Gary Oldman, el príncipe de las tinieblas

En un poeta, la obra de arte, el poema en sí, puede ser una abstracción de sus sentimientos y deseos más profundos, hasta el punto de que llega a ser algo independiente de sí mismo, como si tuviera vida propia y gozara de autonomía. Esto ocurre, más o menos, en todas las artes. Excepto en una. En el caso de la interpretación, la obra de arte del actor es el actor en sí mismo. Es decir, él es la obra de arte, su cuerpo, su personalidad. Muchas veces se convierten en marionetas de los directores, pero de alguna forma conservan su dignidad en cuanto a obra de arte, como estatuas que cobran vida.

En realidad, creo que los directores buscan a obras de arte vivientes que sirvan de escaparate, ejemplo máximo, de su ideal de hombre o mujer, un siervo que experimente lo que el demiurgo quiere explorar. Pocos o casi ninguno vivo poseen el talento, la capacidad de mutación, el ingenio proteico, del arcángel Gary Oldman, un intérprete capaz de derramar como pocos su enorme humanidad en una pantalla, pero también de asombrarnos y fascinarnos con sus oscuros príncipes demoníacos, siempre elegantes y torturados. Pero es más, mucho más, este grandioso intérprete.

Nacido hace 52 años en New Cross, Londres, es hijo de una ama de casa y un soldador, y por tanto de procedencia humilde. Su padre, según Gary, era violento y alcohólico. A pesar de eso, es un músico y cantante precoz, y un mal estudiante. Abandona música y estudios y se dedica en cuerpo y alma a la actuación. Asiste a clases de teatro y finalmente participa en numerosas obras, pero también le tienta el cine, aunque no es hasta 1986 que consigue un papel relevante, en la estimable ‘Sid & Nancy’, en la que interpreta a un irreverente y sorprendente Sid Vicious. Es la primera vez que le vemos interpretar a un arcángel ambiguo y andrógino, abyecto y entrañable. Muy pocos son capaces de lograrlo. Su papel fue alabado por algunos críticos y su nombre empezó a sonar como actor a tener en cuenta.

Una carrera irregular pero fascinante

Pero Oldman, de manera muy inteligente, supo moverse con sensatez por el cine independiente, labrándose un nombre sin prisas por llegar al estrellato, participando en películas tan interesantes como ‘Rosencratz y Guildestern han muerto’, ‘El clan de los irlandeses’ o ‘Henry y June’. En la segunda de ellas volvía a ser el actor más interesante de la película, a pesar de ser casi un desconocido, eclipsando a Sean Penn o Ed Harris (se dice pronto) con su papel de mafioso irlandés alcohólico y perturbado. Su energía y su valentía en pantalla son de las que dejan huella. Pero muy pronto el mundo entero iba a admirar su talento.

Su papel en ‘J.F.K.’, dando vida nada menos que a Lee Harvey Oswald (el supuesto, e improbable, asesino del presidente Kennedy) le valió la consideración internacional como intérprete incomparable. De alguna forma, su Oswald reincide en su Sid Vicious o su Jackie Flannery, como anti-héroes con un punto abyecto, pero dignos de toda conmiseración por la entrañable y doliente humanidad que en el fondo poseen. Oldman hizo el milagro: no era un actor interpretando a Oswald en aquella formidable película, si no que se había convertido en Oswald.

Pero llevó aún más lejos su imagen de arcángel, y quizá logró su papel más elegante, mortificado, genial, en la no menos genial ‘Bram Stoker’s Dracula’, donde, con empeño suicida, se empeñó con la ayuda de Coppola en contradecir cien años de vampiros con esmoquin para sorprender y cautivar con un hamlet oscuro, que es la obra de toda una vida de Oldman, pues su labor como intérprete parece destinada a ello. De tal forma que era inevitable que interpretase a Ludwig van Beethoven en ‘Inmortal Beloved’ o al salvaje Drexl Spivey de ‘True Romance’, y hasta se le pueden perdonar sus participaciones en basura como ‘Leon, el profesional’ o ‘El quinto elemento’.

Para bien o para mal, Oldman lleva 25 años construyendo variaciones de ese arcángel que a él parece obsesionarle y a nosotros nos enamora. Porque su genial construcción de un personaje tan complejo como Sirius Black en la serie de películas de Harry Potter es de las que merecen el visionado de una película. Si ‘El prisionero de Azkaban’ fue excepcional, ‘El cáliz de fuego’ le tiene en muy breves pero importantes momentos, y en ‘La orden del fénix’ es sencillamente lo mejor. Su Sirius Black es una soberbia variación de Vlad Tepes: distinguido y romántico, oscuro y afable.

Sus ojos azules (con reflejos verdes) parecen oscuros muchas veces, como si el negro se apropiase de ellos. Su nariz prominente, sus labios casi inexistentes. Oldman (hombreviejo) es un hombre corriente convertido en actor superdotado, que no tiene miedo de esconder su rostro completamente en ‘Hannibal’, y que sabe aportar un inesmitable grano de arena al díptico ‘Batman Begins’/‘El caballero oscuro’: el grano de la humanidad arrolladora, de la mirada limpia y la honestidad por bandera. Tal como ha hecho en toda su carrera. Ahora se ha convertido en algo parecido a un actor secundario de lujo. No deben existir muchos papeles principales para un actor tan singular, dotado y escurridizo.

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