'Muerte en León: Caso cerrado': un interesante epílogo de tintes políticos para una incómoda miniserie documental

Las imponentes figuras de dos de las tres acusadas en el juicio por el asesinato de la presidenta de la Diputación de León Isabel Carrasco, Montserrat González y su hija Triana Martínez, hacen pensar en un tipo de crimen muy distinto del que parece que se perpetró. Completamente de negro, de gesto absolutamente indescifrable, especialmente la madre parece responsable de un crimen pasional donde el brazo ejecutor no se arrepiente de absolutamente nada.

Y parte de esas primeras impresiones son válidas. Montserrat González afirma en el juicio, fría e inexpugnable como una esfinge, que no hay ni una micra de arrepentimiento en su conciencia. Mató a Isabel Carrasco porque le estaba haciendo la vida imposible a su hija, y esas circunstancias son las que va desgranando la primera mitad de este documental que pretende dar carpetazo a una peculiar (y españolísima) trama criminal.   

La serie original 'Muerte en León', de cuatro capítulos y emitida hace un par de años por Movistar+, queda en 'Caso cerrado' condensada en un largometraje de 79 minutos que estrena ahora HBO y que añade una sustanciosa coletilla a lo que exponía la miniserie. Entre las carencias de esta nueva versión está la reducción del metraje, que hace que se pase demasiado a vuelapluma por las acciones de algunos de los implicados, por parte de la investigación y por la semblanza de Isabel Carrasco, que da para miniserie propia.

El cambio, sin embargo, propicia un giro que obliga a replantear toda la serie. En su último tramo, 'Caso cerrado' consigue hablar con Luis Estébanez, asesor del sucesor de Isabel Carrasco en la Diputación. Con sus significativamente confusas declaraciones convierte lo que pasaba por ser un acto de venganza con tintes turbios entre madre e hija en un crimen presuntamente (porque como tristemente recuerda el título del filme, el caso está cerrado) político.

'Muerte en León: Caso cerrado'... pero no resuelto

Sin duda a 'Muerte en León: Caso cerrado' se le pueden achacar ciertas limitaciones en lo que respecta a su puesta en escena. Su narrativa imita pero no alcanza a los clásicos modernos del true crime (sencillamente, el caso no da para más), y convierte al documental en una producción visualmente discreta, pero no carente de hallazgos. El principal es la transformación que va sufriendo el caso según avanza el parco metraje de la película, y que se va apuntando desde sus primeros compases.

En ese sentido, el director Justin Webster obra con inteligencia al arrancar su historia mostrando a las asesinas en el juicio y describir el crimen en toda su crudeza y frialdad (actitud que nunca queda explicada del todo por la película ni entendida por el espectador, cosa que sin duda otorga cierta aura enigmática al relato). Luego usa la semblanza de Carrasco y su relación con sus ejecutoras para introducir el elemento de las intrigas políticas como un veneno que lo complica todo y que sin duda facilitará el discurso del tramo final, donde Webster no dice nada pero lo aclara todo. 

Es así como, por ejemplo, las últimas palabras de la tercera imputada, Raquel Gago, tienen una resonancia que va más allá de los créditos finales. De nuevo Webster demuestra mucho ojo al ubicarlas muy cercanas a su declaración final en el juicio, donde prima el desconcierto, el desconsuelo y las lágrimas. Posteriormente, cuando Webster ha dejado claro que posiblemente estamos ante un asesinato político, nos reencontramos con Gago, que entra calmada a la prisión para cumplir 14 años que asegura que no merece, dejando caer algunas frases a medio acabar que apuntan a fuerzas que ni han sido nombradas en el juicio. Entre una y otra intervenciones de Gago, muy distintas entre sí, Webster muestra a altos cargos de la judicatura que, de nuevo, no necesita ridiculizar para que ellos solos pongan en entredicho un proceso lleno de lagunas.

'Muerte en León: Caso cerrado' triunfa con este tipo de sutilezas, que suman capas de lectura a su discurso. Aunque se percibe la frustración de Webster por no haber logrado el triunfo épico de rigor para todo documentalista de true crime que se precie - la reapertura de un caso-, ese fracaso no hace sino añadir significado y relevancia a un documental cuya derrota y carencias son, precisamente, lo más duro y combativo de su mensaje. 

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