Ingmar Bergman siempre será el cine

“El teatro es mi mujer, y el cine mi amante”

El cine siempre será libertad, imaginación, verdad, belleza, inteligencia, elegancia, cultura. El verdadero cine, en mi opinión. Y por eso, para mí, Bergman siempre será el cine. El caótico (y también en muchos sentidos, estimulante cine actual) carece de verdaderos líderes, entendida la expresión como la que define a esos grandes maestros, grandes malditos, que nos dicen lo que no queremos oír, y por supuesto se convierten en adalides del odiado cine-arte, ese que mientras se encarga de narrar y profundizar y creer en la libertad del hombre, es despreciado por los que todo lo tergiversan y convierten al cine más importante, en un ejemplo de esnobismo, de simbolismo, de elitismo. Ya Bergman, en vida, incluso en la época de su mayor prestigio crítico, fue absurdamente tildado de religioso, de simbolista, de obsesivo con las mujeres, de artistizoide, alejado de la realidad del hombre, ensimismado, extraño. Sin embargo, la realidad es muy diferente: es uno de los pocos directores que habló del mundo y del hombre desde una concepción absolutamente personal, y por ello emocionante e imperecedera.

Leyendo la abundante bibliografía que se ha dedicado a reflexionar acerca de la obra del genio sueco, no puedo menos que lamentar que, cuando no se soslayan los aspectos más importantes de la trayectoria de este gran artista, un cierto complejo insta a los analistas a tomarle demasiado en serio, en el sentido más estricto de la expresión. Existe la neurosis, global, de considerar al cine y al estilo de este director algo terriblemente complejo, que quizás exigiera de sesudos y profundísimos, cuando no casi metafísicos análisis, para alcanzar algo de verdad acerca de los impulsos que la hicieron posible y de la personalidad (supuestamente rarísima) del propio Bergman. Sin embargo, cuando él mismo escribe sobre sus resortes creativos, lo titula ‘Imágenes’ (y se trata de un volumen que ningún Bergmaniano debería perderese, pese a lo intrincado de muchos pasajes), pues él sabe bien que su vida fue precisamente eso, la imagen, y que es absurdo tratar de comprenderle más allá de esas imágenes. Más aún cuando ellas hablan por sí solas, tanto de sí mismas, como de Bergman, y de nosotros espectadores.

Considerando que nació un 14 de julio de 1918, y murió el 30 de julio de 2007, podemos decir que su vida abarca casi todo el siglo XX (aunque comienza justo con el fin de la I Guerra Mundial), y que su obra eclipsa casi totalmente el cine europeo de la segunda mitad de ese siglo, comenzando en 1945 con ‘Crisis’ (‘Kris’), y concluyendo en 2003 con ‘Saraband’ (id), aunque muchos dirían que el verdadero final (al menos estrictamente “cinematográfico”) de su carrera llegaría con la magistral ‘Fanny y Alexander’ (‘Fanny och Alexander’, 1982). Pero sería limitador e injusto limitarse (al menos en esta introducción al especial que vamos a dedicarle) a su cine, pues Bergman dirigió centenares de representaciones teatrales en su país y fuera de él, algo que es esencial para comprender su cine. Así mismo, perfeccionó durante toda su vida la técnica del teatro de marionetas, algo que le fascinaba sin ambages. Nada sobra a la hora de enfrentarse a su cine, que nunca permite (como el único cine que vale la pena) un visionado fácil o agradable. Muy al contrario: en sus más completas películas exige una despiadada lucha del espectador consigo mismo, pues Bergman es un artista verdadero. De esos que aprecian demasiado a sus espectadores como para entretenerles.

