'Mátalos suavemente' y no precisamente con tu canción

Un thriller cómico sobre ladrones y mafiosos, adaptación de una interesante novela y que funciona como metáfora de la política de EE. UU. Eso se prometía sobre ‘Mátalos suavemente’, además de un atractivo reparto, compuesto por Brad Pitt, James Gandolfini, Sam Shepard, Richard Jenkins o Ray Liotta, entre otros. Con esas bases, no podía dejar pasar esta película. Pero la imagen que me había formado no se correspondía exactamente con lo que encontré.

El reto de los diálogos

‘Mátalos suavemente’ (‘Killing Them Softly’, 2012) está inspirada en una novela de George V. Higgins de 1974, que resulta de plena vigencia en el momento presente. Es curioso que el otro día fui a ver una obra de teatro que igualmente resultaba de fatídica actualidad y estaba rescrita por su propio autor, Dario Fo, a partir de un texto del mismo año.

La novela es de esas obras literarias que, a priori, suenan difíciles de adaptar, ya que todo lo que contiene son diálogos, excepto por descripciones mínimas de acciones sin importancia. Parece que poca historia se puede extraer de ella. Tal vez este origen sirve como excusa para que la progresión narrativa de la cinta no esté tan armada como en otros films del género o para que el paso temporal no se marque con claridad.

Andrew Dominik introduce acciones, ya sea para ilustrar algunos de esos diálogos en forma de flashback, o como sucesos entre una conversación y otra. Desprendido ya de esa atadura que le supondría el apostar exclusivamente por los diálogos, la falta de cohesión narrativa deja de ser una imposición de la decisión formal y pasa a mostrarse como una elección personal del autor: lo que le interesa es el retrato de unas actitudes que va desgranando a través de una colección de escenas que, si bien responden a un objetivo, podrían haber sido independientes.

Tanto en cine como en literatura, los diálogos pueden hacer avanzar la historia de dos formas. Una es contando algo ocurrido y otra es suponiendo un suceso por sí mismos. En esta película tenemos diálogos de las dos naturalezas: hay algunos que son de los que cuentan, como por ejemplo, aquel donde Vincent Curatola narra los robos que tuvieron lugar en las timbas de Markie (Ray Liotta) o también aquel en el que Mendelsohn describe la explosión del coche de su compañero. Y también los hay que muestran, como son, en este caso, las escenas donde el personaje de Pitt descubre que no puede confiar en el personaje de Gandolfini: las palabras del asesino llegado desde Nueva York no nos ofrecen información sobre aquello de lo que él habla, sino sobre él, sobre su estado anímico. El diálogo sirve para describir al personaje, no para contar algo.

Si se optase solo por el segundo tipo de diálogo: aquel que demuestra lo que sucede, aquel que deja entrever sentimientos y conflictos, entiendo que sería complicado narrar toda una historia sin recurrir a acciones. Pero contando con los de la primera naturaleza, es decir, con diálogos descriptivos y narrativos, deja de suponer una dificultad.

Los intérpretes

Con actores tan acertados como estos, la profusión de conversaciones no supone problema, sino un motivo para disfrutar. Las dos escenas de James Gandolfini son excelentes en lo que se refiere a la interpretación no solo por él, sino también por las reacciones siempre inesperadas de Brad Pitt. Pero son las menos pertinentes con respecto al argumento y, por ello, la parte central es la que más pesada se hace, a pesar de que el comienzo ha sido potente y el final resulta apocalíptico. El acercamiento hacia los personajes perdedores y acabados es más jocoso en los primeros minutos, para dar paso a un costumbrismo que luego se tornará tensión.

Ese retrato de los bajos fondos que ha motivado a Dominik a llevar a cabo esta adaptación alcanza su cumbre con los dos ladrones de tres al cuarto: Scoot McNairy y Ben Mendelsohn, siendo el actor procedente de Melbourne el que con más autenticidad se percibe y el que más capacidad para sorprender o hacer reír presenta.

Discursos políticos

El leit motiv de los discursos de Obama, Bush o McCain me gusta como juego para el montaje, ya que sirve de continuidad y da pie a la brillantísima escena con la que arrancan los títulos de crédito de apertura, así como a algún otro intercalado curioso. Pero trufar de arengas los interludios supone una manera burda de remarcar el intento de dar con una alegoría que no es tal. En ‘Animal Farm’, de George Orwell –no creo que sea casualidad que una de las productoras de la cinta se llame 1984–, cada cerdo equivalía a un líder, mientras que cada uno de los cerdos de aquí no coincide exactamente con una personalidad pública. Si acaso, el personaje de Richard Jenkins puede tener un equivalente, pero no los demás. La crítica política, que no alegoría, es más sencilla y queda resumida en las últimas palabras de Pitt: “Este país no es una comunidad, es un negocio”.

Si continúo resaltando los aciertos de montaje, por supuesto propiciados por una magnífica toma de imágenes, cabe mencionar también la secuencia en la que el australiano se coloca sobre los compases del ‘Heroine’, de Lou Reed. Este y otros muchos hallazgos viasuales y compositivos que pululan por el metraje son para mí, el aliciente principal de ‘Mátalos suavemente’. Otras canciones de su banda sonora resultan igual de enriquecedoras.

Conclusión

Los divertidos diálogos largos y cotidianos, que pueden recordar a Tarantino, Ritchie, etc… resultan simpáticos en un primer momento, pero dejan de sostener la cinta a partir de que ya los hemos codificado como algo normal. A partir de ahí, debería ser la historia la que nos arrastrara, sin embargo, esta carece de fuerza o de intriga. Como respuesta a lo expuesto en el párrafo de introducción, diré que no encontré en ‘Mátalos suavemente’ todo lo que esperaba en lo que se refiere al contenido. Sin embargo, sí aprecié el certero retrato de las actitudes que se lleva a cabo gracias a una excelente dirección de actores. Y que encontré lo que no suponía: momentos deslumbrantes en cuanto a la realización.

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