‘Free Fire’, disparos al aire

Nadie puede acusar a la filmografía de Ben Wheatley de no ser sorprendente y arriesgada. De una pequeña película de terror inesperada y espeluznante, que ha ido ganando reconocimiento, como ‘Kill List’ (2011) cambió de tercio al humor negro como el carbón de ‘Turistas’ (Sightseers, 2012) y tras lograr el cénit de su carrera con ‘A Field in England’ (2013) se atrevió a adaptar a Ballard con ‘High-Rise’ (2015). Y aunque aquella supuso el primer resbalón importante en su carrera, el riesgo asumido podía compensarlo.

Parece que aquella aventura elevó su reconocimiento como director y en su siguiente obra, esta ‘Free Fire’, ha conseguido reunir a un reparto de impresión. Brie Larson, Armie Hammer, Sharlto Copley, Jack Reynor, Cillian Murphy y Sam Rileyouth son un grupo atrapado en una operación de venta de armas en un almacén destartalado con dos bandos el del sudafricano, Vernon (Copley), y el miembro del Ejército Republicano Irlandés (Murphy). Las cosas se salen de madre cuando el conductor de Vernon reconoce al otro conductor como un drogadicto que asaltó a su prima en un club nocturno la noche anterior y todo el mundo empieza a disparar.

Lluvia de balas y patillas

La premisa tan sencilla se desarrolla prácticamente en una única secuencia, un tiroteo entre dos bandos dentro de una misma localización. El nombre de Martin Scorsese aparece en los créditos como productor ejecutivo, aunque no tiene mayor coincidencia con su cine que el hecho de presenciar una pelea de bandas. Pero el referente más obvio, pese a no haber atraco alguno, es ‘Reservoir Dogs’ (1992) de Tarantino, pese a que, por intenciones formales y uso de la comedia, se asemeja más a un Guy Ritchie sin hipérbole visual.

El guion de Wheatley y Amy Jump posee diálogos que se acercan al cine de gángsters más cool, pero tiene un cierto grado de autoconsciencia que la separa de la imitación rasa. Lo cierto es que tampoco llega a ser demasiado graciosa, exceptuando al siempre fantástico Copley, puesto que hay un sustrato bastante trágico en el periodo dramático en el que se desenvuelve, y el tono semiparódico esconde un aura bastante más oscura de lo que parece a simple vista.

En esto tiene más que ver con la filmografía de su director que, ofrece aquí una pieza más o menos de evasión, de tiros y diversión que aligera las alforjas de su última obra. Puede que por esa razón, los personajes estén tan vagamente definidos, que a veces son meros comparsas del arma que llevan en sus manos, lo que podría entenderse dada la dinámica de la situación y el minimalismo de la premisa, pero no deja de ser menos derroche de un gran reparto.

Diversión por debajo de sus posibilidades

Aparte de la premisa violenta, hay una intención formal que la acerca al espíritu grindhouse, estableciendo la acción en 1978, usando colores ocres y filtros dorados además del trabajo de ambientación. Las ropas, los peinados y los mostachos de los actores van entre lo convincente y la fiesta de carnaval, pero da la puntilla con el uso de música retro con efecto inmersivo. Aunque también hay cierto ánimo “tarantiniano” en el uso de canciones de John Denver, especialmente, el satírico uso de 'Annie' hacia el final.

Uno de los puntos a favor es el acertado uso del sonido, los disparos de distintos tipos de armas se distinguen a la perfección, incrementando las diferentes sensaciones de peligro conforme los criminales usan unas y otras. Sin embargo, aunque el tiroteo es constante y no hay demasiados personajes involucrados, Wheatley hace un trabajo muy pobre de establecer una geografía coherente, lo que afecta cuando todos se esconden tras escombros y cajas, disparando en todas direcciones. La acción es caótica y confusa por culpa del pésimo recurso de shacky cam.

Esto desemboca en los mismos problemas de ‘High Rise’, una narración y ejecución muy limitada, donde la máxima de estilo sobre sustancia se ve afectada por un estilo agarrotado, no demasiado interesante, en el que el autor parece haberse estancado y que afecta a otros apartados de la obra. Por ejemplo, el uso nulo de Brie Larson, lejísimos del sombreado dramático que podría tener una actriz de su talla, un nuevo ninguneo de sus posibilidades tras la decepcionante ‘Kong: La isla calavera’ (Kong: Skull Island, 2017).

Desde el punto de partida al uso de la banda sonora, todo apunta a que ‘Free Fire’ aspira a convertirse en una especie de pequeña obra de culto pero, aunque tiene un indudable factor de divertimento salvaje, nunca llega a la altura de su potencial y muestra a un Wheatley sorprendentemente conformista y anclado en el feísmo cómodo de algunas películas de acción modernas más propias de un mercado independiente convencional que de un autor al que todo el mundo empezaba a seguir la pista.

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