Cine en el salón. 'El tren del infierno', el precio de la libertad

No existe bestia tan feroz que no sienta alguna piedad. Yo no siento ninguna; luego no soy tal bestia.

Y lo consiguieron. Tras muchos esfuerzos, muchos —muchísimos— proyectos fallidos y haber criado con esmero una fama que les perseguiría para siempre, Golan y Globus daban el que, a la postre, sería el único paso certero de toda su andadura, produciendo un filme al que Roger Ebert le otorgaría sus preciadas cuatro estrellas y que les llevaría a competir, por fin, en la sección oficial del Festival de Cannes amén de dejarles tres nominaciones a los Oscar. 'El tren del infierno' ('Runaway train', Andrei Konchalovsky, 1985) se convertía así, como bien apuntaba nuestro lector Jemoen en los comentarios de 'Lifeforce' (id, Tobe Hooper, 1985) en "lo único decente que salió de la Cannon".

Con un guión escrito por Akira Kurosawa que inicialmente iba a suponer el primer filme en color del maestro nipón y que terminaría reescrito a seis manos por Djordje Milicevic, Paul Zindel y Edward Bunker, la temática de 'El tren del infierno' sonará muchísimo a quiénes hace tres años acudiera a los cines a ver 'Imparable' ('Unstoppable', 2010) el testamento cinematográfico de Tony Scott protagonizado por Denzel Washington y Chris Pine.

Con más concomitancias con la cinta de Andrei Konchalovsky de las que Mark Bomback, el guionista de filme, estaría dispuesto a admitir, 'Imparable' usa como premisa de partida la misma que, con muy diferentes intenciones y opuestos resultados, caracteriza a 'El tren del infierno': dos hombres a bordo de un tren sin maquinista que se dirige hacia una tragedia segura a no ser que alguien consiga pararlo. En la cinta de Scott los dos protagonistas son un veterano ingeniero y un joven maquinista; en la de Konchavlosky, dos rudos presos fugados de una cárcel de máxima seguridad.

Marcada de forma indeleble por la idea original de Kurosawa, de la que, tras la reescritura, queda perceptible la fuerza de la metáfora central y la energía que desprende el personaje principal, 'El tren del infierno' es, no obstante, un filme que queda lejos de ser sobresaliente. A fin de cuentas, por mucho que sea lo mejor que salió de la Cannon, salió de la Cannon, con todo lo que ello implica en no pocas ocasiones de la acción.

Ya su arranque, trufado por todos los clichés posibles sobre la filmografía carcelaria —el alcaide sin escrúpulos, el preso legendario entre sus compañeros, una fuga imposible...—, acusa no pocos problemas, siendo de todo punto increíble el modo en que los personajes de Manny y Buck, interpretados por unos Jon Voight y Eric Roberts de los que hablaremos más tarde, consiguen salir de una prisión que, recordemos, es de máxima seguridad.

A partir de su salida de la cárcel, el Talón de Aquiles de la producción se trasladará de las celdas al centro de control ferroviario, lugar donde escucharemos las frases más inverosímiles —"¿Por qué con toda esta tecnología no lo podemos parar?", pregunta un técnico de dicha estación, "Hay cosas que no tienen explicación" responde un jefe circunspecto— y en el que, por mor de un equivocado sentido del humor, jamás llegaremos a palpar la tensión que si viviremos a bordo del tren.

Éste, protagonista silente de la acción —es un decir, dado el ruido atronador del que hace gala en cada aparición—, queda encumbrado por la espléndida dirección de un cineasta que con este filme daría un brusco giro a una trayectoria que hasta entonces había venido marcada por 'Tío Vania' ('Dyadya Vanya', 1971), adaptación del texto de Chejov que le había conseguido la Concha de Plata en San Sebastián, y 'Siberiada' ('Sibiriada', 1979), relato épico por el que se le reconocería con el Premio Especial del Jurado en el Festival de Cannes; dedicándose después el realizador ruso a chorradas del calibre de 'Homer y Eddie' (id, 1989), 'Tango y Cash' ('Tango & Cash', 1989) o ese reciente esperpento que fue 'El cascanueces 3D' ('The nutcracker in 3D', 2010).

Permítanme aquí cambiar por completo de rumbo y fijar mis miras en lo que, sin duda alguna, supone el plato fuerte de la presente producción, el duelo interpretativo entre Jon Voight y Eric Roberts —la aportación de Rebecca de Mornay al trío es la de circunstancial catalizador—. Y donde digo duelo debería haber dicho tour de force y "estoy haciendo lo que puedo para que no se me merienden", siendo el papel del "Cowboy de medianoche" uno de los mejores que se le ha visto al actor en su dilatada carrera y quedándose el del hermano de "Pretty woman" en poco más que una esforzada comparsa de aquél: la fuerza que emerge de la mirada de Voight es rubricada con cada gesto, y el indómito animal que es su personaje queda remarcado con unas aseveraciones potenciadas por cada frase diálogo y, no cabe duda, por la genial elección de la cita de 'Ricardo III' que abre este artículo y cierra el metraje.

Un metraje que, como decía, es especialmente brillante —y de un realismo acongojante— cada vez que el relato nos lleva a las vías férreas, equilibrando Konchalovsky así lo olvidable que resulta en el resto de las acciones y ejecutando por medio de ese "enfurecido" tren una metáfora visual que encuentra su punto álgido en la secuencia final: desprovista por completo de diálogos, la cruda belleza de las imágenes que el cineasta nos muestra son más poderosas que cualquier vacío y grandilocuente discurso de esos dispuestos para emocionar al respetable, algo que se hubiera mostrado de todo punto innecesario en una conclusión de talante tan alegórico y sólido como el que desprende 'El tren del infierno'.

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