Ser y no tener

Nacido Ernst Ingmar Bergman Akerbolm en Uppsala, ciudad universitaria a unos setenta kilómetros de Estocolmo, la vida y la obra de Bergman iban a estar destinadas a contar la gravedad de la nada, y el humor y la ironía de la muerte. Su padre era un pastor luterano llamado Erik, al que siempre le unió el distanciamiento y el respeto debido a una figura tan autoritaria, y su madre un ama de casa llamada Karin. Con seis años descubrió el cine y con diez descubrió algo mucho más importante: la cabina de proyección de un cine, que le fascina. Tanto que cuando a su hermano mayor le regalan un proyector de juguete, él se lo cambia por la mitad de su colección de soldados de plomo. Con la familia mudada a Estocolmo de forma definitiva, el joven Bergman puede estudiar Literatura e Historia del Arte, llegando a escribir una tesis sobre el renovador del teatro sueco (y precursor del teatro del absurdo), el célebre August Strindberg. Así, la primera mitad de los años cuarenta serán testigos de su ascenso imparable en el mundo teatral de su país, que sabrá compaginar con su “amour fou”, el cine, a partir de su debut como director en 1945.

Con los montajes de ‘Raquel y el acomodador de cine’, ‘La muerte de Gaspar’, ‘La casa de juego’, ‘Llega el señor Schelman’, Bergman puede asumir la indiferencia que provoca en casi toda la cinefilia su ‘Crisis’, y que la Svenk Filmindustri le retire su apoyo en sus pretensiones de seguir dirigiendo. Será la norma detonante para sus tres primeras películas (basadas en obras teatrales todas ellas, y todas ellas ignoradas por público y crítica), que logra llevar a cabo gracias a su amistad con su productor Lorens Marmstedt, hasta 1948, año en que dirige por primera vez (y esto es sintomático) un guión suyo original, filmado en dieciocho días, titulado ‘Prisión’ (‘Fängelse’), que por fin alcanza el beneplácito de la crítica y es un éxito de público. Será el preámbulo a su consagración internacional de los años cincuenta, con algunas películas muy importantes, por mucho que él, en 1960, justo antes de empezar el rodaje de ‘Como en un espejo’ (‘Såsom i en spegel’, 1961) declare que esta va a ser su verdadera primera película, y que su obra anterior no son más que borradores.

A principios de los sesenta, Bergman ya es Bergman, para bien y para mal. Gana dos Oscar consecutivos a mejor filme en habla no inglesa, en 1961 y 1962, el Oso de Oro en 1958, y variados premios en Cannes. Es un autor amado y ninguneado a partes iguales, que prosigue su indagación del ser atormentado y trágico, y muchas veces absurdo, del hombre, vencido por su miedo a la muerte, por sus supersticiones, por la presencia aplastante de la religión y de la ingorancia congénita, arrasado por la siempre enigmática e inasible presencia de la mujer anhelada (mezcla de madre, hija, amante, mujer, amiga, compañera, enemiga, bruja, ángel, ninfa, sabia, perdición, deseo, salvación). Hasta 1964, su obsesión acerca de las relaciones sexuales y sentimentales entre un hombre y una mujer (y entre dos mujeres) apenas había sido indagada, pero a partir de ‘Persona’ (id, 1966), abandonará para siempre cualquier rastro de academicismo (si es que tal concepto puede aplicarse a cualquier película anterior), alcanzando la plenitud absoluta como cineasta, cambiando el cine para siempre.

Muchos cineastas actuales le han rendido pleitesía y devoción a este director. Ya Tarkovski filmó ‘Sacrificio’ (‘Offret’, 1986) imbuido del espíritu del que él consideraba uno de los pocos artistas audiovisuales. Pero otros como Woody Allen, el gran Krzysztof Kieślowski, Paul Schrader, han declarado su amor por el cine del sueco, conscientes de que conocía el interior del hombre, sus pasiones y defectos y anhelos más profundos, quizá como ningún otro director en la historia del cine. Su magisterio incontestable en la dirección de actores (no solamente de mujeres, como gustan de decir sus exégetas más superficiales…), su amplísima cultura, su personalidad inclasificable, desbordante y vitalista, su lucha por alcanzar un cine sin complejos ni corsés académicos, le han hecho valedor, para muchos, de director más importante de la cinematografía mundial. Yo no sé si lo es, pero desde luego, en estos próximos capítulos que voy a dedicarle, ni ese prestigio promulgado por algunos ni los ataques bastante disparatados de otros, me van a impedir volver a disfrutar de su filmografía.

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