Titanes de la serie B: Jess Franco, el prolífico maestro del "todo vale"

Es absolutamente imposible glosar en un artículo de extensión limitada e intenciones modestas todos los vericuetos e idiosincrasias que ha ido adquiriendo, mutante como él solo, el cine de Jess Franco desde que su carrera arrancó en 1959 con 'Tenemos 18 años'. Es una circunstancia que sume en la frustración al crítico y el biógrafo pero que es la causa de que el fandom franquiano siga vivo y burbujeante: su icono es inabarcable.

Literalmente: si uno se adentra en los numerosos foros internáuticos que en Internet glosan las excelencias de su antihéroe se encontrarán con comunidades activas y movidas por la pasión pura. Gente que celebra que distribuidoras minúsculas de países ignotos restauren películas que se creían perdidas, o que solo habían circulado en versiones censuradas y que se redescubren en mudanzas o limpiezas de sótanos de productoras ya difuntas.

Aunque Jesús Franco, falleció hace ahora tres años, su filmografía sigue llena de sorpresas. Da igual que acabes de llegar a los pantaosos dominios del bajo presupuesto o que seas un encallecido consumidor de cine de cuarta división (no en nuestros corazones, por supuesto): el cine de Franco es tan indómito y salvaje que te seguirá sorprendiendo como el primer día. Repasemos algunos de sus hitos.

Un talento sin freno

El malagueño Jess Franco, nacido Jesús Franco en 1930, pero conocido por múltiples seudónimos -como Candy Coster, Clifford Brown Jr., Jack Griffin, Joan Almirall, J. Frank Manera o Lulu Laverne, por mencionar solo unos pocos al azar de la casi treintena que exhibió en su filmografía- es uno de nuestros mitos delfantaterror hispano, y sin duda el más prolífico. Rodó unas doscientas películas en países de toda Europa, a sueldo y/o en coproducción.

Estudió, tras la Guerra Civil y licenciarse en Derecho, en el Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, pero lo dejó ya que le reportaba mayor satisfacción publicar novelas policiacas bajo el seudónimo de David Khunne y tocar jazz en antros de Madrid, Barcelona, Francia y Bélgica. Empezó a trabajar como ayudante de dirección para gennte como Juan Antonio Bardem, León Klimovsky o Luis García Berlanga.

En 1959 debutó con su primera película, 'Tenemos 18 años', y el coqueteo con el terror de la comedia 'Vampiresas 1930' se confirma en su primera gran película, 'Gritos en la noche'. En esta primera época coquetea con el policiaco y el terror, y rubrica películas como 'La muerte silba un blues' o 'Rififí en la ciudad', además de hacer ayudar en la dirección a Orson Welles en 'Campanadas a medianoche' y en las inacabadas 'La isla del tesoro' y 'Don Quijote'.

A finales de los sesenta, Franco adquiere ya un estilo completamente libre y personal, y firma películas esenciales como 'Necronomicón', o 'Las Vampiras'. Ya en los setenta su estajanovismo creativo se multiplica, se autoexilia y empieza a rodar varias películas al año (y a multiplicar las versiones internacionales de las que rodaba), por encargo o a través de su propia productora, Manacoa Films.

Es en esta época donde también comienza a desarrollar técnicas que le permiten multiplicar su productividad. Por ejemplo, reutiliza escenarios, guiones y repartos para rodar una y otra vez variantes de la misma idea, un concepto muy jazzístico por el que ha sido casi tan criticado como por sus alimenticias y muy divertidas incursiones en el porno durante los ochenta.

Se reveló como un conocedor profundo de Sade, sacó del olvido a mitos del cine de género caídos en el olvido, a menudo ofreciéndoles sus últimos grandes papeles. Y arremetió una y otra vez contra la Ley Miró que tanto daño hizo al cine de género y de serie B en España, lo que le condenó al ostracismo hasta que fue reivindicado en los noventa.

