La efectista y cachonda amoralidad de 'House of Cards'

Francis Underwood quiere ser Secretario de Estado. Lleva trabajando toda su carrera, saltando de un presidente a otro, para poder lograrlo. Entra en una habitación, convencido de que por fin ha llegado su momento. Pero no. Le prefieren en el Congreso, es más valioso ahí, dicen. Y con esa promesa incumplida comienzan sus artimañas para, uno a uno, vengarse y subir las escaleras hacia la cima del poder dejando todos los cadáveres necesarios por el camino.

Este es el punto de partida de ‘House of Cards’, drama político protagonizado Kevin Spacey y Robin Wright que Netflix ya ha puesto a disposición de sus suscriptores y que llegará a España el 21 de Febrero de la mano de Canal +. Es adaptación una serie británica homónima y su productor ejecutivo es David Fincher (‘La Red Social’, ‘Zodiac’), que ejerce también de director en los dos primeros episodios de la serie, que son los que he tenido ocasión de ver.


Corrupción a un ritmo frenético

Una telaraña de tretas plantadas y ejecutadas con astucia pero con tiento podría llevar a un drama de cocción lenta, y ese era uno de mis miedos de cara a enfrentarme a la serie. Sin embargo, me ha sorprendido con un esquema mucho más fragmentado que plantea la venganza de Underwood en pequeños objetivos, consiguiendo un gran ritmo en los episodios, que enganchan y no decaen en interés en ningún momento.

Pero si hay algo en el formato de ‘House of Cards’ que llama realmente la atención, es la ruptura de la cuarta pared. Esta herramienta de complicidad con el espectador está muy de moda últimamente entre las comedias, pero es un recurso más difícil de encontrar en el drama, y sobre todo cuando hablamos de un pseudothriller político aparentemente serio. Kevin Spacey interpreta con aplomo a éste ambicioso y carismático político, pero con un punto gamberro cabroncete que esas miradas a cámara subrayan aún más, dándole un punto cachondo que sienta estupendamente al conjunto del episodio.

Pocos obstáculos y mucha falsedad

Underwood es implacable, sus dedos son muy largos y su astucia muy afilada, pero sus enemigos no están a la altura. Es uno de los grandes desaciertos de serie y es que todo se antoja demasiado fácil y forzado. Todos caen en sus redes, nadie se sale de la línea marcada ni supone un obstáculo para él hasta límites que pasan lo efectista y entran en el ridículo, como que un candidato a Secretario de Estado sea tan inútil como para no tener la labia política básica de echar balones fuera para salir del paso y no reírse de un tema polémico ante todo el país. Sí, ese momento en concreto funciona cuando miras al otro lado del cristal, a Underwood y su socio saboreando la victoria, pero tanto efectismo ensombrece el resultado.

Y es que ‘House of Cards’ es falsa. No hay quien se crea una palabra de esas sentencias pedantes, de ese matrimonio de diálogos crípticos y exageradamente alegóricos, extremos como el costillar a las siete de la mañana o el pisotear con palabras a un vagabundo. Soy la primera que disfruta de un antihéroe saboreando la victoria de forma pomposa, pretenciosa y algo metafórica, pero en momentos puntuales.

Todo esto le quita mucha verdad a una serie que con sarcasmo quiere hablar sobre la corrupción política y moral, la manipulación, la ambición y la debilidad. Las tramas y personajes que manejan no son originales, no muestran nada nuevo ni sorprenden y no digo que deban hacerlo, pero si el atractivo está más en el cómo que en el qué, todo ese efectismo y falsedad ensombrece demasiado el resultado.

El matrimonio implacable

Pero ellos. ¡Ay, ellos dos! Robin Wright y Kevin Spacey están magníficos en unos papeles muy difíciles de sostener por ese exceso que comentaba, y el carisma y la frialdad con los que le dan vida elevan la valoración final. El resto del reparto no destaca especialmente, ni siquiera Kate Mara, cuyo personaje desluce mucho con ese papel pasivo en lo periodístico pero activo en la pelea de gatas.

Salvo el remo y algún que otro tic tratando el suspense, la dirección de Fincher no destaca especialmente, aunque diría que es más por una cuestión de coherencia total del estilo, ya que él sólo dirige los dos primeros. En definitiva, mis palabras dejan ver que esperaba bastante más de un proyecto con éste planteamiento y esas credenciales, pero consigue interesar, entretener (mucho) hasta enganchar, la música es estupenda, y sólo con Kevin Spacey merece la pena. Y bueno, alguno de los problemas que he visto en estas dos primeras entregas se pueden limar en próximos episodios. Espero que así sea.

En ¡Vaya Tele! | Trailer de ‘House of Cards’, la esperada unión de Netflix y David Fincher

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