'Sed de venganza', pretendiendo ser Walter Hill

El 2011 en Blogdecine promete sorpresas a varios niveles. Una de ellas será un especial, que ya anunciaré en su momento, sobre uno de esos realizadores que ya no se prodigan tanto, pero no olvidamos, sobre todo aquellos que consideramos el cine de acción un género injustamente infravalorado: Walter Hill. Resulta curioso pues, por la coincidencia, que haya llegado a nuestras pantallas una película como ‘Sed de venganza’ (‘Faster’, George Tillman Jr., 2010), que además supone el regreso de Dwayne Johnson al cine de acción puro y duro tras unos años codeándose únicamente con la comedia o el cine familiar. El regreso puede ser celebrado desde varios puntos de vista, y quizá el más importante es esa nada disimulada evocación al primer cine de Hill, sobre todo de cintas como la excelente ‘Driver’ (‘The Driver’, 1978), maravilloso film lleno de impresionantes persecuciones con un intenso Ryan O´Neal.

Otra de las celebraciones puede ser el hecho de que Dwayne Johnson en ‘Sed de venganza’ parece un actor. ¿Y cómo lo consigue? Hablando lo mínimo posible, y aprovechando su silencio para vestir con un mínimo de esencia un personaje que llama la atención por su brutalidad, intensidad y al que el ansia de matar absorbe completamente, sin importarle las consecuencias. Además contamos con la presencia de Billy Bob Thornton, un actor casi siempre solvente aunque muchas veces interprete el mismo tipo de papeles, dos alegrías para la vista como Carla Gugino y Maggie Grace, y la eficacia de George Tillman Jr., que no es una gran director ni muchísimo menos, pero que al menos hasta ahora se ha movido dentro de unos niveles de corrección aceptables. Pues ‘Sed de venganza’ desaprovecha absolutamente todo, resultando un mal film, con un guión que es por derecho propio una de las tomaduras de pelo más descaradas que se hayan visto en un cine en mucho tiempo. No me resisto a comentarlo, porque es delirante. Cuidado los lloricas, hay spoilers, lógica y obviamente.

‘Sed de venganza’ —por cierto, impresentable título español que huye del mucho más sugerente y descriptivo ‘Faster’— empieza de forma muy contundente. Driver (Dwayne Johnson) va a salir de la cárcel, antes de ello el alcaide le da una charla mientras observa las fotos de unos reclusos a los que alguien ha machacado. Una buena forma de explicarnos que la estancia de Driver en presidio durante diez años —fue apresado por un atraco muy sonado, con traición y todo— no ha sido precisamente agradable ni anónima. Es fácil adivinar posteriormente que han intentado matarlo entre rejas y no lo han conseguido. Sin mediar palabra, Driver —recibe ese nombre porque en el atraco era el conductor que manejaba el coche en el que huyeron— echa a correr, coge un coche donde hay un arma que han dejado para él, visita a un hombre que tiene una lista con nombres, y uno a uno empieza a matar a los nombres de dicha lista. Sin contemplaciones, sin piedad, con una ferocidad y primitivismo que asustan.

En esos poderosos instantes la película promete, y mucho, los ecos de Walter Hill añaden un mayor interés. Da la sensación de que regresamos a un tipo de cine de acción que proliferó en los 70 y parte de los 80 de la mano del alumno más aventajado de Sam Peckinpah. Pero las promesas enseguida se aguan cuando el film se bifurca en tres líneas argumentales, de las cuales dos de ellas carecen de absoluto interés, con la presencia de personajes que rozan el ridículo, salvo, ¡oh, milagro!, el de Dwayne Johnson, que siendo parco en palabras y expresando sólo con la mirada, logra desprender un carisma hasta ahora ausente en sus interpretaciones. Supera con creces a un soso Billy Bob Thornton, en un personaje hecho a su medida, un policía corrupto adicto a la heroína, pero aburrido por cuanto sus problemas familiares no interesan ni lo más mínimo. Al igual que el asesino (Oliver Jackson-Cohen) contratado por éste para acabar con Driver, cuyos problemas psicológicos son de baratillo. Cuando la cinta se centra en estos dos personajes, algo que ocurre demasiadas veces, se vuelve espantosamente ridícula.

Si bien la mencionada evocación a Walter Hill es algo positivo en ‘Sed de venganza’, lo cierto es que Tillman Jr. no puede evitar caer a veces en los típicos tics del cine de acción actual —don Michael “tres millones de plano por segundo” Bay a la cabeza—, con un montaje caótico, y que en sus instantes más calmados semeja una postal de resplandecientes colores, cortesía de Michael Grady. Sólo momentos aislados de acción están a cierta altura y nos hacen ver la película que ‘Faster’ podría haber llegado a ser. Al respecto cabe citar aquellos enfrentamientos entre Driver y el asesino a sueldo —que cobra un dólar por sus trabajos—, en los que el primero arremete con una furia atroz contra su oponente, algo que nos descubre uno de los puntos más interesantes de la película. Es esa furia y seguridad en sí mismo lo que hace temible a Driver, no su corpulencia ni su manejo con las armas, y en dichas escenas, que ponen sobre la mesa una capacidad de abstracción que precisamente empareja a Tillman Jr. con Hill, están lo mejor de una película que se pierde por otros derroteros, y cómo no, el increíble fallo de guión expuesto en su parte final, por el que cualquier espectador con un mínimo de cerebro puede sentirse con todo derecho insultado.

¿Quién narices revisa los guiones en Hollywood?

Esa es la pregunta que uno se hace después de comprobar en el último tercio de una película como ‘Sed de venganza’ que los que revisan los guiones a veces lo hacen durmiendo o bebiendo. No hay otra explicación posible. Recapitulemos: Driver lleva a cabo una venganza contra los asesinos de su hermano hace diez años, cuando les tendieron una trampa. Aquella vez alguien le disparó a bocajarro en el cráneo y sobrevivió debido a una placa de metal que lleva en la cabeza por una herida de guerra. El personaje de Carla Gugino explica a los suyos, entre ellos el personaje de Billy Bob Thornton, precisamente ese dato, que Driver es una especie de fantasma surgido de la muerte debido a la placa en su cráneo. Más tarde descubrimos, no sin subrayado musical de Clint Mansell, que el personaje de Thorton fue el que disparó a Driver hace diez años. Ante el miedo de que aquél le reconozca contrata a un asesino a sueldo para eliminarle, pero la misión resulta más difícil de lo que creen. Por ello, el policía decide acabar con Driver él mismo, y es tan listo que hace exactamente lo mismo que hace diez años; dispararle en el cráneo en el mismo lugar.

El policía debería saber todo sobre Driver, pero ante nuestro estupor no es así. Al contrario, moribundo se sorprende de que Driver esté vivo, y antes de morir le pregunta cómo es posible. “Porque eres gilipollas” hubiera sido una buena frase de diálogo, pero evidentemente Tony y Joe Gayton no iban a arreglar de esa manera la enorme contradicción —y no es la única— de su historia, que basa gran parte de su entramado en ese punto tan crucial. Las gotas de buen cine que desprende ‘Sed de venganza’ son precisamente eso, gotas que nos hace saborear mínimamente la agradable sensación de que podríamos haber estado ante un estimable film. Otra oportunidad perdida, y no contentos con ello, se redondea la jugada con la mencionada payasada. No, no hay otro adjetivo para definirlo.

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