'Yo, Daniel Blake', los perros del sistema

"Es para esa gente que sufre la crueldad de la burocracia en cualquier país." (Ken Loach)

Es habitual que el cine nos muestre sofisticadas sociedades distópicas en la que unos héroes luchan frente a la opresión de un malvado tirano. Lo terrible es que no tenemos que imaginar ningún futuro para encontrar los signos de un sistema abusivo y podrido, donde las personas somos clientes o cifras cuyos problemas se despachan con absoluta indiferencia.

Esto se refleja en 'Yo, Daniel Blake' ('I, Daniel Blake'), la última película de Ken Loach. A sus 80 años, el inglés sigue encontrando motivación en la denuncia social y en la capacidad del séptimo arte para representar la verdad. Una verdad incómoda, desagradable, que desde luego no invita al consumo de palomitas; pero el cine puede ser algo más que entretenimiento. Y a veces debe serlo. A veces necesitamos que nos muestren el abismo.

Entre las ruinas del "estado del bienestar"

En una escena del film, el protagonista se siente obligado a realizar la siguiente aclaración: "No soy un perro, soy un ciudadano, y merezco respeto". Lo dice tras una serie de peripecias que le dejan desamparado, hundido e indignado, tras enfrentarse a las oscuras normas del sistema de la seguridad social. Y lo peor es que, a pesar de todo, es un afortunado: al menos puede dormir bajo un techo.

Loach y su guionista habitual, Paul Laverty, nos cuentan la historia de Daniel, un carpintero con 40 años de experiencia que sufrió un infarto durante una jornada laboral. Los médicos le recomiendan reposo, su corazón no le permite seguir trabajando. Ante tal circunstancia, Daniel pide un subsidio por incapacidad. Llega entonces el momento de enfrentarse a la burocracia. Al terrible proceso kafkiano de pedir ayuda al estado...

Ingenuamente, Daniel cree que los funcionarios comprenderán su situación y no habrá problema, que hablando se entiende la gente. Es interesante cómo empieza la película: los créditos aparecen sobre un fondo negro mientras oímos el desarrollo de un cuestionario. Daniel responde con incredulidad e impaciencia, incapaz de entender la situación, a una serie de preguntas absurdas formuladas por una mujer cuyo tono de voz es tan aséptico que podría ser un robot lidiando con un ser humano que no le inspira la más mínima compasión.

Daniel no entiende por qué debe responder (y tan exactamente, "sí o no") a preguntas que no tienen relación con su corazón, el verdadero problema que le impide trabajar. Pero lo va a entender. Una carta le indica que no tiene derecho al subsidio. Tras una larga llamada telefónica que no sirve de nada, descubre que debe reclamar, pero mientras tanto no recibe dinero, a menos que pida una ayuda por desempleo. Y para eso debe buscar empleo. Aunque no pueda trabajar. Así funciona el sistema: frío, irracional, implacable.

'Yo, Daniel Blake', una distopía actual

Frente a esta maquinaria intentan sobrevivir personas como Daniel y Katie, madre soltera de dos pequeños. Loach busca transmitir la verdad del mundo en el que habitan estos personajes que intentan mantener intacta su dignidad a pesar de todo; no se regodea en la miseria y evita filtros o fórmulas que acomoden la experiencia del público. Los funcionarios no se vuelven amables, no hay un bonito romance, no hay final feliz. Sólo existen los momentos tiernos y los alivios cómicos que los protagonistas se esfuerzan por extraer del día a día.

Cabe destacar el formidable trabajo del reparto, encabezado por Dave Johns y Hayley Squires; tan creíbles que llega a parecer un documental, con la espontaneidad que suelen aportar los actores no profesionales. Sobra cierto giro un tanto forzado, que amenaza con arruinar el desenlace; no obstante, la última escena es muy potente y creo que lo compensa. 'Yo, Daniel Blake' fue premiada con la Palma de Oro en Cannes y el premio del público en San Sebastián. El necesario discurso de Loach quizá tuvo más peso que otros aspectos pero conviene recordar que no hay una sola manera de apreciar el cine; y que todo parezca tan sencillo y natural no es, realmente, nada fácil.

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