'La tarta del presidente' es una fábula devastadora que actúa como espejo de nuestro presente a través de la infancia

Y tiene un gallo muy simpático

Belén Prieto

Editora

A veces, las historias que parecen pequeñas terminan revelando la violencia de todo un sistema. Es justo lo que ocurre con 'La tarta del presidente', una película sobre un encargo escolar, un viaje corto y la búsqueda de unos ingredientes básicos que va mucho más allá. El debut como director de Hasan Hadi construye su relato a partir de una misión mínima: conseguir harina, azúcar y huevos en un país donde la escasez es parte de la vida cotidiana. Lo que se despliega alrededor de ese gesto sencillo es el retrato de una infancia atravesada por el autoritarismo, el hambre y el miedo. 

En un presente marcado otra vez por guerras, sanciones y crisis humanitaria, el cine vuelve a mirar a los niños para hablar de los daños que producen los adultos y los regímenes que los gobiernan. Hadi recurre a su propia memoria para reconstruir el Irak de los años 90, un lugar donde la vida transcurría entre la supervivencia diaria y la exigencia absurda de celebrar al dictador como si el mundo real no fuera algo muy diferente.

Una odisea con un gallo

En las marismas mesopotámicas del sur de Irak, los niños llegan a la escuela en canoas mientras el país entero se hunde en la escasez provocada por las sanciones. Aun así, el régimen exige que el cumpleaños de Saddam Hussein se celebre con un pastel. En la escuela de un pequeño pueblo, esa tarea imposible se le asigna por sorteo a Lamia, una niña que vive con su abuela enferma y su inseparable gallo Hindi. Lo que podría parecer un cuento infantil se revela enseguida como una vida sin concesiones donde hay pobreza, enfermedad, lealtades forzadas al dictador y un futuro que ella no puede elegir.

Acompañada por su amigo Saeed, Lamia sale en busca de ingredientes que no existen o que son inalcanzables para dos niños. El viaje se vuelve una sucesión de encuentros con adultos que representan distintas caras de una sociedad quebrada: el cartero que parece un milagro ambulante, el panadero al que hay que robarle harina, los oportunistas que se aprovechan de la inocencia o incluso aquellos que intercambian esperanza por billetes falsos. Cada paso acerca a los niños al pastel, pero también los expone a un mundo que no está hecho para ellos.

Aunque la película adopta por momentos el tono de una fábula -con humor, ternura y la presencia casi simbólica del gallo-, nunca suaviza la brutalidad de la realidad. Hadi señala sin rodeos la violencia estructural y el abuso de poder: la manera en que los cuerpos vulnerables son explotados, cómo la miseria convierte la moral en un lujo y cómo la infancia queda atrapada entre el miedo al castigo y la necesidad de sobrevivir. Lamia no es una heroína idealizada, es una niña que aprende a leer en medio del peligro, a huir cuando hace falta y a resistir como puede.

No hay promesa de futuro

'La tarta del presidente' se podría incluir en el grupo de películas sobre niños que no están hechas para ellos. No es tan devastadora como 'La tumba de las luciérnagas' ni tan abiertamente terrorífica como 'Masacre. Ven y mira' -por poner dos ejemplos-, pero camina en ese territorio incómodo donde la ternura convive con lo insoportable. Lo que parece una tarea escolar se convierte en un viaje del héroe donde el enemigo es un sistema entero que empuja a la gente al borde del abismo. La luz, los primeros planos y la cercanía con los protagonistas dignifican a Lamia y Saeed, sin borrar nunca la violencia que los rodea.

Y el impacto de la película no está en el golpe final -aunque el último plano es imposible de olvidar-, sino en lo que deja flotando: los niños pueden completar su misión, pero no hay promesa de futuro. Esa es la herida que conecta esta historia con el presente. Un relato sobre la infancia, el hambre y el poder autoritario que conecta con la actualidad con incomodidad, porque el mundo sigue produciendo escenarios parecidos. No es un sermón, sino un espejo de la realidad que nos interpela a través de la empatía. En medio del desastre, Lamia y Saeed siguen siendo niños que juegan, discuten y se acompañan. Tal vez eso sea lo más devastador: que incluso en las peores circunstancias, siempre salen perdiendo los mismos

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