de que una historia de alguien que se atrevió a romper prejuicios en contra de los homosexuales, tenía que llegar a cuánta más gente mejor, no ha dudado un instante en realizar una película más accesible al público general. Tanto es así que hablamos de un film de una major, de producción estimable, y claras expectativas a ser premiada. Van Sant regresa al mainstream, y los resultados son importantes, aunque no perfectos.

‘Mi nombre es Harvey Milk’ narra los últimos años de la vida de Harvey Milk, desde su encuentro con una de sus parejas en el metro de Nueva York, hasta 1978, año en el que le asesinaron. En ese tiempo se ganó la confianza y el respeto de un montón de gente, por su valor, su entrega y su incansable dedicación a que los gays fueran vistos como personas con los mismos derechos que todo el mundo, intentado derribar las absurdas barreras mentales del resto de los mortales (algo que a día de hoy, creo que aún no se ha logrado, tristemente). También se ganó el odio de unos cuantos. Harvey Milk fue el primer político abiertamente gay de los Estados Unidos, propagando un mensaje de esperanza y libertad, que empezó en una pequeña tienda de fotografía en el barrio Castro en San Francisco.

Gus Van Sant acierta de lleno en el dibujo de su personaje, el verdadero alma mater de la película. Harvey Milk no es elevado a los altares, como hubiera sido de esperar. Un hombre normal y corriente, que hizo cosas que cambiaron la forma de pensar de mucha gente, y el eco de sus palabras aún retumba en nuestros días. Lo cierto es que esa no glorificación del personaje, huyendo de las típicas producciones norteamericanas, le sienta muy bien al film, aunque hay que decir que tampoco hace lo contrario, a pesar de algunos tratos políticos no demasiado honestos (Milk subió al poder y luchó con las mismas armas que los de arriba, puede ser ésa la lectura). Evidentemente, Sean Penn se adueña de la película a través de este personaje, un caramelo para cualquier actor que quiera lucirse de verdad. Y eso es lo que hace el intérprete ganador de un Oscar por ‘Mystic River’, lucirse como pocas veces ha hecho. Su voz, sus cuidados gestos, su pose, hacen de Milk un personaje atractivo y estimulante para todo el mundo, a ratos fascinante. El extraordinario trabajo del actor es una de esas perlas, a veces tan raras de encontrar, que por momentos la película es única y exclusivamente él, y lo demás parece no contar.

Al fin y al cabo, una de las grandes bazas de ‘Mi nombre es Harvey Milk’ es su reparto, perfecto en su totalidad. Josh Brolin, James Franco, Emile Hirsch y Diego Luna ofrecen registros algo atípicos en ellos, y demuestra lo buenos que pueden llegar a ser esos actores, algunos apartándose totalmente de su habitual imagen. Van Sant demuestra ser un excelente director de actores, quedando el film como un gran mosaico de buenos intérpretes, todos con su importancia en el film. Y el envoltorio no puede ser más “perfecto”. La música de Danny Elfman, la fotografía de Harris Savides (‘Zodiac’), más la impecable dirección artística (que reconstruye el San Francisco de los años 70 con un trabajo lleno de detalles) visten las andanzas de todos los personajes con inusitada facilidad, transmitiendo una realidad palpable.

Pero ‘Mi nombre es Harvey Milk’ no puede ocultar sus enormes ansias de gustar a la gran audiencia, sin renunciar a posible adeptos del círculo de fans del director. Algunos flashes le delatan al respecto, como por ejemplo, los momentos posteriores al encuentro en el metro, visualizando el primer encuentro amoroso del protagonista a base de primeros planos intercalados, que remiten a las recientes experiencias fílmicas de Van Sant. Luego acomete en una mayor contención, y a pesar de que imprime un ritmo estupendo al devenir de la historia, ésta tiene algún que otro punto débil en la descripción de alguno de los personajes. Baste citar la ambigüedad del que da vida Josh Brolin: a veces está muy lograda, otras no tanto, y sus motivaciones quedan un poco en el aire.

‘Mi nombre es Harvey Milk’ está nominada a ocho Oscars. No todas las nominaciones me parecen merecidas. Eso sí, los trabajos de Penn, Brolin y Elfman son dignos de elogio. Pero independientemente de unos premios que todo el mundo ve y todo el mundo rechaza, ‘Mi nombre es Harvey Milk’ es una película emocionante, sincera, que provoca el debate y no deja indiferente. Remueve conciencias con naturalidad, sin resultar ofensiva ni maniquea. Pero dada la enorme competencia que hay este año en los Oscars, mucho me temo que Van Sant se quedará sin premio, seguido de los otro siete candidatos. O no.

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