Samanta Villar y su embarazo mediático

La periodista y conductora de originales formatos como '21 días' estrenó ayer en Cuatro su último gran reportaje, uno que le ha llevado muchos años gestar y nueve meses realizar. Ayer nos abrió las puertas de su casa y no tuvo reparos en mostrar toda la intimidad ligada a su embarazo y una imagen editada de su día a día (nueve meses reducidos a tres capítulos, uno por trimestre). Como excusa, eso sí, para repasar historias emotivas y extraordinarias de maternidad.

Porque a pesar de lo mucho que ha personalizado la experiencia erigiéndose como protagonista, su historia funciona como hilo conductor de otras, más o menos extraordinaria que la suya. Pero es un trabajo muy personal. Y no sólo porque comparta sus vivencias, de una manera tan explícita. Es que esto se ideó hace muchos años (a los "veintitantos", cuenta en Verne), como un ambicioso proyecto periodístico. Estaba pre-pactado con la productora pero Samanta nunca pensó que le costaría cuatro años y varios intentos de fecundación in vitro.

Un docureality no al uso


Su leitmotiv siempre fue mostrar el "lado oscuro" de la maternidad. Ese que no aparece por ningún lado en la idílica estampa que una mujer visualiza cuando piensa en ser madre. Y que esto sirviera, al mismo tiempo, para rendir homenaje a la figura materna. Pero la idea, pasada por el tamiz de su idea del Periodismo -vivirlo y contarlo- pierde atractivo.

E interés; o valor como producto televisivo. Porque no se limita a contarlo, claro, lo vive en directo: vomita, nos enseña sus estrías, nos habla de su estreñimiento... En el segundo trimestre tocará el tema de la revolución hormonal (reír y llorar todo en uno, son cosas que pasan). Y en el tercer capítulo veremos el parto. O al menos un resumen. No quiero imaginármela narrando las contracciones.

No, no es que tenga reparos en que me hablen de la parte más fea del embarazo. Más bien los tengo en el hecho de que me lo cuente ella y de esa forma. En la premisa en sí, vaya. No creo que sea un personaje con el suficiente tirón mediático como para personificar el tema en ella y hacer de su experiencia algo tan público. Si el docu-reality se hubiera limitado a ser como otro cualquiera de su género, con personajes anónimos que participan de la experiencia y aportan sus voces y Samanta cumpliera el papel de siempre -conducir el relato y empatizar-, hubiera sido algo más parecido a 'Baby Boom': íntimo pero al mismo tiempo ajeno.

Las dudas


El problema del formato (al menos de la parte de Samanta) es que es incómodamente cercano y no se siente igual con el resto de testimonios. Porque ella quiere que estemos allí todo el tiempo para que entendamos qué es estar embarazada. Una vez más, no le basta con contarlo, quiere que nosotros lo vivamos también. Que "nos emocionemos y que vibremos" con ella. Que lloremos con ella oyendo los latidos de sus mellizos en la ecografía. O descubriendo el positivo del test al mismo tiempo que ella y su pareja. O más que ellos, al menos. Primera crisis de credibilidad.

En escenas como esa (bonitas sábanas, por cierto) la sombra de la guionización es muy alargada. Más que nada porque quiero creer que es imposible que alguien reaccione con tanta frialdad a una noticia así, después de cuatro años de intentos. Y sobre todo quiero pensar que quisieron reservarse ese momento para ellos y vivirlo en la intimidad de la pareja y después lo recrearon para la cámara. Y si no lo hicieron, no tienen sangre en las venas, IMO. Entonces ¿qué venden?

Y esa sensación se transmite al espectador: yo no vibré en absoluto con ellos, sí con el resto de historias. Tampoco cuando él le trae los kiwis con cara de perro. Por eso suena tanto a guión. Y por frases como "me he dado cuenta de que ya no puedo meter esta tripa" o "¿qué voy a hacer con la ropa si ya no me entra?". Le ha quitado toda la espontaneidad a esas situaciones, pese a que su intención era todo lo contrario.

Por momentos me hace creer que estar embarazada es una especie de marcianada, quizas por su tendencia a la sobreactuación en algunos momentos; y si resulta que no actúa, entonces lo que le falla es su capacidad como comunicadora. Quizás gane la reportera a la madre y a veces está demasiado centrada en contarlo y eso le impida vivirlo sin que resulte "artificial". Quizás es que el hecho de que lo haya televisado cambia por completo la percepción que podamos tener de esta historia y eso impide que ésta nos toque emocionalmente como ella quisiera.

Las otras historias


Son las que salvan el formato, las que representan el verdadero valor periodístico del reportaje. Poder presenciar una operación intra-uterina y maravillarnos con los avances de la Medicina, conocer realidades como la "nueva invasión vikinga" gracias a la comercialización de esperma danés online (ahora mismo hay 5.000 vástagos en el mundo con sangre danesa) y otras historias curiosas de concepción es lo que hace interesante el programa.

Es, en definitiva (y siempre según mi opinión personal, la que motiva este artículo) lo que tiene interés y valor informativo. Por eso, en este contexto, la experiencia de Samanta llevada la pantalla, con las pegas que señalo -las dudas razonables, la sobreactuación (sólo actuar ya sobra), su actitud, etc.- desentona con el resto del reportaje, muy bien realizado. Sí, sé que con esto cuestiono todo el formato, porque es imposible separarlo del resto. Pero es que, Ustedes me perdonen, sigo sin entender esta idea que Samanta tuvo, más allá de su valor en cuanto a "original".

En ¡Vaya Tele! | Samanta Villar volverá a Cuatro con "el mejor reportaje de su vida"

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