
Las redes sociales se convierten en prueba
La última zambullida en el true crime de Netflix ha sido 'El choque' ('The Crash'), un documental que reconstruye el caso de Mackenzie Shirilla, la joven condenada por provocar el accidente de coche en el que murieron su novio Dominic Russo y su amigo Davion Flanagan en 2022.
El filme arranca dejando clara su postura desde el primer minuto: antes incluso de entrar en los detalles judiciales, la cámara convierte el perfil de TikTok de Shirilla en una especie de prueba contra ella. Selfies, vídeos de maquillaje y publicaciones superficiales se mezclan con imágenes del accidente y titulares televisivos hasta construir el retrato de una chica obsesionada con la atención, incapaz de aceptar un rechazo y emocionalmente desconectada de la tragedia.
Retrato de una adolescente
Desde sus primeros minutos, el documental utiliza los vídeos y publicaciones de Mackenzie Shirilla como si fueran una extensión directa de su perfil criminal. Netflix monta tutoriales de maquillaje, selfies y vídeos cotidianos junto a imágenes del accidente para reforzar la idea de una adolescente narcisista y emocionalmente inestable. Y el resultado es inquietante, porque la película parece insinuar constantemente que su presencia online explica el crimen.
El problema es que, aunque las pruebas del caso parecen demoledoras, el documental también nos deja una sensación incómoda, hablando de la facilidad con la que las redes sociales de una adolescente pueden transformarse en una evidencia moral ante el espectador. Más que cuestionar si Mackenzie es culpable o no, 'El choque' termina abriendo otro debate mucho más inquietante sobre cómo internet fabrica identidades y cómo esas identidades pueden ser utilizadas para contar una historia ya decidida de antemano.
Más allá del enfoque visual del documental, los hechos siguen siendo devastadores. La investigación concluyó que Shirilla aceleró hasta alcanzar más de 160 km/h antes de estrellarse contra un edificio, sin frenar ni intentar esquivar el impacto. Además, la ausencia de marcas de frenado, los datos del vehículo y varios testimonios construyen una acusación muy difícil de desmontar.
Lo más incómodo aquí no es el crimen en sí, sino la manera en que se puede interpretar el comportamiento de Mackenzie. El documental convierte publicaciones superficiales, vídeos provocativos y actitudes adolescentes en señales casi definitivas de patología emocional. Y aquí surge la duda de sise juzgaría igual a un chico adolescente que presumiera constantemente en redes sociales o si se consideraría simplemente una inmadurez.
Al final, el documental funciona porque sabe exactamente qué imagen quiere proyectar de su protagonista: la de una joven mimada, obsesionada con la atención y emocionalmente dependiente de las redes sociales. Sin embargo, también deja claro algo bastante perturbador sobre la era actual, que hay millones de personas fabricando versiones artificiales de sí mismos en internet todos los días.
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