'Rey de ladrones': una deslavazada cinta de atracos que se salva gracias a la veteranía de su reparto

Prácticamente por encima de cualquier otro elemento técnico, narrativo o artístico, casi cualquier largometraje puede encontrar su mayor seguro a todo riesgo en el buen hacer y, sobre todo, la veteranía de su reparto. Una experiencia atesorada a lo largo de toda una vida frente a las cámaras —y en muchos casos sobre las tablas de un teatro— reflejada en miradas, gestos e interacciones capaces de maquillar —e invitarnos a olvidar— la inmensa mayoría de imperfecciones de una producción.

La última prueba fehaciente de esto puede encontrarse en 'Rey de ladrones', lo nuevo de un James Marsh que continúa en horas bajas desde su éxito en los Óscar con su documental 'Man on Wire'. Una cinta que encuentra en sus personajes, y mas concretamente en las interpretaciones de Michael Caine y del resto de leyendas británicas que encabezan su plantel actoral, un salvavidas para mantener a flote una irregular y nostálgica comedia de atracos.

Como ya ha demostrado en anteriores trabajos de su filmografía, Marsh es un cineasta entregado en cuerpo y alma a sus protagonistas, construidos con dedicación y siempre ejes centrales del relato; constante que vuelve a repetirse nueva mente en una 'Rey de ladrones' que entrega sus primeros compases a presentar con mimo y sin ningún tipo de prisa a un variopinto y atípico grupo de atracadores de la tercera edad, viejas glorias de la profesión, con los que se establece un vínculo prácticamente instantáneo y considerablemente fuerte.

Es esta conexión con la cuadrilla protagonista, potenciada por un agradable sentido del humor en el que hay cabida para el gag más obvio y chabacano sin dejar de lado ese innegable talante cómico británico, y por unas interpretaciones tan sólidas e inspiradas como sus carismáticos artífices, la que camufla con notable efectividad la torpe narrativa del filme y los vaivenes de un director que parece no tener demasiado claro el tipo de proyecto que tiene entre manos.

Una vez más, y tal como ocurrió en 'Un océano entre nosotros', James Marsh vuelve a demostrar una incontinencia tonal que se ve incapaz de controlar. Si en el caso del largo protagonizado por Colin Firth esto se reflejaba en un desequilibrio entre su vis más aventurera y el melodrama más pomposo e irritante, en 'Rey de ladrones' se hace patente a través de una comedia que batalla por ganar presencia contra un contrapunto dramático metido con calzador. Si a esto le sumamos una estructura arrítmica y sincopada que transforma su mid point en un catalizador para la rutina y la falta de sorpresas, la decepción está asegurada.

Pese a no ser un producto que celebrar —ni mucho menos un desastre rotundo—, 'Rey de ladrones' se las apaña para ofrecer un entretenimiento solvente de poco más de hora y media de duración que, sin alardes, se las apaña para estirar como buenamente puede el artículo periodístico 'How a Ragtag Gang of Retirees Pulled Off the Biggest Jewel Heist in British History', más apasionante que su traslación a la ficción cinematográfica, que suple buena parte de sus carencias con nostalgia, un aura crepuscular, y un lado amable que endulza el conjunto de forma algo artificial, pero acertada.

Por suerte, si estas virtudes no son suficientes como para extraer algo medianamente positivo de una cinta cuyo potencial supera con creces al resultado entregado desde la sala de montaje, siempre nos quedará perdernos entre el talento de Caine, Broadbent, Broadbent o Gambon y trasladarnos, al menos mentalmente, a unos tiempos no necesariamente mejores, pero sí a esos que les han convertido en unas leyendas capaces de salvar de la quema a una película por ellos mismos.

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