'Maria Antonieta', delirio y hedonismo culpables

Recientemente, con la aparición y publicación del tráiler Red Band de ‘Conan el bárbaro 3D’ (‘Conan the Barbarian’, Marcus Nispel, 2011), que por cierto es cien veces mejor que el que se verá en cines, he escuchado y leído algunas voces que claman contra el empleo de una música, “a priori”, incongruente para acompañar sus imágenes. Concretamente por el tema rockero que escuchamos en ese tráiler, aunque si por mí fuera, pondría a Metallica, a Black Sabbath o incluso a Manowar. El caso es que esto me ha recordado a esa controversia, a mi juicio absolutamente disparatada, que consistió en despreciar la elección musical de Sofia Coppola para los temas de su ‘María Antonieta’ (‘Marie Antoinette’, 2006), por considerarlos fuera de lugar, caprichosos y propios de una directora que no se tomaba en serio su trabajo, o que simplemente se reía de la historia, a la hora de acercarse a uno de los mitos de la realeza europea del siglo XVIII.

¿Cómo se atrevía esta cineasta, recientemente sacralizada por la célebre ‘Lost in Translation’ (id, 2003), a no emplear música sinfónica, un score original, previsiblemente orquestal, para esta película? No todas las voces fueron en contra, afortunadamente, ni siquiera en el Festival de Cannes en el cual se dio a conocer al mundo, pero este tema daría para un interesante debate (quizás, en un futuro artículo) pues el purismo (y yo no soy purista) no conduce más que a la repetición de formas artesanales hasta convertirlas en fórmulas, y al aburrimiento y a la falta de estímulo creativo. Sin considerar a ‘María Antonieta’ gran cine, porque quizá ni siquiera lo pretende, sí me parece más que acertada su inclusión de temas de, entre otros, The Strokes, New Order, The Cure, Siouxsie and the Banshees… Y visto como está el patio de prejuicios puestos a secar, hasta me parece una muestra de gran valentía mezclarlos con música barroca.

Ya los títulos de crédito no engañan a nadie: vamos a asistir a una personal representación de una época, de un espíritu y de una sociedad (siempre en off…) muy concretas, pero por esos créditos, y esa música, uno pensaría que está a punto de comenzar una tragicomedia juvenil. Y eso es lo que ‘Maria Antonieta’ finalmente es. Para bien o para mal, o ambas cosas. Quizá merece la pena, más que proponer un viaje artificial a un pasado con el que, quizá, ya nada nos una, emplear ese pasado como reflejo del presente, y narrar de forma que puedan establecerse vínculos entre los hombres y mujeres de aquella época y los de la nuestra. Como una parábola, Marie Antoinette, proveniente de la mucho más liberal corte austro-húngara, ingresa en la encorsetada (nunca mejor dicho) y tradicionalista corte francesa, a su matrimonio con Luis XVI, y una vez allí lucha durante años por encontrar su verdadera identidad (el tema principal, seguramente, de la carrera de Sofía Coppola, quien también se encontrará, me temo, siempre buscando su verdadera identidad bajo la sombra gigantesca del genio de su padre) aunque eso suponga sufrir de todos los prejuicios e incomprensiones y finalmente ser ejecutada.

Vivir al límite

Por eso Coppola describe a su heroína como una muchacha de buen corazón, aunque frívola y entregada a todos los placeres que sólo la realeza puede ofrecer. No la juzga, sino que la sigue y la comprende, aunque quizá no comparta del todo sus puntos de vista (y tan absurdo es despreciar su elección musical como pretender establecer un paralelismo entre la reina consorte y la propia cineasta…algo que hicieron no pocos analistas), salpicando sus vivencias con trallazos del más puro humor negro (la noche de bodas, rodeados los recién casados por toda la corte; el protocolo a la hora de vestir a la reina, o de darle de comer, ante todo lo cual ella se muestra rebelde e inconformista), con zarpazos de vitalidad pura (las fiestas salvajes que se corre con sus amigos a la luz de la luna) y hasta con motivos románticos (su encuentro con el conde sueco Hans Axel de Fersen, sus jornadas en su casa de campo rodeada de la naturaleza más bucólica). Pero ante todo se impone una visión hedonista y libre de la vida. Se protestó por la ausencia de crítica explícita a la realeza y a la gestión de María Antonieta durante la Revolución Francesa, pero yo sí encuentro una crítica a tanto derroche y tanto lujo, si bien lo bastante sutil como para que muchos se quedaran en lo superficial.

Maria Antonieta habría sido guillotinada por extranjera y por todo lo que significaba la realeza, aunque hubiera sido una reina magnífica, cosa que no fue. Coppola se permite la inclusión de la famosa frase, muy probablemente apócrifa, de “¿tienen hambre? que coman pasteles”, como expresión de la capacidad del pueblo para malinterpretar y juzgar a sus odiados gobernantes, y no tiene el menor reparo en terminar su relato no a la muerte de su heroína, sino a su salida del Palacio de Versalles, su Arcadia particular. Por cierto que el equipo de producción dispuso de acceso sin precedentes al palacio, lo que unido a una gran reconstrucción de época, da lugar a una inmersión total en una forma de vida ya desaparecida que ahonda en lo decadente y en lo vacío como única expresión de vida, casi una burbuja al margen de la sociedad, siempre en off, que les detesta y que al poco les aniquilará, casi como dioses en el Olimpo, que serán expulsados de él. Y lo narra todo con energía adolescente, con extremo conocimiento de protocolos y sistemas internos de la corte, pero con una cámara fluida y dinámica, muy poco académica, que logra capturar instantes de gran belleza y otros de gran diversión.

Creo que Kirsten Dunst, que cada día es una muchacha más fotogénica, está magnífica como María Antonieta, pero el resto del reparto brilla a igual altura, casi sin excepciones. Aunque, sin duda, un protagonista más es el diseño de vestuario, soberbio, obra de Milena Canonero (que no en vano se ocuparía del mismo departamento en ‘Barry Lyndon’ (id, Stanley Kubrick, 1975), que ofrece un colorido, un buen gusto y un esfuerzo titánico de composición, justamente galardonado con un Oscar. La fotografía del habitual en Coppola Lance Acord, raya también a gran altura, obteniendo magníficos contrastes entre los gélidos interiores de Versalles y los fastuosos exteriores, de una luz y una vitalidad sorprendentes. Las canciones pop y la música barroca refuerzan esa vitalidad, y refuerzan la pasión de Coppola por narrar lo que nos narra, con la frescura conque lo narra.

Conclusión

Una más que interesante película, que recibió a su estreno algunos ataques bajo mi punto de vista totalmente inmerecidos, y que merece mucho la pena verla más de una vez. Dentro de poco hablaremos de una que incide, como esta, en lo decadente como forma de libetad, aunque mucho más incisiva y lúcida, y que aún recibió menos atención a la hora de su estreno. De momento quedémonos con la vitalidad de ‘María Antonieta’, y con el coraje de una directora que se niega a contar lo mismo de siempre con las técnicas y el estilo de antaño.

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