'Speed: máxima potencia', espectáculo sin más pretensiones

‘¡Oh! Lo siento Jack, no lo ha conseguido…”

- Howard Payne (Dennis Hopper)

Pasaron el otro día por un canal de televisión esta cinta de acción, y pude verla casi entera pese al cansancio de una dura y fría jornada. Creo que ver una película con fatiga o con sueño es una prueba excelente para valorar las verdaderas calidades de un filme. No solamente en el caso de que nos cautive, ya que a pesar del cansancio nos quedaremos pegados a la pantalla olvidándonos de él. También en el caso, como el que nos ocupa, en que visionemos de nuevo una cinta sin más pretensión que entretener, pues sus costuras y sus trampas se evidencian con mayor nitidez, así como las argucias y tretas del director para hacerlas pasar por ingenio y tensión, con el objetivo de que el espectador se divierta. Hacía mucho tiempo que no veía ‘Speed: máxima potencia’ (‘Speed’, Jan de Bont, 1994), puede que más de cinco años, y sin parecerme, como entonces, ninguna maravilla, sí que posee algunas virtudes que la sitúan un poco por encima de la desastrosa media del cine de acción actual, lo que no es poco.

Su director, el holandés Jan de Bont, fue un excelente director de fotografía tanto en su país natal como en Estados Unidos, firmando la iluminación de algunas películas de su compatriota y amigo Paul Verhoeven, así como dos exitazos como ‘Jungla de cristal’ (‘Die Hard’, 1988) o ‘La caza del Octubre Rojo’ (‘The Hunt for Red October’, 1990), ambas de John McTiernan (a quien recordemos que Alberto Abuín está dedicando un especial). Debutó con esta aventura sobre un autobús que no puede bajar de 50 millas por hora, confirmando que gran parte del cine de acción norteamericano que llegó después de ‘Jungla de cristal’, bebe de sus fuentes de manera obvia, y que es muy difícil llegar al nivel al que llegó McTiernan. Porque el dominio de dos elementos tan dinámicos y complejos como el espacio y el ritmo es algo que muy pocos cineastas parecen alcanzar, más preocupados quizá por el aparato escenográfico o lo superficialmente vistoso.

Dicen que el guionista, Graham Yost, se inspiró sobre todo en la bestial ‘El tren del infierno’ (‘Runaway Train’, Andrei Konchalovsky, 1985), en la que dos fugados de una cárcel de máxima seguridad terminan subiéndose a un tren sin frenos que les transporta a una muerte casi segura. Sin duda, el tercer acto de esta odisea de explosiones y velocidad que es ‘Speed’, recuerda sobremanera a aquella película. Tercer acto de tres bien diferenciados: la aventura del ascensor, la tensión del autobús y el del tren ya mencionado. Tres partes que se antojan un tanto excesivas y que terminan por deslavazar una buena idea de base que quizá habría necesitado de un mayor poder de síntesis, que es lo que hacía grandes a algunos filmes de suspense de Alfred Hitchcock. En otras palabras: permanecer en el autobús toda la película. Pero de esta manera se aseguran explicarnos con un poco más de detalle el primer encuentro entre el villano Howard Payne y los policías Jack Traven y Harry Temple, mientras que en el tercio final se centran más en la relación entre Traven y Annie Porter. ¿Era necesario? Yo creo que no.

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Despilfarro de dólares y un cierto buen gusto

La cosa está clara, y nadie se puede llevar a engaño: esto es un producto (pre)diseñado para consumo de masas, en el que los malos son malísimos, arteros y cabrones, y los buenos son fabulosos, guaperas, valientes y cachas. Y por supuesto una buena ración de super-policías, piruetas imposibles, explosiones de fuego de diez metros de alto, música cañera, etc… Al bloque del ascensor le falta un punto de tensión e ingenio, pero el bueno de Hopper (muerto hace pocas fechas) clava su papel de vengador dinamitero, además de soltar siempre las mejores frases de la función. El inexpresivo Keanu Reeves interpreta a un Traven de una pieza: diestro e inteligente, sin alma. No sabremos absolutamente nada de su vida, ni de su interior anímico. Les preocupaba que se pareciera demasiado a John McClane, pero terminaron por despojarle de toda humanidad. Cuando un poco más tarde se vea obligado a perseguir a un autobús antes de que active la bomba, y después a permanecer en el interior y no permitir que decelere, Reeves apenas moverá una ceja. Jamás nos creemos que tema por su vida o que vaya a fracasar en la misión.

