Especial Mission: Impossible | Recuperación se escribe con doble J

Por más que su taquilla hubiera sido satisfactoria —la mejor de la saga hasta el momento—, si algo dejaba claro la tibia recepción crítica que recibía 'M.I.-2 (Misión imposible 2)' ('Mission: Impossible II', John Woo, 2000) era que, de continuar —y la recaudación apuntaba a que así iba a ser—, la franquicia necesitaba aires nuevos tanto en la dirección como, sobre todo, en un guionista o equipo de guionistas que tomaran el pulso al libreto y no se limitaran a ofrecer la sarta de estupideces sin sentido que habían caracterizado a la segunda entrega de las aventuras de Ethan Hunt y compañía.

De acuerdo, estamos hablando de cine de acción y palomitas destinado únicamente a entretener y a intentar reventar las taquillas de medio mundo, y para conseguirlo no siempre es necesario un alarde en lo que a guión se refiere —y no hay mejor ejemplo de ello, de películas revienta-taquillas y mínima expresión escrita que los filmes de Transformers—. Pero de ahí a lo que podía verse en la cinta que comentábamos ayer había un trecho de cierta entidad en el que tenían cabida muchas opciones que podrían encaminarse a validar de nuevo a la franquicia.

De Fincher a Abrams

Creo que el problema con terceras partes es que la gente que las financian son expertos en la forma en la que deberían hacerse y cómo deberían ser. Llegados a ese punto, cuando tienes bajo tu cargo una franquicia como esta, lo que buscas es deshacerte de cualquier opinión no pertinente. (David Fincher)

Elocuentes palabras las del responsable de 'Seven' (id, 1994) dejando claro el porqué su implicación en una tercera parte que iba a estrenarse en 2004 terminó yéndose al traste tras comprobar el cineasta las fuertes injerencias que los productores —no sería de extrañar que con Tom Cruise a la cabeza— comenzaron a ejercer desde el momento en que puso un pie a bordo de la producción. Una producción que, tras su salida, contaría durante quince meses con Joe Carnahan.

El director acababa de estrenar 'Narc' (id, 2002) y la Paramount vio con buenos ojos la posibilidad de revigorizar la saga después de los buenos resultados que, a nivel artístico, se desprendían del thriller de acción protagonizado por Ray Liotta y Jason Patric. En el tiempo que Carnahan se mantuvo como director de 'Mission: Impossible III' (id, J.J.Abrams, 2006), llegó a trascender que el villano sería interpretado por Kenneth Branagh y que la parte femenina estaría cubierta por Carrie-Ann Moss y Scarlett Johannson.

Pero, por motivos que atañeron al tono de la cinta —habría que ver si realmente era tan erróneo como se llegó a pintar—, Carnahan abandonó la pre-producción a mediados de julio de 2004, momento en el que Cruise giró sus miras hacia J.J.Abrams, de quien había quedado prendado gracias al visionado de un tirón —más o menos, se entiende— de las dos primeras temporadas de 'Alias' (id, 2001-2006). Con Abrams como director y co-guionista junto a sus habituales Roberto Orci y Alex Kurtzman, el filme recibía luz verde a principios de 2005 con miras al estreno que se produciría finalmente en mayo de 2006.

'Mission: Impossible III', más Abrams, imposible

Desde un vibrante arranque que responde a una fórmula muy utilizada por el director en la citada 'Alias' —la de comenzar la acción en un punto indeterminado y retroceder de forma inmediata a horas o días antes de él para aclarar cómo diantres se ha llegado hasta allí— hasta un minuto final que, para muchos entre los que me incluyo, no sólo sobra sino que casi arruina la función, 'Mission: Impossible III' es una cinta 100% J.J.Abrams con todo lo (mucho) positivo y lo (poco) negativo que ello implica, claro está.

Aplicado al filme que nos ocupa, lo escaso que servidor apuntaría como la parte negativa de la cinta se reduce a algún que otro secundario desaprovechadoJonathan Rhys Meyers el que más—, el grave error de elección de intérprete que supone Billy Cudrup y, por supuesto, ese minuto final que comentaba antes y que podría haber sido eliminado perfectamente fundiendo la cinta a negro en el momento en que los personajes de Cruise y Michelle Monaghan cruzan el pequeño puente de Shanghai a salvo ya de los peligros que hasta entonces les han acechado.

Como puede intuirse, estas menudencias no llegan siquiera a suponer una pequeña molestia a la hora de disfrutar del espéctaculo constante que es el circo orquestado por Abrams, un circo que arranca de forma espectacular, que se da un breve respiro para acercarnos a la situación personal de Hunt, que sube a lo más alto con la secuencia en Alemania, que vuelve a darnos un pequeño asueto para después llevarnos a una de esas incursiones imposibles marca de la franquicia y que, a partir de ahí, sigue escalando posiciones con limitados momentos para que nos recuperemos de los diversos subidones de adrenalina.

En éste último aspecto, nada supera, primero, a la batalla en el puente y, después, a la rápida secuencia de ese salto que Cruise hace entre dos de los rascacielos más elevados de cuantos jalonan el skyline de la ciudad más poblada de China. Rodadas ambas con precisión, montadas de forma soberbia e impresas de forma inequívoca con el vibrante sello musical de un Michael Giacchino que se muestra la mejor elección posible para acompañar a las imágenes de Abrams; éstas dos set-pieces conforman lo mejor que la saga nos ha ofrecido hasta el momento junto con el robo en Langley de la primera parte y, por supuesto, lo que veremos mañana cuando repasemos la cuarta entrega.

Mención especial merecen también, de una parte, el McGuffin más desdibujado de los cuatro filmes y el que sin duda mejor funciona de todos ellos, esa "pata de conejo" que nunca llega a saberse qué es y que el simpático personaje encarnado por Simon Pegg define como el "anti-Dios"; y, de la otra —y ya iba siendo hora—, el villano que encarna con inmejorable talante un Philip Seymour Hoffmann que se entrega totalmente a la falta de escrúpulos del gran Owen Devian, el mejor antagonista que Cruise ha tenido hasta el momento a falta de saber lo que Sean Harris dará de sí.

Desafortunadamente, y es algo que podría haber puesto en peligro la continuidad de la franquicia, 'Mission: Impossible III' no tuvo en Estados Unidos la aceptación de taquilla que de ella se esperaba —y no me extrañaría nada que ello fuera debido a un lejano efecto rebote de la segunda parte—, recaudando en territorio yanqui unos quince millones menos de los 150 que supuso para las arcas de la Paramount y, a nivel mundial, unos 400 que también se quedaban lejos de lo que había amasado la segunda parte y que, al menos durante casi un lustro, dejaban en suspenso la posibilidad de una cuarta entrega...

Otra crítica en Blogdecine | 'Misión Imposible III', la mejor de la saga

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