'Gravity', el vértigo y el éxtasis

La tercera entrega de la saga de Harry Potter ya había supuesto un salto cualitativo con respecto a su anterior filme. 'Hijos de los hombres' ('Children of men', 2006) confirmaba que Alfonso Cuarón era uno de los talentos cinematográficos más personales y excelsos con los que contaba el séptimo arte en este inicio de s.XXI. Con 'Gravity' (id, 2013) el cineasta mexicano no sólo logra alcanzar la más alta cima que haya coronado jamás sino que, teniendo en cuenta los niveles de maestría que demuestra durante sus ejemplares noventa minutos, podría aventurar sin miedo a equivocarme que el realizador podría retirarse sabiendo que nunca podrá llegar a superar la perfección aquí conseguida.

Mucho hay en el metraje de 'Gravity' a lo que uno puede asirse para calificar de algo más que sobresaliente a la cinta de Cuarón, tanto que pretender desgranarlo aquí requeriría un doble esfuerzo por mi parte que, sinceramente, no estoy dispuesto a realizar; al menos no en sus dos vertientes...y me explico: poder hablar con propiedad del filme exigiría incidir una y otra vez en remarcar la perfección alcanzada en todos los sentidos técnicos que uno pueda imaginar pero, más importante aún, solicitaría de éste redactor el intentar verbalizar muchas de las personales emociones que transmite una cinta que no da descanso al espectador.

Y como quiera que reiterar discursos nunca ha sido santo de mi devoción, y cualquiera que se acerque a los cines durante estos días podrá comprobar que, se analice por donde se analice, 'Gravity' es P E R F E C T A, me voy a permitir —me vais a permitir— que deje de un lado la disección técnica y base esta crítica en el terreno puramente sensorial. Esa es la intención inicial, otra cosa es que lo consiga.

Una de las impresiones más evidentes con las que salía del cine tras acometer la sin par experiencia que resulta ser 'Gravity' es que la cinta de Cuarón funciona, y funciona como un reloj suizo, a dos niveles muy diferentes. Si toda la película es una experiencia sensorial constante en la que nuestra vista y oído son puestos a prueba una y otra vez hasta límites que pocas veces —por no decir ninguna— se han podido experimentar en una sala, también lo es al mismo tiempo en un campo de percepción que trabaja a un nivel completamente inconsciente, provocando gracias al asombroso uso de un 3D que nunca ha estado más justificado, una total inmersión en el relato de supervivencia que el cineasta y su hijo describen en un guión pulido al máximo para que los únicos flecos que se le puedan achacar sean aquellos que encontrará un experto en astronáutica.

En el primer nivel, el puramente sensorial, el espectador se quedará sin aliento con la extrema belleza plástica que desprende todo el conjunto, con el asombro que genera el que uno realmente llegue a plantearse si la cinta ha sido rodada en el espacio exterior, con ese impecable plano secuencia inicial de quince minutos —entrar en disquisiciones de su autenticidad es hacerle flaco favor a las intenciones del cineasta—, con aquellos momentos de auténtico terror en los que la cámara se vuelve subjetiva, con un diseño de sonido destinado a potenciar esas nada desdeñables cualidades terroríficas del relato y con una música con la que Steven Price logra que las extremas emociones que nos transmiten Bullock y Clooney se sientan mucho más cercanas.

Estimulados hasta el éxtasis nuestros dos sentidos con el espectáculo que Cuarón despliega en una hora y media que deja clara —por si a alguien se le había olvidado— que la épica no se mide en minutos como las grandes superproducciones de Hollywood nos han intentado vender este pasado verano, el plano general final y el fundido a negro que le sigue sirve para que el inconsciente, que hasta entonces ha trabajado de forma salvaje tratando de asimilar hasta la última migaja de información que el cineasta plasma en celuloide, comience a asentar ciertos posos de reflexión que, sin lugar a dudas, aumentan sobremanera y en progresión geométrica las sobresalientes sensaciones que la cinta deja en el respetable.

Las más inmediatas son, no cabe duda, el quedarse con ganas de mucho más, de permanecer sentado en la sala y esperar a que la siguiente función comience para dejarse llevar de nuevo por unas imágenes que agotan el tesauro de superlativos más completo que uno pueda imaginar, de volver a sentir como la adrenalina nos invade, como la respiración se nos entrecorta y como podemos llegar a sentir la falta de aire, el frío del espacio y la infinita soledad del cosmos, sensaciones todas estas que encuentran sublime traslación en los momentos de más desaforada poética visual de la cinta.

Pero es cuando ha transcurrido cierto tiempo cuando el constante repaso mental a ciertos momentos deja atrás la excitación para dar via libre a la aprehensión de la precisa contundencia del discurso del filme acerca de la capacidad de superación del espíritu humano y de sus indómitas cualidades, un mensaje que podrá antojársele a muchos demasiado simplista o poco efectivo en las formas en las que queda concretado, pero que al que esto suscribe le sirve como apoyo último para poder aclarar que ese algo más que sobresaliente que comentaba al principio no es sino un claro eufemismo de la Obra Maestra sin paliativos que es 'Gravity'.

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