En el interior de ese autobús, como no podía ser menos, un catálogo de arquetipos (no confundir con tópicos) que no funciona del todo mal, sobre todo gracias a un casting bastante apurado. Un latino enorme, un turista pelma, una asiática madura, un negro conductor, una chica simpática (muy natural Sandra Bullock, cómo cambia la gente…), un criminal a bordo (truco de guión evidente para malherir al conductor…), aderezados todos con diálogos bastante decentes. Será la fauna que vivirá la agonía de haberse subido al bus equivocado. Pero no siempre sentiremos con la misma intensidad esa agonía, que por otra parte hubiera precisado de un complejo y afinado ‘crescendo’. La mejor, Bullock, pero siendo la conductora improvisada del enorme objeto móvil, y una actriz bastante solvente, tampoco lo tenía tan difícil. Dispuestas así las piezas de este juego, con el maldito Payne apretando las clavijas por teléfono (¿cuántas películas de bombas y teléfonos se hicieron en los noventa?), sólo queda que el guionista y el director estén a la altura en la hazaña de mantener en movimiento el bus y en vilo al espectador, y no siempre lo consiguen.

Por lo menos de Bont no es un Michael Bay cualquiera, y habiendo sido un excelente operador, es capaz de narrar con bastante precisión y buen gusto. La estupenda fotografía de Andrzej Bartkowiak extrae del autobús, del fuego, del calor del asfalto, una considerable atmósfera y hasta cierta belleza plástica, mientras que la planificación del director, sin llegar a entusiasmar, es lo bastante sólida y alienta un montaje limpio y sin demasiados cortes, obra de John Wright (por cierto, otro habitual de McTiernan). Pero el dinamismo a veces está logrado más con trucos que con verdadera fuerza narrativa, y cae en arritmias enormes, y hasta en fallos técnicos garrafales. Un ejemplo entre muchos: ya activada la bomba, sucede lo que era inevitable, que es encontrarse con un embotellamiento, y se ven obligados a salir de la carretera, provocando el caos. Se agradece que este momento carezca de música, lo que añade más tensión y más fuerza. El autobús destroza varios coches de costado, decelerando y poniéndose en peligro, pero luego sale a otra carretera, y observamos el costado del bus perfectamente inmaculado, lo cual es imposible, pero era imprescindible que así fuera porque todavía queda el delirante momento del salto del ángel. Lo que es peor, ese momento desesperado tampoco deja huella en el ánimo de los personajes, también inmaculado…

En cuanto al salto, es el momento más estúpido de una película que podía haber dado mucho más de sí, si los guionistas y el director hubieran hecho bien su trabajo, y es una pena. No solamente es que el hueco es demasiado grande, sobre todo es que por mucho que se acelere, un bus no levanta el morro al caer al vacío, como hace aquí de manera tan zafia. Para rematarlo del todo, vienen de una curva inmediatamente anterior. Pero lo peor de esta secuencia, es que se evidencia más que nunca que los creadores apuestan más por el impacto visual que por una construcción de suspense. Se supone que es uno de los momentos cumbres del relato, y está exento de toda tensión. Pese a todo, se agradece la aparición de estupendos secundarios como Joe Morton o Jeff Daniels, que impregnan a la película de humanidad y verdad, así como dos o tres momentos bastante conseguidos, y que ‘Speed’ carezca de las pretensiones épicas o existencialistas de ciertas cintas de acción de hoy en día, que están mucho peor hechas incluso que esta.

Un año después llegaría ‘Jungla de cristal. La venganza’ (‘Die Hard: With a Vengeance’, John McTiernan, 1995), otra con teléfonos y bombas, que es muy superior a esta (y de la que hablaremos). Sin embargo, ‘Speed’ es muy superior, a su vez, a su desastrosa secuela, esta vez con un barco, que fue un despropósito sin pies ni cabeza, y un fracaso en taquilla descomunal, dirigida también por de Bont. No es tan fácil hacer cine de acción, parece ser, y hacerlo bien. Para terminar, recuerdo que algunos protestaban de que el bloque del bus fuera tan largo…pero yo sigo insistiendo en que no es lo bastante largo. Es más, debería haber sido la película entera en su interior.

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