Adentrarse en el cine de Jesús Franco es una tarea tan demencial como los propios vericuetos expresivos de su cine. A él mismo parecía encantarle la marginalidad en la que estaba sumergida su obra. Pero comenzar a ver películas de Franco es a veces descorazonador debido a la experimentación y el descuido formal de muchas de ellas. Por eso hemos seleccionado estos 8 hitos del cine de Jesús Franco: la mejor puerta de entrada a un mundo único.

Gritos en la noche (1962)

La primera película de terror de Jesús Franco. Gracias a su éxito, configuraría buena parte del cine que rodaría después. Aunque Franco aún rueda aquí con bastante clasicismo (¡guiños al expresionismo, a los seriales y al gótico de la Universal!), se nota su querencia por lo grotesco y el grand-guignol (la película es una versión inferior de 'Ojos sin rostro') y es la primera desventura de su mad doctor, un Dr. Orloff que viviría peripecias mucho más locas.

Sin duda el conocedor de Franco disfrutará viendo cómo las convenciones visuales y sonoras de estas primeras películas (y la presencia de su actor fetiche Howard Vernon) se pervertirían y retorcerían hasta lo indecible en futuras obras del director. Y el novato que aterrice en su filmografía a través de esta relativamente convencional película de horror gótico no podrá sospechar lo que todavía se le puede venir encima...

Miss Muerte (1964)

La última película en blanco y negro de Jesús Franco es perfecta para iniciarse en el cine del director, ya que pese a su componente onírico y surreal, mantiene aún muchos elementos de cine de género que la hacen más fácilmente digerible. Coproducida entre España y Francia, cuenta cómo una científica tronada usa a una bailarina erótica a la que controla a distancia para vengarse de aquellos a quienes culpa de la muerte de su padre.

Atmosférica, expresionista y muy cuidada visualmente, 'Miss Muerte' posee unos tropos argumentales que Franco reciclaría una y otra vez, en películas como 'Fu Manchú y el beso de la muerte', 'She Killed in Ectasy' o la rarísima 'Venus in Furs'. Franco siempre se quejó de los problemas que le ocasionó la censura, pero aún así, y pese a la relativa timidez de su erotismo, el duelo interpretativo entre Mabel Karr y Estella Blain es explosivo.

Necronomicón (1968)

La película más sofisticada de Jesús Franco ha ido siendo reivindicada con los años como una auténtica joya del fantástico europeo y fue estrenada, de forma muy significativa, en 1968, un año cuya filosofía de amor libre y arte puro vertebra toda el cine del director. Fue su primera película rodada enteramente fuera de España, lo que también supone un hito en la producción de sus películas.

La película más vanguardista e inclasificable de Jesús Franco roba ideas del giallo, el comic erótico y la nouvelle vague.

La protagonista de 'Necronomicón' (o 'Succubus', como se la conoce en otros países) es Lorna Green (Janine Reynaud) artista nocturna en cuyo espectáculo se representan crímenes de estética sadomasoquista y que, por supuesto, serán cometidos en la realidad. Replicando los giallos que comenzaba a producir Mario Bava -género que dicen las malas lenguas que inventó Franco con su 'La mano de un hombre muerto' en 1962-, así como los descubrimientos de la nouvelle vague, la película es puro Jesús Franco.

Mensajes sadianos, maniquíes que cobran vida, unas interpretaciones arrebatadas y casi en trance, erotismo que oscila entre lo onírico y lo pedrestre, guiños a la literatura popular y de género de la que Franco era devoto, pero sin perder una extrañísima vibración experimental... Una de las películas imprescindibles para entender a Jesús Franco, aunque de buenas a primeras presente un muro aparentemente infranqueable.

El caso de las dos bellezas (1969)

Un opuesto estético (pero con todo el sentido del mundo) de 'Necronomicón', y antes de que Franco se adentrara en el turbio mundo de la exploitation erótica, esta parodia delirante y pop de las películas de espionaje forma un díptico con 'Bésame, monstruo', de ese mismo año. Aquí se huele a 'Diabolik', 'Los crímenes del museo de cera', 'El fotógrafo del pánico' y muchas otras referencias de galopante cinefagia.

