Sin rastro de originalidad

La fecha de estreno de ‘Sin rastro’ (‘Gone’, 2012), de Heitor Dhalia, se ha retrasado en nuestro país algo más de un mes, lo cual no suele ser una buena señar. Ha quedado acomodada este 3 de agosto, junto con ‘Pometheus’, con la que, en cualquier caso, no aspira a competir por tratarse de distintos tipos de films. En EE. UU., ‘Sin rastro’ –se debería tener cuidado con los títulos que abren la puerta al juego sobre el contenido— se pudo ver en febrero y, a pesar de las críticas de carácter negativo, tuvo una respetable recaudación.

Amanda Seyfried interpreta a una joven cuya hermana desaparece. Recordando un secuestro que sufrió hace poco y que podría haber acabado en muerte, la mujer trata de movilizar a la policía para que la busquen. Debido a que no se encontraron pruebas de lo que ella les contó, los agentes la toman por loca y deciden no investigar. Wes Bentley, Jennifer Carpenter, Daniel Sunjata, Joel David Moore y Michael Paré completan el reparto.

El brasileño Heitor Dhalia –cuyos trabajos anteriores, por ejemplo, ‘A Cheiro do Ralo’ (2006) y ‘À Deriva’ (2009), no se han estrenado en nuestro país— recrea una atmósfera de terror que ha visto en muchas producciones, al emplear una fotografía oscura y filtrada en todos azul-verdosos, al echar mano de recursos como los ruidos bruscos o los destellos de imágenes y otros efectos recurrentes del género. Dirige a los actores con corrección, así que el resultado, de apariencia, no tiene nada que objetar, pero tampoco nada que encomiar.

La ineptitud o, en este caso, indiferencia policial, que obliga a la protagonista, no ya a tomarse la justicia por su mano, sino a llevar a cabo la investigación por su cuenta, es una baza interesante que permite situar a una ciudadana de a pie como epicentro de un thriller de acción y violencia. La excusa nos gusta y el efecto que se consigue con ella, también. Lo que quizá no resulta del todo convincente es que se desdeñasen por completo sus quejas y preocupaciones pues algún indicio tiene que haber de que lo que cuenta es real, como mínimo, más jóvenes desaparecidas en circunstancias similares. O, si no, aunque solo fuese por el riesgo de quedar mal ante la opinión pública, caso de ser cierto, la policía se involucraría.

La paradoja de ‘Sin rastro’

Advertencia: en esta apartado se desvelan detalles sobre el final (si no se ha visto la película y se quiere ver, será mejor pasar al siguiente).

Lo que más me sorprendió de ‘Sin rastro’ fue precisamente que no tuviese ninguna sorpresa. ¿Paradójico, no? A lo largo del desarrollo, no cesé de preguntarme cuál sería el giro final: si estaría todo en la imaginación de ella, si todo formaría parte de una conspiración mayor… No hay revelación, lo que es, en cierto modo, un giro en sí mismo porque, os lo aseguro, de todos los posibles, es el único que no me vi venir. Con ello no quiero implicar que de alguna forma funcione. Al contrario, considero que era imprescindible haber tratado de asombrar con algo, por manido que estuviese, ya que, lo que se presenta hasta entonces, tal como está resulta anodino, pero habría tomado un cariz más valioso gracias a una vuelta de tuerca, es decir: esa sensación de que está todo cogido con pinzas, habría encontrado razón de ser.

Por otra parte, la opción psicológica que estaba presente a lo largo de toda la película, con esa duda que nos crea a los espectadores sobre si lo que ella dice es o no verdad –narradora poco fiable— y la alternativa que esto suponía de hacernos cambiar toda nuestra percepción con una mínima modificación del punto de vista se desaprovecha. La guionista Allison Burnett, a la que se le encargó escribir la historia a partir de una imagen, no exprimió de la idea todas sus posibilidades, entre las que estaba convertirlo en un psicotrhiller, en lugar de mantenerlo como un mero thriller.

El propósito de no quitarle la razón a la protagonista es, probablemente, enaltecer el concepto de la justiciera independiente que, supongo que seguirá teniendo efecto en algunos espectadores. Personalmente, preferiría un juego más audaz a una fácil catarsis. Al dejarlo Burnett en lo que le planteaban sin explorar más allá, su guion parece el de un capítulo de serie o de un telefilm.

Conclusión

Es una película floja, aunque no la llamaría infumable ni diría que es tan mala como claman algunas voces. Más o menos se va dejando ver, pero no marca ni sorprende ni aporta nada. De hecho, de haber sido bastante peor, habría tenido un mayor interés morboso, pero es que no tiene ni eso. La palabra “floja” es la que mejor se adecua, ya que ‘Sin rastro’ carece de cualquier tipo de fuerza, del más mínimo impulso o de la garra necesaria para permanecer en el recuerdo.

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