El episodio final de 'Good Omens' es una chapuza, pero sus protagonistas obran el último milagro y creo que compensan todo lo demás

El episodio final de 'Good Omens' es una chapuza, pero sus protagonistas obran el último milagro y creo que compensan todo lo demás

Tocará correr un tupido velo

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'Good Omens'
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Belén Prieto

Editora

Cuando 'Good Omens' llegó a Prime Video, rápidamente se convirtió en una de esas rarezas imposibles de imitar: una fantasía irreverente y divertida -con su corazoncito- que conseguía mezclar el Apocalipsis con romances imposibles, burocracia celestial y diálogos afiladísimos. La química entre Michael Sheen y David Tennant elevó la serie muchísimo más allá de la adaptación literaria, hasta convertirla en un auténtico fenómeno de culto. Pero el camino hacia su final ha sido de todo menos sencillo. 

Después de años de espera, polémicas alrededor de Neil Gaiman y una producción reducida de seis episodios a un único especial de 90 minutos, el cierre de 'Good Omens' llega envuelto en una sensación de despedida apresurada. Y aun así, incluso en sus momentos más torpes, la serie sigue teniendo algo especial.

Una sombra se cierne sobre las buenas intenciones

Se nota desde el principio que la tercera temporada -o más bien el episodio final- carga desde el principio con una inevitable sensación de recorte apresurado. Se percibe que había mucho más material y demasiadas ideas y que todo se ha tenido que condensar irremediablemente en apenas hora y media. 

La historia intenta abordar el Segundo Advenimiento, nuevas conspiraciones celestiales y hasta la desaparición de Jesús, pero durante buena parte del metraje todo avanza de forma atropellada, como si la serie estuviera constantemente intentando ir a contrarreloj y recuperar el tiempo que ya no tiene.

A esto se le suma la ausencia creativa de Neil Gaiman tras las acusaciones en su contra, que es algo que termina afectando muchísimo al tono de la serie. 'Good Omens' siempre había tenido una mezcla muy concreta de ironía, ternura y caos controlado, y aquí esa voz queda desdibujada. Hay escenas que parecen pertenecer a otra serie, especialmente cuando introduce nuevos personajes o subtramas que nunca terminan de desarrollarse.

Sin embargo, incluso con todos estos problemas, hay algo que sigue funcionando casi milagrosamente: Michael Sheen y David Tennant. La serie puede perder ritmo, cohesión o incluso parte de su identidad, pero cada escena que comparten Aziraphale y Crowley nos vuelve a recordar por qué tantos espectadores nos hemos quedado hasta el final. Su dinámica continúa siendo el verdadero motor de 'Good Omens' y eso será difícil de olvidar.

El alma de la serie

'Good Omens'

La historia retoma la ruptura que vimos al final de la segunda temporada, con Aziraphale trabajando en el Cielo mientras Crowley sobrevive en la Tierra,  completamente devastado. La separación pesa muchísimo durante buena parte del episodio, y aunque la trama celestial intenta ocupar el centro del relato, lo único que realmente importa es ver cómo ambos personajes vuelven a encontrarse.

A lo largo del metraje, el especial introduce ideas interesantes como Jesús vagando por la Tierra, conspiraciones dentro del Cielo o artefactos sagrados que desaparecen, pero en realidad todo funciona como excusa para cerrar la historia de amor entre sus protagonistas. Y ahí es donde acierta de verdad. Porque cuando finalmente deja de distraerse con subtramas y permite que Crowley y Aziraphale hablen, discutan y se enfrenten a lo que sienten, 'Good Omens' vuelve a parecerse a la serie que nos enamoró al principio.

El final quizá no tenga la grandeza o la épica que se merecía, pero sí que consigue emocionarnos. Puede que la despedida llegue de forma apresurada y que se note constantemente todo lo que quedó fuera, pero el cierre entre ambos personajes funciona precisamente porque entiende qué era lo verdaderamente importante para los fans. Después de tantos problemas, cambios y polémicas, 'Good Omens' les concede a sus personajes algo parecido a la paz. Yo creo que elijo quedarme con eso a pesar de todo. Siempre nos quedarán los viajes en el Bentley de Crowley al ritmo de Queen.

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