El artista con parche Klaus Thriller y su ayudante hombre-lobo (así es como se empieza una sinopsis) son los principales sospechosos en un caso investigado por una pareja de féminas detectives, que obran bajo el seudónimo de Labios Rojos. Hedonismo, descerebre y devoción por los subgéneros populares en una película despreocupada y divertidísima.

Las vampiras (1971)

También conocida como 'Vampyros Lesbos', estamos ante otra película que aprovecha la casi patológica cinefilia de Jesús Franco para poner patas arriba un mito del fantástico. En este caso con la historia de una vampiresa aficionada a tomar el sol (increíble Soledad Miranda) y que se alimenta solo de sangre femenina. Desde las intenciones del inevitable cazador de vampiros al propio sexo del monstruo, las tornas se invierten.

Visualizando el castillo / chalecito de la vampira con ojo abiertamente sicodélico y con una banda sonora jazzística y envolvente, compuesta en parte por el propio Franco, 'Las vampiras' es una de las películas del director que mejor hace equilibrios entre la exploitation erótica pura y dura y la visión de autor. Calurosa y circular, hace palidecer a casi todas las demás películas de vampirismo sáfico de la época (aunque a Jean Rollin conviene darle de comer aparte).

Drácula contra Frankenstein (1972)

Después de rodar una versión de 'Drácula' extremadamente fiel al original de Bram Stoker, pero muy mediocre en términos generales, Franco acabó harto de ese academiscismo que no encajaba con él y rubricó una de las películas más chifladas de su filmografía, doblemente demencial porque parte de una serie de monstruos clásicos del terror gótico altamente codificados. Él mismo la colocaba entre lo mejor y más libre de su cine.

Aquí Franco prescinde completamente de todo tipo de convenciones narrativas: la película no tiene diálogos, solo frases aisladas sin sentido (y es muda durante media hora inicial), se mezclan sin aparente sentido ambientación decimonónica y automóviles modernos, la dejadez visual de Franco roza lo experimental... una película no para todos los paladares, pero absolutamente única si se logra entrar en su extraño mundo.

Lorna the exorcist (1974)

El devoto del Franco iconoclasta pero aún afín a cierta manera de percibir los géneros de sus inicios no tiene por qué ser el mismo que disfrute con los vertederos de pasiones ignominiosas del bajo vientre que son las producciones eróticas del Franco de los setenta (o la ya directa demencia pornográfica de los ochenta). A veces incluso son personas enfrentadas. Pero cuando ese fan es la misma persona, películas como 'Lorna the exorcist' le pierden.

Conocida también como 'Les possédées du diable', Lorna es en teoría una explotación de 'El exorcista'... si todo el mundo estuviera poseído y desnudo. Incesto, locura, satanismo... no hay aspecto moral que Franco no destruya por completo aquí (volvemos a lo sadiano, en efecto). Y también desde una perspectiva de pulcritud fílmica, donde el montaje abrupto, la escenografía paupérrima y los zooms constantes se convierten en un lenguaje propio y satánico.

La tumba de los muertos vivientes (1982)

Acabamos este repaso con una joyita que durante años ha vivido sentenciada por el estigma de ser un subproducto (que lo es y a mucha honra) nacido a su vez de otro subproducto, las películas de zombis italianas de los ochenta. Pero a su vez posee una espontánea atmósfera enfermiza, encerrada en sí misma, perfecta para el delirante concepto de partida de "zombis en un desierto africano".

Con unos muertos vivientes putrefactos y que no se rinden, un extraño ambiente onírico, unas escenas nocturnas escalofriantes y una banda sonora ululante y satánica, 'La tumba de los muertos vivientes' puede no ser un buen resumen de lo mejor que tiene que aportar el cine de Jesús Franco. Pero es un perfecto ejemplo de por qué volvemos a su cine obsesivamente, una y otra vez.

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