'Rocky IV': una delirante maravilla que hace funambulismo entre el ridículo y la genialidad

Después de disfrutar plenamente de la fantástica ‘Creed’ de Ryan Coogler hace ya tres años, he recibido el estreno de su segunda parte, dirigida por Steven Caple Jr., como agua de mayo. Y es que la continuación del spin-off/secuela de la saga ‘Rocky’ ha vuelto a recordarnos, con una contundencia descomunal, cómo es posible que las aventuras y desventuras de Balboa y compañía hayan permanecido frescas y vigentes a lo largo de más de cuatro décadas.

Pero más allá de por su sobrada calidad, si algo convierte a ‘Creed II’ en un espectáculo impepinable, es el modo en que recupera el arco argumental de ‘Rocky IV’ treinta y tres años más tarde para darle un cierre que, sin ningún tipo de vergüenza, se las apaña para referenciar a William Shakespeare sin perder un ápice del demencial espíritu de la cinta de 1985.

Llegados a este punto, muchos os preguntaréis si es necesario echar un vistazo a ‘Rocky IV’ antes de sumergiros en el flamante regreso de Ivan Drago —e hijo— en ‘Creed II’. La respuesta es un simple y llano “no” —Caple Jr. ya se encarga de darnos todo el backstory bien masticado—; pero el lanzamiento de la película es una excusa excelente para volver a pasarlo en grande con el glorioso espectáculo kitsch y trasnochado que dirigió Sylvester Stallone.

Rocky on acid

Con la pantalla en negro, comienzan a escucharse a unos comentaristas de boxeo en plena faena. De repente, las primeras notas de ‘The Eye of the Tiger’ de Survivor empiezan a atronarnos. Dos guantes de boxeo aparecen de la nada, sobre el fondo oscuro, mientras giran poco a poco. Uno lleva impresa la bandera de los Estados Unidos de América. El otro, la enseña de la Unión Soviética, con su hoz y su martillo. Los guantes se enfrentan poco a poco y, contra todo pronóstico, salen disparados como cohetes para chocar en una explosión que culmina con un lanzamiento de chispas y escombros a la pantalla.

Esto, si obviamos el logotipo de United Artists, es lo primero que vemos una vez arranca la proyección de ‘Rocky IV’. Una breve escena introductoria, hortera, desquiciada, e hija de su época, que sienta las bases del tono y estilo del relato que estamos a punto de presenciar: un show impagable capaz de dejar perplejo al espectador más curado de espanto y en el que el patriotismo rancio y el boxeo se abrazan en plena Guerra Fría.

Aunque parezca que la cosa no puede ir a mejor después del numerito de los guantes pirotécnicos, ‘Rocky IV’ se alza como una auténtica caja de sorpresas, algunas de las cuales bien podrían haber salido de la mente de un niño de 8 años puesto hasta arriba de azúcar; siendo la primera de ellas el robot llamado Sico, en el que Stallone encuentra la mejor herramienta para expresar con imágenes la idílica vida que disfruta Rocky Balboa tras su victoria frente a Clubber Lang.

Y aunque sobren las muestras que ejemplifiquen la desmadrada atmósfera del filme —las coreografías de los combates contra Drago, en los que no existen las coberturas ni los bloqueos, son dignos de un espectáculo de la WWF de antaño—, puede que el punto álgido de la cuarta entrega de la franquicia se encuentre en su simplista —e hilarante— aproximación a la guerra fría.

La Guerra Fría para Dummies

La primera vez que vemos la imagen del temible Ivan Drago en ‘Rocky IV’ es a través de la portada de una revista en la que puede leerse el nada sutil titular: “Los rusos invaden el deporte norteamericano”. Más tarde, el mastodóntico púgil soviético se nos presenta en carne y hueso, con uniforme militar y gesto inexpresivo, en otro breve instante que, de nuevo, reduce al ridículo la paranoia anticomunista de la Guerra Fría.

Puede que la forma en que Sylvester Stallone traduce en pantalla la tensión y el enfrentamiento entre las dos grandes potencias mundiales de la época sea el principal ingrediente cómico de la cinta. El actor, director y guionista se esfuerza en presentar a sus dos boxeadores protagonistas como dos caras de una misma moneda en una metáfora sociopolítica tan divertida como absurda.

No hay más que ver la introducción al primer combate entre Drago y Balboa en Estados Unidos. El personaje de Dolph Lundgren parece estar desorientado y abrumado por el febril espectáculo repleto de banderitas americanas y personas disfrutando de un jolgorio amenizado por James Brown, que se desgañita cantando ‘Living in America’ —de nuevo, sutileza de primera—.

Si susodicha secuencia es un auténtico disparate por sí misma, al ponerla frente a frente con su homóloga ambientada en Rusia, la cosa gana enteros. Allí, en lugar de sonar el padrino del soul, el himno de la Unión Soviética atrona a un público uniformado y serio; una masa lobotomizada por el sistema y exenta de libertad alguna.

Por suerte, al final, el pobre Drago se da cuenta de lo terrible que es la maquinaria comunista y reflexiona en voz alta que lucha para ganar por sí mismo. Y, por si aún no había quedado claro, el bueno de Rocky, tras comprobar durante su preparación para la pelea las terribles condiciones en las que vive la población rusa, remata, micrófono en mano, con un “si yo puedo cambiar, vosotros podéis cambiar”. Con un par de narices.

Gozo y disfrute sin concesiones

Si analizamos con detenimiento ‘Rocky IV’, escudriñando cada uno de sus aspectos formales y narrativos —no digamos su discurso político—, es más que probable que lleguemos a la conclusión de que no es, ni de lejos, una buena película. Pero, de algún modo, esta secuela ha conseguido trascender por méritos propios como una de las más queridas y recordadas por los aficionados a la antología.

Pude que esto sea por el modo en que Stallone vuelve a ofrecer el enésimo —y efectivo— discurso motivacional marca de la casa ‘Rocky’, por su alucinante banda sonora rebosante de temazos, por sus interminables y vigorosas secuencias de montaje —sin las que el filme no duraría más de 20 minutos— o por un combate final épico que, no lo vamos a negar, invite a aplaudir como un loco una vez llega su final.

Pero, por encima de todos los motivos que tenemos para adorar esta majadería titulada ‘Rocky IV’, está ese aura de exceso ochentero que la equilibra entre el ridículo y la genialidad e invita a que la veamos una y otra vez sin cansarnos. Sí, es rancia; sí, es hortera; sí, es políticamente discutible; pero eso no está reñido con que sea una auténtica maravilla.

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