'Train to Busan', frenético viaje de muerte

‘Train to Busan’ (‘Busanhaeng’, Yeon Sang-ho, 2016) recibió los premios al mejor director y mejores efectos visuales en la última edición del Festival de Sitges. También se trata de uno de los grandes hits taquilleros en toda la entera historia de su país. Un films de zombies o infectados —descarte el lector el término que más dentera le produzca— que arrasa cual marabunta de muertos vivientes dispuestos a recuperar el prestigio perdido.

La saturación, como ocurre siempre, había hecho entrar al subgénero zombi en una fase de clara desgana e iteración aburrida de lo de siempre. Realmente muy pocas películas se salvan, el original de George A. Romero, que abrió la veda, ’28 días después’ (’28 Days Later’ Danny Boyle, 2002) y ‘Amanecer de los muertos’ (‘Dawn of the Dead’, 2004) —aún hoy la mejor película de Zack Snyder— son algunas de ellas. ‘Train to Busan’ es la secuela del film animado ‘Seoul Station’ (íd., 2016).

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En ella Sang-ho ya se había introducido en el mundo de los zombies narrando un brote de muertos vivientes en la ciudad de Seúl el día anterior a los hechos narrados en el que es su primer largometraje en imagen real. El resultado supone una de las mejores películas de zombies jamás realizadas, echando mano de elementos universales conocidos en el subgénero, esto es, heredar fórmulas occidentales, aunque también llenando el film de elementos característicos del actual cine coreano.

Directa al grano

Una de las máximas de Billy Wilder: “no aburrirás” —habría que matizar que el aburrimiento no es lo mismo para todos, pero ese debate lo dejamos para cuando queráis gresca de verdad— alcanza su significado en un film como ‘Train to Busan’, que en unas dos horas va directo al grano sin perder un solo segundo, procurando ir más allá del mero espectáculo. El recibimiento de ese “más allá” ya depende de la diferencia cultural y narrativa.

Una mera presentación de personajes —centrada sobre todo en el central y su hija pequeña— precede uno de los más frenéticos espectáculos de terror vistos en los últimos años en una pantalla de cine. Prácticamente toda la historia ambientada en el interior de un tren, lo que le da al director de juguetear con los espacios cerrados, convirtiéndolos a la vez en prisión y salvación. Las idas y venidas de los personajes recuerdan, salvando las distancias, a las de ‘El expreso de Chicago’ (‘Silver Streak’, Arthyr Hiller, 1976).

Sang-ho ha declarado inspirarse más en film como ‘United 93' (íd., Paul Greengrass, 2006) y ‘Capitán Phillips’ (‘Captain Phillips’, Paul Greengrass, 2013), que muestran la fractura de lo cotidiano a través de un elemento sorprendente. Por supuesto en ‘Train to Busan’ ese elemento tiene connotaciones fantásticas que desembocan en reflexiones de carácter crítico hacia estamentos de poder, y también sobre el propio ser humano. Una vez más, el fantastique para describir los aspectos menos queridos de nuestra especie, que en lugar de unirse contra un enemigo atroz e imparable, se dejan seducir por el miedo y la ignorancia.

Restando gore, acrecentando emoción

Con todo ‘Train to Busan’ no realiza críticas profundas, ni propone grandes preguntas, pasa el tiempo suficiente por encima de ellas como para que las notemos —el comportamiento de determinados personajes cuando están sometidos s una gran pesión—. A cambio lo compensa con un trepidante relato de supervivencia, lleno de set pieces antológicas —por ejemplo, cuando el tren atraviesa zonas de túneles— en las que el ritmo interno y la planificación intensifican la tensión.

Tampoco se cargan las tintas sobre el gore, una de las características principales del subgénero, y que en los últimos años se ha vuelto más serio y “adulto”. El director juega más con el impacto de ciertas situaciones —tener que travesar varios vagones llenos de zombies para rescatar a más pasajeros— que con llenar la pantalla de sangre. Con un estudiado sentido del ritmo nos propone un viaje emocional lleno de muerte, y que en algunos momentos redunda en el lado sentimental, algo muy normal en el cine coreano.

Una maravilla de película. Un entretenimiento tan palomitero como disfrutable sin aditivos del ambigú. Y propone además uno de los apuntes más originales en el subgénero: aquel que muestra, en el momento previo de la transformación, los sentimientos más escondidos de cada uno. Hay que morir para que nuestro verdadero yo salga a relucir. Apasionante.

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