Ciencia-ficción: 'Demolition Man', de Marco Brambilla

De acuerdo, fue un período muy breve, pero aproximadamente durante los dos o tres años que siguieron al estreno de 'Demolition Man' (id, Marco Brambilla, 1993), y desde que la adquiriera convenientemente en VHS pocos meses después de haberla visto en cines, la cinta protagonizada por Sylvester Stallone y Wesley Snipes fue una de las que más llegue a revisar hasta el punto de saberme diálogos enteros de memoria.

Podéis achacar tamaño arranque de lo que después comprobaría que era locura transitoria a lo que queráis, a una mala época, a que a mi novia de por aquél entonces le encantaba la película de marras —por algo sería que lo terminamos dejando...— o a que, siendo honestos, la cinta me seguía entreteniendo como el primer día; pero lo cierto es que si en ese tiempo no le "cayeron" a la película una veintena de visionados, no le cayó ninguno.

Afortunadamente, tras ese primer período, dejé de lado tan reiterados acercamientos para rescatar a la cinta, cosa de un lustro después, cuando Warner la editó en DVD. Recuerdo aquél sábado por la mañana en mi piso de estudiantes de Sevilla, recuerdo la expectación previa por verla a más calidad, pero sobre todo recuerdo el cubo de agua helada que supuso asomarme a algo que, para nada, era lo que guardaba mi memoria...reciente, que tampoco habían pasado tantos años.

'Demolition Man', ante todo, descerebrada

Lo que poco tiempo antes me había parecido un entretenimiento de primer orden muy original, ahora se me antojaba ridículo en extremo, con unos diálogos capaces de hacer sonrojar al más pintado y con unas secuencias de acción al uso que eran rellenadas con una trama torpe y un villano de opereta sobreinterpretado hasta límites dolorosos por el señor Snipes.

Lo único que seguía salvando, y más por simpatía y filia que por razones medianamente defendibles, era a Sylvester Stallone en uno de esos personajes en modo superhéroe a los que tanto gusto cogió el actor hasta que su carrera comenzara a frenar de forma progresiva con la terna de producciones que siguió a esta y, por supuesto, a la deliciosa Sandra Bullock y a la simpatía que derrocha en el papel de la agente Lenina Huxley.

Un apellido éste que, en clara referencia al Aldous Huxley de 'Un mundo feliz', es uno más de los muchos guiños que la cinta introduce aquí y allá hacia el género, el cine en general —de nuevo un apellido, el de Cocteau, remite al famoso versátil cineasta y escritor francés— y la cultura popular con ese improbable cargo presidencial al que habría llegado a acceder Arnold Schwarzenegger.

Si a algo apuntan estas y otras bromas, es al talante ligero y sin pretensiones de una cinta que nunca se toma en serio a sí misma y que, vista hace unos días, después de que en aquella primera ocasión en DVD decidiera no volver a acercarme a ella —"ni con un palo", como suele decirse tanto últimamente— recupera algo de su inicial lustre gracias a contemplarla como lo que es, una comedia en toda regla.

Sí, hay ciencia-ficción; y sí, hay acción, y mucha, pero si ambos extremos se sopesan con las anteriores bromas, los descacharrantes diálogos y las esperpénticas situaciones que se le plantean a ese policía del s.XX que es despertado tras permanecer casi cuarenta años criogenizado en un mundo que le es completamente ajeno —un ejemplo, la fijación por hacer punto de John Spartan una vez le descongelan— la balanza se inclina de forma obvia hacia la comedia.

Vista así, lo cierto es que 'Demolition Man' es casi una rareza dentro de la ciencia-ficción de los años noventa por llevar hasta sus últimas y más descerebradas consecuencias el humor que estará presente en no pocos ejemplos de cuántos seguiremos repasando en este ciclo antes de dar por terminado nuestro paseo por el cine del género de hace veinte años.

Y no hay mucho más que comentar de un filme en el que a todos los actores se les podría juzgar bajo el rasero de "limitados", el mismo que cabría usar para Marco Brambilla —del que nunca más se supo tras la segunda producción que seguiría a esta, su ópera prima— o para un Elliot Goldenthal tan ecléctico y poco memorable como el resto de un conjunto al que, para más inri, el tiempo no ha tratado muy bien que digamos.

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