Cine en el salón: 'El torreón', con el esperpento por bandera

"¡Nazis y ocultismo! ¿Si le funcionó a Spielberg, por qué no iba a funcionarme a mí?". Algo así tenía que estar pensando Michael Mann cuando, tras su estreno en la gran pantalla en 1981 con 'Ladrón' ('Thief', 1981), comenzó a buscar el proyecto con el que continuar su carrera cinematográfica, encontrándolo en este filme que suponía la adaptación de 'The keep' una novela firmada por F.Paul Wilson en la que, como apuntaba al comienzo del párrafo, se mezclan nazis, ciencias ocultas, demonios y ángeles en un cóctel tan explosivo que no es de extrañar que le terminara estallando en la cara al realizador de 'El último mohicano' ('The last of the mohicans', 1992).

Y lo irónico es que, sobre el papel y atendiendo a la novela original, había material como para poder haber rodado un filme que no se arrastrara por el fango tras un primer acto en el que la exposición de personajes todavía no apunta al infumable esperpento que tendremos que soportar durante el resto del metraje. De hecho, un rápido vistazo al reparto confirma que había voluntad por parte de Mann de filmar algo medianamente digno a tenor de nombres como Jürgen Prochnow, recién salido del éxito que había sido 'El submarino' ('Das boot', Wolfgang Petersen, 1981), Ian McKellen, Scott Glenn —que el mismo año estrenaba 'Elegidos para la gloria' ('The right stuff, Philip Kauffman, 1983)— o un Gabriel Byrne al que dos años antes habíamos visto en 'Excalibur' (id, John Boorman, 1981).

(Spoilers ahead) Presupuestada en 6 millones de dólares, todo se aúna en 'El torreón' ('The keep', 1983) para que el espectador tenga que hacer un duro ejercicio de contención y no termine profiriendo insultos contra aquellos que, hace treinta años, fueron responsables de un filme que no hay por donde cogerlo: ya en el comienzo, con esas tropas nazis avanzando al compás de la horrenda partitura compuesta por Tangerine Dream —¡y pensar que este grupo fue el elegido para sustituir la música de Jerry Goldmisth para 'Legend' (id, Ridley Scott, 1985) en su versión europea americana!— comienza a intuirse que algo no cuadra, pero lo enigmático del arranque, la presencia de Prochnow y la intriga por saber qué será esa fortaleza imponente que guarda un pequeño pueblo de Rumanía hacen que la actitud crítica quede aletargada momentáneamente.

De hecho, si dejamos a un lado lo ridículo del planteamiento visual inicial de la secuencia —digna hija de los ochenta, por otra parte— el momento en el que los dos soldados alemanes descubren la inmensa cueva que oculta la fortaleza es de esos que promete, a partir de entonces, emociones de una dimensión considerablemente épica. Pero el concepto de la épica de Mann, que trata por todos los medios de ser original con sus encuadres y ese especial abuso que hace de la cámara lenta, es de una endeblez tal que, en cuanto Byrne y McKellen se suman a la función, toda ilusión de estar ante una cinta medianamente sólida se esfuma en cinco minutos, los que necesita el realizador para que haga acto de presencia Molasar, el perverso demonio que la fortaleza mantenía atrapado.

A partir de ahí, la poca suspensión de credulidad que le quedaba al filme se toma unas vacaciones y la cinta da un brusco giro hacia el completo festival del absurdo que podemos ver en su segunda mitad. Una mitad en la que se suceden secuencias de diálogos sin sentido, montadas con un extremo grado de dejadez por parte de Dov Hoenig y Chris Kelley —inexplicable el pésimo trabajo que hace aquí el primero, editor de títulos como 'Dark city' (id, Alex Proyas, 1998) o 'Heat' (id, Michael Mann, 1995)—, con un affair romántico/sexual entre la única mujer del reparto y un hierático Scott Glenn, y la construcción de un clímax en el que la norma es que no hay normas.

Revelados los oscuros planes del demonio —intuimos que son oscuros, porque en ningún momento se nos dice qué pretende más allá de hacer el mal— y el papel que Scott Glenn juega en todo el tinglado, la secuencia del enfrentamiento final entre el bien y el mal sólo puede calificarse como desopilante, quedando para el recuerdo ese tubo metálico que dispara fulgores rosáceos con el que el personaje de Glaeken Trismegestus, el "ángel" encarnado por el citado actor, derrota a Molasar, todo un claro ejemplo de lo olvidable que termina resultando un filme que se estrelló en taquilla y que, inexplicablemente, mucha gente considera como una producción de culto.

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