‘Mi vida entre las hormigas’ es la radiografía de un mito: Jorge Ilegales, el último punk ibérico

Un hombre con una sonrisa de payaso loco, una trenca de cuello levantado y un stick de hockey mira, con los ojos exageradamente abiertos y la cabeza ligeramente ladeada, al fotógrafo. Esas es la portada del documental sobre Jorge Martínez, guitarrista, cantante y líder de la formación asturiana ‘Ilegales’. El rockero camina por las calles de su ciudad, desafiante, acompañado de un arma con la que se defiende de todo tipo de problemas en los que se ha metido un joven que trata de sobrevivir en el Oviedo postindustrial.

La película ‘Mi vida entre las hormigas’ es un documental financiado por Verkami, por fans, pero no es un proyecto hecho exclusivamente para aficionados de la música de la mítica banda, sino que propone una exploración casi universal a la figura creativa, como fuerza contranatura, a través del análisis de la personalidad indescriptible de Martínez. Hombre hecho a base de contradicciones que destaca como icono viviente de la filosofía del sexo, droga y rockanroll.

Al margen de la movida

En una de sus muchas respuestas para anotar, el cantante hace referencia a algunos compañeros de la movida que “querían convertirse en bote de colón y lo han conseguido”, con lo que de un plumazo resume lo que queda de aquel movimiento y la verdadera naturaleza de muchos de sus componentes. El principal arma de ‘Ilegales’ era que sabían tocar, controlaban de sonorización y tenían una actitud completamente profesional. Por ello, en su momento, sonaban demoledores y muy por encima de todos sus compañeros. Y lo sabían.

El corazón del documental es saber dibujar la personalidad de Martínez a través de los comentarios de sus compañeros de faena, otra fauna de la movida y personajes sorprendentes como Miguel Ríos o Víctor Manuel, cuya decisión creativa al frente de una discográfica permitió que el primer disco de 'Ilegales' viera la luz. Cuenta también, como aliada del resultado , la propia personalidad del músico protagonista, cuya falta de complejos y honestidad permite que se hable de él con libertad.

Es decir, nadie se corta al contar su predisposición a la violencia, su falta de medida con las drogas y el alcohol y su inclasificable secuencia de gamberradas, peleas y anécdotas indecorosas (como perseguir a María Teresa Campos con el pene fuera) que han tenido ocasión de presenciar. Como dice una de sus canciones, ‘Todo está permitido’. Y es que la naturaleza libertina del artista se refleja en cada una de sus decisiones creativas. Y debajo de todo ello, quizá una nota oscura en su decisión de llevar una vida solitaria.

La vida es fuego

Es cierto que parte del documental tiene mucho de fanfarroneo de sus capacidades, de batallitas, de cuentos del abuelo cebolleta, pero es que las anécdotas de batallas campales en salas de conciertos, drogas y hazañas sexuales son la esencia de esta cara b de la vida de un grupo de rock’n’roll. Botones como la frase lapidaria "Señora, si no le gusta mi careto, cambie de canal” en la actuación en hora punta de audiencia en televisión española son necesarios para entender el completo desapego por cualquier decoro de la personalidad destructiva de la banda.

Si bien lo que establece de forma clara el subtexto es la dualidad entre la profunda cultura, disciplina y formación musical de Martínez con su predisposición a arreglar las cosas de forma física, a las bravas. Su figura, observada desde la distancia, permite apreciar la parte de pose y personaje, un tipo con leguaje del siglo de oro y gusto por el diálogo peliculero, como una reencarnación de John Wayne que al mismo tiempo esconde a un niño, juguetón, sensible e incluso ingenuo, que se niega a aceptar las convenciones de la forma de vivir de la sociedad acomodada.

Por ello, el mismo se autodenomina una cigarra en un mundo de hormigas. El que ha decidido cantar mientras los demás trabajan, sabiendo que su forma de vida es una bomba de relojería. El tramo final del documental enfrenta el discurso salvaje con la muerte y la soledad, creando una atmósfera telúrica complementaria al ruido y la furia, la otra cara de la vida de ciertos artistas y, como en la coda del fantástico ‘De Palma’ (2015), sugiere que la entrega de la vida al arte exige un precio que acaba enseñando su cara en el crepúsculo del ciclo creativo.

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