Cannes 2019: Terrence Malick ofrece en 'A Hidden Life' unas excesivas tres horas de hermosas imágenes y reflexiones morales

Ocho años después de ganar la Palma de Oro con 'El árbol de la vida', Terrence Malick regresa al Festival de Cannes, y a la sección oficial, con 'A Hidden Life', un ambicioso drama basado en la historia real de Franz Jägerstätter, un campesino austriaco que se declaró objetor de conciencia durante el régimen nazi, decisión que le llevó a ser sentenciado a muerte.

A la expectación que siempre rodea la presentación de un nuevo film de Malick, se añade la curiosidad por comprobar el resultado del nuevo giro en la carrera del autor texano, que mostró su arrepentimiento por haber rodado sin guion en los últimos años. Pese a ello, lo nuevo de Malick no supone una vuelta a sus orígenes sino que continúa transitando por las vías expresivas de sus trabajos más recientes, desde 'El árbol de la vida'.

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Ahora con la certidumbre de un libreto cerrado donde nos cuenta la tragedia de un mártir que Malick encuentra fascinante. Así al menos se desprende de las tres horas que dedica a explorar cómo y por qué su héroe rechaza su destino y se desvía del camino que resulta más razonable para todos los que le rodean. Desde luego nada fácil, es alistarse en el ejército y combatir, pero lo que hace Franz Jägerstätter es aun más aterrador: cárcel y condena a muerte por traidor.

A las reflexiones morales relacionadas con el horror de la guerra, los efectos que tiene en la naturaleza y cómo justificar una causa injusta, todo lo cual ya fue tratado por Malick en 'La delgada línea roja', se suman los pensamientos y argumentos en torno a la grave decisión que toma el protagonista, padre de familia, cuando llega a la conclusión de que no debe luchar. Malick abusa de este recurso y llena toda la película de intensas líneas de diálogo o en off de personajes lanzando cuestiones o citas; cualquiera que pasa por ahí tiene algo que decir, y agota.

Como en otros trabajos, Terrence Malick plasma la vida en el campo como un paraíso terrenal que nos acerca a la paz y la realización personal, y dedica bastante metraje a retratar a la idealizada familia feliz del protagonista en Radegund, lo cual acaba resultando repetitivo y un tanto cómico (como una parodia del propio Malick sobre su estilo). Del mismo modo, no se cansa de incluir escenas de los vecinos mostrando su rechazo a la decisión del protagonista.

Da la sensación de que Malick está tan enamorado de lo que ha rodado, de haber podido capturar todos estos preciosos instantes que se sienten espontáneos, que no ha sido capaz de comprender que la obra tendría más fuerza sin reiteración. Hay tanta belleza y poesía en 'A Hidden Life' que a pesar de la excesiva duración y la insistencia de Malick en dar vueltas sobre las mismas ideas, puede disfrutarse de la experiencia y quedarse con instantes tan emocionantes o poderosos como el recuerdo del viaje en moto.

Seguramente hay que verla más de una vez para poder apreciarla con más justicia, pero la cobertura de un festival no permite estos lujos. Ya veremos si el jurado presidido por Alejandro González Iñárritu considera que Malick merece entrar en el palmarés.

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