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'J.F.K.: caso abierto', la búsqueda de la Verdad

'J.F.K.: caso abierto', la búsqueda de la Verdad
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Muy pocas veces el cine está a la altura de la música o la literatura, por no decir casi ninguna. Ocupado generalmente, además, en asuntos menores, cuando el cine, como el resto de las artes, tiene la misión de encargarse de asuntos mayores. En humillante desventaja frente al arte más perfecto de todos (la música), y dependiendo generalmente de otro al que ya debería haber superado (como el teatro), pese a todo siguen apareciendo, año tras año, hitos del cine. Uno de ellos es ‘J.F.K.: caso abierto’, dirigido en 1991 por Oliver Stone.

Sin ningún género de dudas, la película más completa y más perfecta filmada por Oliver Stone hasta la fecha (y que ya parece muy improbable que pueda superar), ‘J.F.K.’ se erige, además, como el más apasionante y complejo thriller político de la historia del cine, al mismo tiempo documento y aventura, denuncia y parábola del hundimiendo social y moral de un país, que en la década de los sesenta comenzó la labor de desguace político y económico en que ahora se ve inmerso. Una cruzada, además, de un hombre bueno y valiente, capaz de enfrentarse al fascismo y la escalofriante indiferencia conque los gobiernos tratan a los gobernados. Y teniendo en cuenta el momento en que estamos, parece más necesaria que nunca.

Stone, obsesionado por las grandes figuras políticas de la historia (a las que ha ido ofreciendo importantes trabajos, como ‘Comandante’, ‘Alejandro’, o la misma ‘Nixon’), encuentra en la figura del fiscal Jim Garrison y el mártir John Fitzgerald Kennedy, los faros para acercarse a una época crucial de la historia americana. Esto es: el principio del fin. El asesinato de Kennedy como expresión máxima de la transformación de un país en un gran negocio de guerra, con Vietnam y Laos como máximos exponentes de un imperialismo voraz.

El coraje de un fiscal

Comenzamos de manera insuperable, con un prólogo que mezcla, como en numerosas partes de la película, imágenes documentales con ficticias, color y blanco y negro, escuchando el discurso de despedida del presidente Dwight D. Eisenhower, y dando paso a las palabras de su sucesor, John F. Kennedy. Ya en estos discursos si prestamos atención, está la semilla del futuro devenir de Estados Unidos, de las razones fundamentales del asesinato de Kennedy, y el espíritu de una época de cambio que, en lugar de ir a mejor, como se esperaba, fue de la peor manera imaginable.

Y tras la magnífica presentación del personaje protagonista, Jim Garrison (Kevin Costner), al que vemos por primera vez cuando le avisan de que han disparado al presidente, y de otros personajes importantes como el de David Ferrie (Joe Pesci), Garrison “dormirá” (según sus propias palabras) durante tres años, para a continuación darse cuenta de que la Comisión Warren sólo había llegado a conclusiones absurdas acerca del atentado mortal. Y al escarbar un poco, encuentra tal cantidad de porquería, que acaba llegando a los tribunales con un caso que, hace más de cuarenta años, demostró una conspiración en torno a Kennedy.

Y en un caso tan complejo (a pesar de que las barbaridades de la Comisión Warren las desmontaría un colegial, tan torpes son los mentirosos que ocupan el poder en Estados Unidos y en cualquier otra parte del mundo) Oliver Stone no se pierde en ningún momento, ni pierde al espectador. Principalmente por escribir, al alimón con Zachary Sklar (periodista y profesor de periodismo, y que había trabajado con Jim Garrison en un manuscrito acerca del asesinato de Kennedy), uno de los guiones más perfectos de los últimos años, en el que nada falta y nada sobra, y que da lugar, luego en la pantalla, a un trenzado de agilidad e intensidad, a una épica verbal y argumental realmente excepcional.

En esa épica seremos testigos del ilimitado coraje de un fiscal, de cómo casi pierde a su familia, de la manera en que el gobierno intenta desacreditarle y emponzoñarle (a un fiscal de Nueva Orleans…), de como se zambulle en una espiral de mentiras e intereses económicos, de cómo asiste estupefacto a otros asesinatos, como los de Robert Kennedy o Martin Luther King. En definitiva, de cómo se derrumba un país, la mayor potencia económica del mundo, de cómo lo venden, lo exprimen, lo usan y lo tiran.

Un reparto y un equipo de antología

Para encontrar algo similar a la colección de rostros de ‘J.F.K.’, tenemos que buscar ejemplos parecidos a ‘La delgada línea roja’. Se citan aquí varios actores portentosos, y es un grupo de intérpretes que firma, quizá, el mejor trabajo de sus vidas. Por encima de todos ellos, posiblemente, el gran Tommy Lee Jones, en un papel complejísimo y muy desagradecido, que debió darle el Oscar. Pero también Joe Pesci, el fallecido John Candy (que borda un papel abyecto), Kevin Costner en el mejor papel de su carrera, la maravillosa Sissy Spacek, un Gary Oldman alucinante que se hizo famoso por su papel de mártir, Michael Rooker, Laurie Metcalf, un sensacional Kevin Bacon, un imperial Donald Sutherland, Vincent D’Onofrio, las apariciones estelares de Jack Lemmon (que está increíble) o Walter Matthau...

Y no sólo eso, sino que Stone se rodeó de un equipo de primerísima línea, como el director de fotografía Robert Richardson (con el que ya había trabajado en varias ocasiones y que aquí firma uno de los mejores trabajos de su dilatada carrera), el músico John Williams (que compone un score inolvidable, íntimo y épico a un tiempo, oscuro y esperanzador), o los montadores Joe Hutshing y Pietro Scalia, que ganaron el Oscar por un montaje que, para muchos, es uno de los más perfectos de la historia del cine.

Stone se apoya en estos gigantes y construye una puesta en escena sobria y percutante. Narra a lo grande, a lo Welles, a lo Huston, a lo Ford, mezcla estilos visuales y genéricos (documental, suspense, thriller, melodrama), inspira y seduce en tres horas de interrogatorios y juicios, es capaz de crear una vida absolutamente veraz (la mujer que saluda y canta con Garrison a la entrada del restaurante, los flirteos del homosexual de Bacon, la camaradería de los ayudantes del fiscal…). Nos arroja un rayo de luz (de esperanza y de conocimiento) mientras certifica las tinieblas que se han apoderado de un país ya enfermo, y ahora muerto y enterrado.

Palabras mayores, Cine con mayúsculas, complejo y grande, universal, definitivo, cine que es música en su continuo secuencial, tragedia y verdad. Una excepcional obra maestra.

“Dedicado a la juventud, cuyo espíritu por la búsqueda de la verdad sigue vivo”

-Oliver Stone

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