'Una hija en Tokio' le quita todo el glamour a Japón de manera brillante para contar una historia de paternidades rotas en un país donde siempre serás extranjero

Una visión que elimina los neones y los torneos de Mario Kart por Shinjuku para centrarse en la desazón de no conocer siquiera a tu hija

Randy Meeks

Editor

Tengo que confesarlo: soy uno de estos turistas que quedó, en sus vacaciones, absolutamente fascinado con Tokyo, sus neones constantes, sus rarezas, sus tiendas de conveniencia, su fantástica comida y su casi agobiante amabilidad constante. ¿Cómo no quedar obnubilado ante un país que vive fascinado consigo mismo y te lo ofrece todo para que caigas en su embrujo? A lo largo de la historia del cine, su exotismo se ha convertido en la piedra angular de decenas de películas, desde 'Lost in translation' hasta 'Perfect days', pero puede que nunca se haya mostrado con la parsimonia, casi rozando la pesadilla rutinaria, de 'Una hija en Tokio'.

Un extranjero en Tokio

Para Jay, la vida en Japón, como extranjero (por mucho que sepa el idioma y se haya adaptado a la cultura, siempre será visto como gaijin), está muy lejos de la postal del paso de cebra en Shibuya o el Godzilla saliendo por lo alto de un edificio de Shinjuku: su único sino es conducir sin rumbo, buscando una hija perdida que se fue con su madre cuando esta decidió separarse. Es la visión menos cinematográfica de Tokio, una centrada en sus anquilosadas tradiciones, sus duras condiciones de trabajo y su día a día alejado de la glamurosa mirada occidental.

Lo mejor de 'Una hija en Tokio' es, precisamente, esta visión desarraigada, dura y sin cortapisas de ser un extranjero en un país donde hacerse una vida sin ser de allí es especialmente complicado. Sin embargo, más allá del (importantísimo) contexto, la historia que lleva la cinta solo consigue engancharnos en su tercer acto, cuando, tras varios encuentros silenciosos en un coche, el protagonista se permite disfrutar de las rarezas y gozos de un país que hasta ese momento le había dado la espalda. Para llegar allí, el director Guillaume Senez rueda tan a fuego lento que sus idas y venidas acaban por convertirse en mera rutina fílmica. 

La ventana que la película nos abre a la vida de Jay nunca es lo suficientemente atractiva, debido a que el personaje resulta adormilado, taciturno, casi una sombra en vida que nunca se entrega a la locura que podría suponer el reencuentro con su hija, un nuevo amor inesperado o, por qué no, su mono mascota, Jean-Pierre (al que Senez dedica muy pocos planos, pero consigue robarlos todos sin problema). Al final, 'Una hija en Tokio' es una cinta excesivamente simple en su planteamiento a pesar de la evolución de su protagonista, tan lenta y parsimoniosa que acaba por lastrar el metraje de manera inevitable hasta un final que, al fin, logra insuflar vida a sus personajes principales. 

¡Itadakimasu!

Lo mejor de la película es ver cómo Jay, auto-obligado a ponerse la máscara de japonés, constreñido a ciertas convenciones sociales y costumbres arcaicas, poco a poco se va convirtiendo en la persona que era antes de viajar al país y obsesionarse con la búsqueda de su hija. Rompe los protocolos, destroza las tradiciones y tira el escenario que había creado con tanto ahínco a lo largo de los años, dejándose de sutilezas. Jay vuelve a ser humano (con todo lo que ello conlleva), abandonando la pose casi robótica de sus interacciones con vecinos y compañeros de trabajo, hasta un final donde es imposible no sonreír con cierta amargura. 

Aunque puede que el tono viva excesivamente en el letargo narrativo, 'Una hija en Tokio' sabe mezclar muy bien los temas que trata, juntando de manera natural la lucha por la paternidad de un "padre coraje" con las trabas legales de un país excesivamente férreo, la experiencia del inmigrante o incluso la tristeza de volver a montar una vida después de que todas tus relaciones hayan volado por los aires. Si lo consigue es gracias a su actor protagonista, Romain Duris, capaz de otorgar a Jay una mezcla de tristeza, esperanza, dolor y alegría tan inusual como bien llevada a cabo: cualquier sobreactuación habría llevado al desastre su interpretación, y, por suerte, evita todos los instintos de ir más allá, permitiendo mostrar la sutil vulnerabilidad de su personaje. 

Al final, 'Una hija de Tokio' es una película dulce, bien solucionada y con un arco de personaje resuelto a la perfección, pero no ofrece nada que no hayamos visto muchas otras veces. Pero, a veces, no necesitamos nada más que eso: una historia relativamente previsible contada desde el corazón, suficientemente sutil como para engancharnos pero que no complique de más la trama para darse ínfulas. Una pequeña historia con grandes ramificaciones de la que es imposible no salir con una sonrisa de medio lado: no va a cambiar tu vida, pero te va dar una perspectiva en la que quizá nunca habías pensado. Ya es más, honestamente, de lo que hacen la mayoría de películas que nos llegan.

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