'Everest', gélida frialdad

Antes de comenzar, una advertencia: si sois de los que picáis siempre que se estrena una cinta en 3D y os habíais planteado acudir al cine en los próximos días a ver 'Everest' (id, Baltarsar Kormákur, 2015) en dicho formato, ahorraos el gasto. Salvo un par de instantes en los que el techo montañoso del mundo se despliega ante nuestra mirada con toda su belleza, las tres dimensiones no son más que un añadido —en ocasiones hasta molesto— que aporta entre poco y nada al visionado del drama alpinista y que, como ha pasado ya en multitud de cintas que se han subido al carro de la tecnología, termina siendo una excusa barata para sacar más "cuartos" al respetable.

Desafortunadamente, no es el 3D lo único que queda desaprovechado en la nueva producción firmada por Kormákur, y aunque el director hispano-islandés firme su mejor trabajo tras las cámaras hasta el momento, es la cabeza más visible de un filme que, pretendiendo huir del dramatismo facilón y lacrimógeno, queda caracterizado por despertar en el público una alarmante indiferencia hacia esta historia basada en los hechos reales que acontecieron en el punto más elevado del Himalaya en 1996 cuando un grupo de aventureros tuvo que enfrentarse al frío, la falta de oxígeno y las extremas condiciones atmosféricas que se desataron a 8.000 metros de altura.

'Everest', emocionalmente (casi) plana

Con la parquedad por norma, algo que se observa ya desde el comienzo en una paupérrima presentación de personajes, la ausencia de ligazón emocional para con los destinos del variopinto grupo de escaladores que pretender coronar la cima del Everest por diversos motivos es un pesado lastre que la producción arrastra durante sus dos abultadas horas de metraje. Craso error cuando, más allá de la incuestionable belleza documental de mucho de lo que se nos muestra, la presencia de cierto calor humano habría conseguido levantar el interés de una platea que, si me permitís lo fácil del símil, acusa hipotermia mucho antes de comenzar a ver las nevadas cumbres del Himalaya.

Con asideros casi inexistentes durante la práctica totalidad de la proyección —sus últimos minutos intentan a la desesperada cubrir el vacío dejado por todo aquello que les precede—, la frialdad que transmite el libreto de Lem Dobbs, Justin Isbell y William Nicholson afecta sobremanera a la poca credibilidad que hace presa del elenco al completo, ya sea en una lacrimógena Keira Knightley, ya en unos hieráticos Sam Worthington, Josh Brolin y Jason Clarke —el único que convence, por lo pasado de rosca, es Jake Gyllenhaal—, un protagonista principal éste último con el que podríamos habernos identificado de forma inmediata pero que, de la misma manera que el resto de sus compañeros, queda desdibujado por completo.

Y si bien antes he apuntado a que es ésta la mejor cinta de Kormákur tras el objetivo, mucho hay que matizar dicha afirmación: haciéndose eco directo del desinterés —y la alarmante falta de foco— del avanzar del relato hacia el dramático destino de muchos de los montañistas que intentaron coronar el Everest en mayo de hace diecinueve años, el cineasta evita en lo posible acercarse a los protagonistas de la historia y se preocupa más de que los muchos planos de helicóptero y las asombrosas panorámicas de los paisajes que dibujan el telón de fondo del relato epaten al público lo suficiente como para que se olviden del resto.

Cierto es que hay bastante habilidad en dicho esfuerzo y que Kormákur nos muestra el Everest real como nunca lo habíamos visto hasta el momento en una pantalla de cine, pero de ahí a que esta hazaña encierre el interés suficiente como para ser aplaudida sin reservas o que el respetable tenga a bien dejar de lado tan fundamental punto de apoyo, hay un abismo tan insondable como aquellos que ocultan los traicioneros hielos de la montaña que da nombre al filme. Un filme que entretiene, sí, pero que no emociona, no implica y se alza más como una lección de orografía bastante precisa que como el prometedor y espectacular viaje que prometían sus avances.

Otra crítica en Blogdecine | 'Everest', espectáculo de primera, emociones de segunda

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