‘Z. La ciudad perdida’, no dejes que la verdad arruine una gran película

La figura de Percy Fawcett, una de las primeras estrellas del siglo XX, ha ido forjándose con el tiempo llegando a convertirse en un explorador tan famoso como Robert Falcon Scott y sus expediciones a la Antártida. Muchos dicen que fue la auténtica inspiración para Indiana Jones. ‘Z. La ciudad perdida’ ('The Lost City of Z') adapta el libro del mismo título, incidiendo en sus viajes a la selva amazónica, enfrentándose a caníbales, pirañas y terribles enfermedades tropicales.

La leyenda de ‘El dorado’, que había capturado la imaginación del mundo durante siglos, fue reinterpretada por Fawcett bautizando ese tesoro perdido como la ciudad de "Z". La película hace un buen trabajo en dotar de épica la obsesión del personaje real, dándole un aura romántica y misteriosa a su última expedición, en 1925, que terminó en tragedia cuando junto a su hijo de 21 años, desapareció misteriosamente y nunca más fue visto. Esto forjó la propia leyenda del explorador cuando decenas de grupos de rescate fueron en su busca.

Una de las mejores películas del año

La quimera de la búsqueda de su ciudad perdida se transformó en la de propio Fawcett. Tras no encontrarse ni rastro de él, su reputación real pasó de aventurero intrépido a uno más bien descuidado e imprudente. Más cuando casi 200 de sus rescatadores también desaparecieron en la selva amazónica víctimas de enfermedades, fauna peligrosa, tribus ocultas o simplemente se perdidos. Esto contribuyó a que su historia no se ornamentara con rosas y lírica hasta la llegada de la novela que sirve de base de esta más que notable obra de aventuras.

Si hay algo que consigue James Gray es transmitir con astucia la razón por la fascinación que el personaje causaba en sus días y por la que es un perfecto material para una gran historia cinematográfica: su tesón y perseverancia con la idea de su misterio en medio de la jungla. Este objetivo, normalmente interpretado como un delirio más parecido al de Aguirre y el dorado, es envuelto en ‘Z La ciudad perdida’ como una capa de profundidad mística del personaje en la que incluso la muerte de su hijo se trata desde una perspectiva espiritual.

Es innegable que el poder evocador de las imágenes y los meandros narrativos de James Gray han dado como resultado una experiencia fílmica profunda y extraordinaria. Con una reiteración en el tema conradiano de Herzog, y guiñándole el ojo en los pasajes en el río, su estructura entrecortada, a base de una sucesión de clímax desorientados en cada uno de su actos, dan lugar a una visión global y seductora de una vida singular que merecía la pena ser contada.

‘Z. La ciudad perdida’: mirada amable del explorador que inspiró 'Indiana Jones'

Otra cosa es la manera en la que la película acaba inclinando la balanza hacia lo puramente cinematográfico, dibujando un aura de salvador al personaje, haciéndole un bonito favor dibujándole como “amigo de los indios”, cuando era un redomado racista, no dudaba en apretar el gatillo, que apenas tenía conocimientos del lenguaje de las tribus que se encontraba, y una comprobada incompetencia organizando sus expediciones que llevó a la tumba a muchos de sus colaboradores, contribuyendo este hecho a su mito de superviviente experimentado, pues siempre salía con vida donde sus acompañantes perecían.

Tanto por su falta de descubrimientos reales como sus escasas publicaciones, apenas unos estudios de cartografía, su trabajo real no es demasiado apreciado en los foros más especializados (más bien al contrario), pero su tesón y su relaciones con el mundo de los espíritus —también fue discípulo de la charlatana psíquica Madame Blavatsky—crean un indudable atractivo para su figura, que es completada por su papel de cazador excepcional, su misión personal de lavar el nombre de su familia o su papel en la primera guerra mundial.

Todo ello, claro está, convenientemente salpimentado por las intermitentes apariciones de su esposa, a la que se le quiere dar más papel en el conjunto de la historia, tratando de limpiar el posible impacto de su rol pasivo en el devenir de la trama con un amago de empoderamiento a base de subrayados ridículos —“soy una mujer independiente, querido”—, e intentos de limpia de elementos sexistas que acaba ahogado entre biberones cuando el único manifiesto que queda a flote es el contrario al que pretende: “mira en que buena madre y esposa me he convertido”.

Afortunadamente, la decoración de los hechos no riñe con el lado humano de Fawcett. Su capacidad de supervivencia y cabezonería van relacionadas y hay ciertos momentos de grises que, aunque insuficientes, dan un arco más denso a lo que no deja de ser una obra de aventura telúrica, más o menos tradicional, que expone una visión influenciada de vuelta por las ficciones que inspiraron las andanzas de Fawcett: ‘El Mundo perdido’ de Sir Arthur Conan Doyle o la figura ambivalente de arqueólogo/estudioso/héroe de acción de Indiana Jones.

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